Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013
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lunes, 29 de mayo de 2017

JOTA SIROCO [2.220]



JOTA SIROCO

Nació en Guadalajara, España, en 1949. Se trasladó a Sevilla diez años después. En esa ciudad consiguió la Licenciatura en Filología Hispánica y entró en contacto con distintos grupos teatrales y poéticos. Desde 1977, juntó su tarea docente como profesor de Lengua y Literatura Españolas con la labor de poeta, escritor, actor y autor teatral.




"ALGUIEN TENDRÁ QUE DECIR
LA VERDAD AL AMOR"

Por eso, insisto,
alguien tendrá que cantarle al amor
la verdad del barquero,
la que murmura a voces
que sólo existe la orilla que se aleja,
que hay mar de leva
y que los tiburones
huelen la claridad
y la sangre
a través del fango,
habría que decir
que se ha tragado el tiempo
más cuerpos que la dinamita.
Alguien tendrá que sacarle
los colores
al amor
que no es rojo pasión
como pintaron,
que es rojo de vergüenza
y amarillo quizá
como bandera vaticana,
azul como el olvido,
verde
como el pensamiento nocturno
de los viejos.
La línea escurridiza del deseo
limita al norte con el corazón
y al sur con el silencio,
no hay dios ni ayuda que pueda detenerlo.
Se engancha en el proyecto de veladas caricias,
le enerva una voz,
le quiebra una mirada,
le distrae un murmullo,
le sobresalta el roce de una tela.
Aquellos que se ríen del deseo
soportan la cadena de la soledad
y quienes no sucumben en sus brazos
guardan la pena eterna de su ausencia.
El deseo
no tiene edad,
ni sabe de perdones.




I

Yo soy un hombre 
que olvidó los principios, 
pues como bien  sabéis 
siempre estoy en las últimas. 
Quien quiera que me compre, 
porque ahora ando de saldo 
como un CD pirata, 
y con cuarto y mitad de un mal  soneto 
voy,  cojo y me conformo. 
Si sabéis esperar, 
si no os entran las prisas 
de comprar un poeta 
a bote pronto, 
debo advertiros, 
mis queridos obsesos de la rima, 
que en enero me ponen en oferta 
dos por uno: 
“Tristezas escogidas” 
y un fascículo 
de las obras completas 
de Pemán.




   
II

...¡Por Dios no me interrumpa 
que estoy serenamente 
mirándome el ombligo. 
Con más exactitud: 
Estoy haciendo un Master 
sobre la soledad. 
Ando a la busca 
de un frenético fitness 
en donde endurecer, 
aún más si cabe, 
la recóndita 
enredadera del cerebro.





III

Hace tiempo que tengo, amigo mío, 
el pensamiento vago, 
tirado a la bartola, 
en paradero más que desconocido 
y para despertarlo 
me aposto en las esquinas más infames, 
en los fondos del vidrio, 
como una padre-coraje de la idea. 
Mas... se esconde el cabrón 
donde a nadie le importa. 
Tal vez se ha acomodado 
en el dulce agujero de una ninfa, 
o en el zulo de oro de Manhattan, 
(Antes del 11-S se comprende)


  

IV

Me han descontado en nómina un relato, 
me han devuelto en hacienda un verso libre, 
me ha recetado el médico un soneto, 
ha tenido el psiquiatra un gran detalle: 
Extraerme por via intravenosa 
los versos juveniles de Cernuda. 
...Y es que la vida, amor, 
es literaria. 
El vecino del 4º por ejemplo, 
que no entiende de letras y es “fabeto”, 
estrena cada noche una tragedia, 
donde al final, 
no importa desvelarlo, 
va y mata a la mujer 
...porque era suya.




