Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

miércoles, 16 de noviembre de 2011

996.- MANUEL MARIA DEL MÁRMOL


Manuel María del Mármol (nació en Sevilla en 1769 y murió en 1840) sacerdote sevillano, tutor y amigo de José María Blanco White, rector de la Universidad de Sevilla y de la Sociedad Económica de Amigos del País de Sevilla durante el Trienio Liberal (1820 - 1823). Tuvo entre sus alumnos más aplicados al humanista lebrijano Miguel Rodríguez Ferrer. Fue Capellán real y Catedratico de Filosofía Experimental, autor entre otras cosas de la Idea de los Barcos de Vapor (Sanlucar de Barrameda, 1817), y de El Sistema de Copérnico en Verso (Sevilla, 1818). Fue impulsor de trabajos de la Academia de Letras Humanas y de la Academia Sevillana de Buenas Letras. Tuvo una relación de amistad también con el matemático y poeta Alberto Lista.

Referencias
F. AGUILAR PIÑAL, Don Manuel María del Mármol y la restauración de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras en 1820, Discurso, Sevilla, (1965), 40 páginas.
ALBERTO LISTA, Recuerdos del Dr. Mármol, Sevilla, (1841), 38 pp.
RAFAEL SANCHEZ PEREZ,Apuntes Biográficos sobre D.Miguel Rodríguez Ferrer, (2010).Padilla Libros, Sevilla. ISBN 978-84-8434-510-7.



“El amor y la muerte
tienen porfía
sobre quien en el mundo
quitó más vidas.

Amor venciera,
si los tristes amantes
lo decidieran.”

Manuel María del Mármol.









AL SENO DE MIRTA
(Fragmento)

Ya el anhelante Febo,
velado en lumbre alba,
su carro de zafiros
en el cano mar lanza.

Sus ruedas voladoras
dejas fugaces rastras
en el alzado cielo
de carmín y nácar.

De tibios resplandores
la blonda sien orlada,
velado el cuerpo en sombras,
la tarde se levanta.

En torno revolando
de pinos y de hayas,
el quieto nido busca
la avecilla pintada.

La rosa vergonzosa,
entre pajas punteadas
abre el purpúreo seno
y blando aroma exhala.

El jazmín delicado,
albo como la planta
de su madre Cíteres,
su vástago engalana.

Tras de verde vallado
el lirio su faz alza,
por ver la última lumbre
que sobre el prado baja.

Alza la clavelina
su frente purpurada
en el valle alfombrado
de trébol, mirto y granas.

El fresco alhelí, hijo
de un suspiro del alba,
tiende pintadas hojas
de nácares y grana.

El nardo, que escondía
del Sol su faz de plata
y el oloroso seno
con sus ojos cebaba,

por el vástago esbelto
trepa a las blandas auras,
y a los vientos convida
a gozar su fragancia.

Parece que, orgulloso,
intenta con sus gracias
vano enseñorearse
de las vecinas plantas,

y emular atrevido
a la faz argentada
de estrellas que su lumbre
ya en el cielo derraman.

Mirta, la bella Mirta,
por el prado vagaba:
mira el nardo, y parece
entendió su arrogancia.

Lo trunca, y en su seno
lo coloca, enojada,
y su albor con el nardo
ufana comparaba.

Y viendo que en sus hojas
palidez se derrama,
«Justo castigo –dice–
de pretensiones vanas.»



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