V

Ayer me fui a un casting de poetas 
¡cosa tan seria, amor! 
Andaban por allí: 
el pedantón añil de barba egregia, 
el Che de cubalibre y barrafija, 
la rubia dulce-musa-siempreapunto 
y el llorador de lunas, 
en vías de extinción como los patos. 
¿Tú qué pintas aquí? —me preguntaron— 
se te nota en la cara que no sufres, 
que no mueres de amor, 
no gimes por olvidos, 
ni levantas banderas a los vientos, 
¿tú qué pintas aquí? ¡maldita sea! 
¡sólo quieres cargarte el chiringuito 
de la lágrima viva!, 
Yo venía, y ustedes me disculpen, 
...como el hambre no entiende de relojes... 
por eso del jamón de pata negra, 
pues anda quejumbroso mi esqueleto 
de tanta sinalefa a la parrilla. 
Debo decir que fueron generosos, 
me dieron al final una cuarteta, 
doscientos versos libres, 
tres canciones canallas 
y una flor natural de la marisma. 
Soporten con paciencia la postdata: 
... era la flor tragable 
¡voto a bríos! 
recocida en caldo de puchero.




VI

Quise ponerle un tanga a las ideas, 
viagra a las palabras más sencillas 
y el “tócala otra vez”, tan imposible 
como un Mc.Donalds en la Habana Vieja. 
¡válgame el cielo, no sé ni lo que escribo!




VII

Yo no soy un poeta, 
yo soy un ordenanza de adjetivos 
¡Y hay exigencias, oiga, 
que no cualquiera sirve para el puesto!

Llegan aquí jugándola al despiste, 
sin querer guardar cola, 
como me está ordenado 
y hay que decir : usted está en desuso, 
usted me cae más gordo que Stand Laurel.

En fin que no es tan fácil esto, 
que es este santo oficio 
tan frio y tan cruel como el del prestamista, 
y guarda mas mafiosos que Sicilia. 
En fin... 
que no sé si me explico.





Abecedario de zombis… de andar por calles

Jota Siroco

Prólogo. Sevilla, como todas las ciudades europeas, se ha llenado de zombis. Hay uno/a en cada esquina, cientos en cada parque, miles en las apestosas estaciones de autobús y algunos más desperdigados por iglesias, mercados y bares. Huelen a vino amargo, a soledad y a furia. Huelen a sudor compacto y meado seco. A semen ajado y a flujo de olvido. La mitad están locos por los malos sueños, los helados recuerdos y la escasa comida regada con “donsimón”. La otra mitad perdió la cabeza, los dientes y la memoria atrapada en papelinas y dulces baratos. Cuando caen la noche y las fuerzas, se soban en los callejones como los perros, en los tejados a punto de hundirse como los gatos y bajo los puentes de todos los ríos como las ratas. Al amanecer no matan al cuerpo que compartió su noche, porque durante el día van a necesitar de sus insultos y de su violencia para sentirse vivos, pero se apartan dejando un rastro de podredumbre y leche amarga, a veces de sangre, siempre de blasfemias. Se inicia una procesión de monstruos famélicos e insomnes por los bares donde alguien dejó un café pagado, por las capillas de las viejas misericordiosas, por las mugrientas sombras de los maricas y, ya resucitados, rebuscan en la bolsa astrosa las cuatro monedas de cobre, que aún huelen al atún barato de la cena, para comprar el vino agrio, que les hará respirar durante todo el día y que les hará dormir y morir en los parques hasta que viva la noche. Sevilla, como todas las ciudades europeas, está llena de zombis.

Sólo le queda voluntad para perseguir impertérrito a los negros, chinos y eslavos que pululan despistados por la zona y que se llevan el consiguiente e inesperado susto.

Ágata tiene el culo como un pandero mauritano, debido a las doce horas que cada día pasa sentada frente a la basílica Macarena, repartiendo romero y pidiendo alguna moneda para poder vivir. Si llueve allí está Ágata cubierta con un plástico o con un paraguas con más goteras que las uralitas de El Vacie. Si el sol es de justicia, como suele serlo en verano en Sevilla, cubre sus espaldas con unos cartones… que a veces hablan de Marina d’Or. Se levanta, pesada como un elefante, para comprar unos dulces de chocolate que llenan sus dedos de noches. Ágata, si alguna vez fue joven, tiene cargados los ojos de desiertos y distancias. Cubre su pelo, que aún le queda algo, con un pañuelo negro, hoy gris. Los turistas la miran y pasan de largo, los feligreses la miran y pasan de largo, el tiempo la mira y pasa de largo. El milagro a veces se produce y entonces, un guiri de corazón coge el romero de la buenasuerte y a cambio le entrega una moneda de dos euros. Ágata lo agradece en un árabe gutural y olvidado, mientras mira el metal con la misma intensidad que de niña veía amanecer en el desierto.

Benjamín, que no se pronuncia Bényamin, como hacen los modernos, ni Ben-Ben, como lo harían los tartajas, sino Benjamín, con jota y acento en la i, no carga fronteras en la chepa, principalmente porque nació por los arrabales de la Trinidad. Yo no sé si de niño era tan feo como ahora, aunque la fealdad, salvo excepciones, crece con los años, pero sí sé que se educó en los salesianos donde aprendió a unir las manos en forma de plegaria, a mirar teatralmente a los ojos del posible donante y a bisbisear una especie de ininteligible demanda. Benjamín, insisto: con acento en la i, merodea también por la Ronda, San Gil, el Arco, la muralla, concorvado como le decían a Ruiz de Alarcón, exagerando la miseria y manteniéndose milagrosamente en pié sobre sus alámbricas piernas. Sólo le queda voluntad para perseguir impertérrito a los negros, chinos y eslavos que pululan despistados por la zona y que se llevan el consiguiente e inesperado susto. Yo creo que Benjamín es un zombi que no necesita demasiado las limosnas, que tiene un lugar donde cuidan su estrechez y su aparente hambre. A mí sinceramente me parece que no gasta mirada de necesidad, sino que está más loco que el Papa del Palmar y le ha dado la locura por ejercer de actor mendicante. Perdóneme el Altísimo si lo que digo no es cierto. Amén.

Catina podría ser una gitana del Albaicín o una morena de Romero de Torres para los billetes de cien. Pero Catina nació en los suburbios de Bucarest y sólo guarda en sus ojos el verde misterioso y turbio del río Dambovita. Llega temprano con sus bolsas cargadas de nada y se sienta, perdida la mirada y la sonrisa, frente al estanco de la calle Feria, donde la conocen y la llaman María, porque lo de Catina es demasiado extravagante para cualquier macareno que se precie. Catina hay días que tiene dos hijos, otros tres, a veces otro recién nacido, aunque sin visos de preñez previa, según sus necesidades de ropa y alimentos. Es mentirosa porque aprendió de niña que con la verdad no se llega a ningún sitio y con la mentira allá donde se desea. Yo la he visto salir por las mañana de las zahurdas del río camino de su “oficina” dejando atrás una astrosa tienda de campaña, un marido insomne, y demasiado joven para tanta miseria, y restos de albures junto a las orillas del Guadalquivir. Mal debe andar aquel infierno, para elegir este. ¡Que Dios nos coja confesados!

Dilan querría haber nacido en San Francisco que tiene más color y más banderas, pero la suerte negra o el destino infame le hizo salir a escena en la pequeña ciudad eslovaca de Vajnory. Calzóse el floreado sombrero de las romerías, la vieja guitarra con pegatinas de Bob (Dylan, por supuesto), el chaleco plagado de corazones y espejitos rojos, los vaqueros recortados sobre esas botas de cuero, que le regalara aquel berlinés loco que apareció un día por Vajnory. No puede recordar cómo aquella noche de verano acabó durmiendo en Sevilla, bajo las Setas de la Encarnación, junto a una pareja de rumanos que le invitaron a demasiada cerveza y a tocar en su guitarra canciones eslovacas. No puede recordar tampoco cómo amaneció sin mochila y sin el poco dinero que le iba a servir para llegar a San Francisco. Perdido en la ciudad desconocida, sin más patrimonio que su también desconocida música, hoy recorre cada noche las terrazas de la Alameda, donde canta lo que el alcohol le permite recordar a cambio de más alcohol y algún trozo de pizza seca. Sólo espera encontrar alguna vez a quien le despojó de su dinero y con él de sus sueños.

Edu es gordo como Gambrinus y por lo tanto, entre flatulencias, pide para comer. Lo malo es que lo poquito que puede recaudar, porque a la gente no le da ninguna pena un mendigo tan lustroso, se lo gasta en vino y así, dormido, se le pasa el día en un suspiro. Cuenta, aunque nadie se lo cree, como es natural, que es un refugiado político y que en su juventud luchó contra la dictadura de Ceauşescu (chochescu, que se decía entonces). Hoy, a 27 años de la ejecución de Nikolae y Elena, no se ha decidido a volver a Bucarest para gozar de la libertad y de las propiedades que confiesa tener. Ja. Prefiere tumbarse a dormir la mona en la puerta de mi casa, a mear entre los coches de la calle, a llamar “puta” a cualquier hembra que cruce su camino y su resaca. Un día se lo llamó a mi mujer y desde entonces a este gordo cretino, medio tonto o tonto y medio, me parece a mí que además un poquito carajote, pues cada segundo que pasa tiene el labio inferior más cercano al ombligo, le tengo declarada la guerra y le echo a patadas de su madriguera de estupidez y vagancia. ¡Que lo aguanten su madre y su patria! No tengo remordimiento alguno por estas palabras.

Frijolito y Caireles, Manué Caireles y Yésica Frijolito, son nudistas por devoción… y turismo. Naturistas por la gracia de Dios… y sin embargo en su desnudez portan una invisible pero perceptible vestimenta. Parece llevar Manué, sobre su engominado pelo negro, un sombrero grana con borlas verdes, que para sí soñara Lorca; unos zahones de cuero “repujao” con filigranas de la Axarquía y una chaquetilla negra a medio ombligo, que le da la prestancia necesaria para pasear en bolas sobre las dunas claras de la playa. Yésica, amarrada a su brazo como pulsera de oro, deja entrever sus curvas de aceituna a través de transparentes volantes, mientras cubre su cabeza con un pañuelo de seda malva con reflejos de estrella. Sólo sus pies desnudos ya dan envidia a la tierra. En verano, en Sevilla, como no hay playa, ni dunas, Caireles y Frijolito, aprovechando la ceguera de la luna, pasean desnudos entre las sombras de los Jardines del Guadalquivir. Son emperadores de bronce en este país sin reino y sin gobierno.

Gandhi en su extrema delgadez y en su extrema dignidad parece uno de los famélicos personajes de El Greco. Es de los pocos zombis limpios que pasean su soledad, su hambre y su locura por los alrededores del “mercao”. Pelo largo y lacio, perilla cuidada, pantalones oscuros a la cintura, camisa celeste abotonada en la nuez, paso lento, mirada al frente tras las rejas de los Perdigones. Nunca le he visto pedir, ni hablar, ni sonreír. Sí le he visto sacar con disimulo de su pequeña bolsa algunos restos de la comida que sobró en el albergue. A la sombra de las araucarias de San Pedro conversa con el hombre que siempre va consigo, sin mezclarse ni en las penas ni en las alegrías ajenas, mientras espera la hora de iniciar el regreso hacia ninguna parte. Gandhi, como su nombre indica, es la paz.

Hussein tiene la barriga como popa de mercante en la bajamar sanluqueña, mas no era así cuando cruzó la valla de Ceuta. En realidad de Chauen traía tripa de cuscús con cordero y té de cafetín. Vaya, que tenía el perfil de un espagueti. Pero se había dado aquí a la Cruzcampo y a las hamburguesas del McDonald. Cada vez menos hamburguesas y más Cruzcampo. De Alá le quedaba lo mismo que al Obispo de Sigüenza, por citar a alguno, y lo del Paraíso cada vez lo iba viendo más lejos, quizá por efectos del barrigón. Al principio recogía cartones. Después metal. Más tarde se dio directamente a la vagancia. Cuando salía del Mercadona, ni me miró. Colocó como pudo la lata de Cruzcampo bajo el sobaco, encendió un enésimo Marlboro, se rascó sin disimulo alguno los huevos y extendiendo su mano izquierda, como era su costumbre y mandaba el Corán, me dijo: Darme argo (sic). Le di las buenas tardes y me quedé tan pancho.

Ilenia, como todas las que llevan este nombre, vino del frío. Llegó a este país con un falso contrato de modelo y, como tantas, acabó de meretriz, que diría Umbral, o de puta, para entendernos, en una venta de la carretera de Madrid. Acabó treinta años después como gorrilla en las calles de la Macarena y cuando indica las plazas vacías a los automovilistas, lo hace como si paseara por una ya imposible pasarela. Habla un español duro y con demasiadas erres: “Tuerrrrce esquerrrrrda, ahorrra derrrecha, otrrrrro poco esquerrrrda. ¡Yastá!”. El “Yastá” suena a orden rusa y hay tontos a los que el tono les enfada. Ella ignora su incomprrrrrensible enfado y besa el euro que le dan, antes de guardarlo entre el secreto de sus ropas. Después, de su bolso de marca, tan ajado como ella, saca a escondidas la botella de vodka que le hace sobrevivir al hambre y a la desolación. A mí, como el Piyayo, “me da pena y me causa un respeto imponente”.

Jonathan no llegó en patera porque no huía de nada y porque tenía posibles para pagarse el avión. Jonathan, “la Monroe”, saltó el Mediterráneo desde Túnez persiguiendo los ojos verdes de un gitano que era “bailaó”, le dijo; que trapicheaba con telas, le dijo, y que le iba a enseñar el paraíso, le dijo. Pero en Barajas no le esperaba nadie y tampoco nadie respondió al teléfono. Ya en Sevilla supo que su duende era el niño de los Candela y que vivía en las Tres Mil. Cuando se acabó el dinero y cuando Jonathan, una vez teñido de rubio con agua oxigenada, de ahí lo de “la Monroe”, ya había aprendido a “montar a caballo” por bulerías, el patriarca le dio el pasaporte para el Pumarejo. Duerme allí su pena negra cada noche, sin más consuelo que el chute compartido y sin más amores que el de un majara obeso, que se lo cepilla sin pudor alguno en el frescor del amanecer. Quizá algún día, si Alá lo quiere, una patera misericordiosa lo llevará de vuelta a las playas de Túnez.

Ketty era zombi por tendencia, por generosidad y tal vez por vicio. Llegaba a la plazuela más limpia que una patena, bienoliente, cargada con bolsas de litronas para los colegas… Y barroca, como sólo en Sevilla se puede ser barroca: cubierta de abalorios de cuero y plata, embutida en un vestido negro semanasantero adornado de volantes casi gaseosos y con el rostro adornado de afeites como una dolorosa. Era llegar, desde su lujoso ático de Montesión, y toda la parada de monstruos empezaba en silencio a cantarle una saeta con la mirada. Ejercía su padre de notario en la villa de Osuna, con más duros que vergüenza, y la madre de notaria consorte, con más chulos que duros. La niña estudiaba periodismo, desde hacía diez años en Sevilla, pero a nadie le importaba un pimiento la casi eterna duración de la carrera. Y allí estaba la Ketty, ocho horas después de su aparición en escena, dando vaharadas de ron podrido, rota por todas las sonrisas de su cuerpo y todas las costuras de su alma, es un decir, volviendo un poco más agusanada a la podredumbre de sus literaturas. Yo creo que a todos en la plaza nos daba un poquito de lástima.

Pasan horas al sol, mirándose las caras y las piernas blancas, bañándose en la fuente, cagando en los rincones y, aunque la mitad son moros, bebiendo litronas a destajo.
Madame Citron, sin embargo, era una zombi buena y maternal. En los Carnavales de 1968 reptaba el frío como sangre de serpiente sobre el asfalto y era yo entonces hippy novicio que buscaba una guarida donde impedir a la noche humedecer mis huesos. Husmeando el rastro a un ejército de espectros de peor calaña si cabe que la mía fui a dar en las mismas fauces de la Gare de Marseille. Si mi aspecto era deplorable, no sé cómo podría calificarse el de la archicofradía de desastrados que allí encontré buscando cobijo de la soledad y el frío. Fue justo entonces cuando yo, híbrido de ibero y moro, descubrí la existencia real de otras razas: negros que ululaban de hambre y desconsuelo, chinos volatineros de misterioso insomnio, indios anónimos de interminables sagas y nórdicos borrachos huyentes de sus propios vómitos. Ni siquiera la barba a medio crecer, ni tampoco los largos cabellos que hacía tiempo dejaron el agua en el olvido, conseguían darme el aspecto de piojo resucitado que exigía el protocolo en aquella república de zampalimosnas. Avanzó solemne entre sus andrajos, hasta colocarse a mi lado. No olía a diablos la vieja, sino a diablos muertos. “Mon fils, je suis Madame Citron. Dort, dort. Rien de peur”. Hoy, sea cual sea la tierra donde repose tu irrepetible bondad, quiero recordar, Madame Citron, el harapiento disfraz con el que me salvaste el aliento sin aguardar siquiera a que te diera las gracias.

Navajita arrastra al amanecer su bonhomía y su iracundia por las estrechas aceras de la calle San Luis. Además de eso arrastra un carrito del Mercadona, “tuneao”, sobre el que transporta una enorme maleta, en la que no me extraña duerma cada noche, porque Navajita es mínimo como novicio de posguerra y, según cuenta, venezolano de los de Chávez, él dice del general Chávez, ascendiendo por su cuenta y riesgo al bolivariano. No me consta que defienda también a su sucesor, el del pajarito. Yo creo que no. Guarda sus principios revolucionarios con el mismo cariño con el que mima la pequeña navaja que pende de su cuello, en cuyas cachas lleva pintada la bandera de su país. Cuando nos cruzamos, todas las mañanas, yo en busca de aire fresco y él buscando casi insomne un café caliente, me mira, me señala con un dedo acusador y repite, quizá como consigna: ¡¡¡No te gusta la pobreza, eh, no te gusta la pobreza!!! ¡¡¡El lujo sí, eh, el lujo sí!!! Espera mi reacción, tal vez facciosa, apretando entre sus dedos la navaja y, como nunca pasa nada, sigue caminando hacia cualquier palacio de invierno que le dejen tomar. Cualquier día de estos…

Overbooking hay mañana, tarde, noche y madrugada en la Plaza del Pumarejo, epicentro de una perenne parada de monstruos. Llevan años allí. Generaciones. Siglos. Ya en los 40 los zombis quemaban grifa en esta plaza. Más adelante, entre el jaco y el sida, comenzó a ser un rincón peligroso y se fue despoblando. A sus habituales se les empezaron a caer los dientes, a caer el pelo, a caer los hombros y a caer los kilos. Los supervivientes comenzaron, en fin, a ser zombis como Dios manda. Ebrios de metadona, tintorro y hambre. Ebrios de peleas sin sangre, gritos fingidos y caricias robadas entre los colchones recogidos en la basura. Ebrios de inacabables calambres. Por las mañanas, cuando llegan los camiones de riego, levantan el campamento de cartones, mantas raídas, bolsas del Día cargadas de harapos, colillas a medio fumar y trozos de pizza… Y marchan hacia las orillas del río a refrescarse un poco, a recoger hierros y trastos viejos, a buscar un café “pagao” y a aburrirse hasta que llegue la hora de volver a su hogar de mugre y sombras.

Paca lleva veinte años viviendo en los albergues de toda la geografía española. De ahí su lozanía. Su metro ochenta y tantos nunca va solo, le acompaña El Fari, un rottweiler tan descomunal como su dueña. Como no puede ser de otra forma se ha convertido en la líder de ese grupo de zombis vagos que han tomado las mejores sombras del parque. Allí pasan horas al sol, mirándose las caras y las piernas blancas, bañándose en la fuente, cagando en los rincones y, aunque la mitad son moros, bebiendo litronas a destajo, sin tener en cuenta las leyes del Corán, ni las amenazas del mismísimo Mahoma. Cuba, mi perra, que es mucho más sensata que yo, cuando se acerca a ese reino inmundo da un prudente rodeo mirando primero hacia el grupo de engendros y después hacia mí, para comprobar que sigo vivo. Con eso de los pantalones de talle bajo, a la Paca, cuando tumba en el césped sus incontables kilos, se le queda medio culo al aire. Un culo de asombro y luna llena que a todos los borrachos les gusta sobar, como si fuera un pandero marroquí. Pero, amigo mío, cuando llega la hora de la sopa boba, allá que van en reata, como si hubieran sido más buenos que un santo de palo, a trajinarse sus dos platos, pan y postre. La Paca repite ración “que la pobrecita se quita la comida de la boca para dársela al Fari”, como dice el Hussein, que es su pelota en nómina.

Quiniela, en realidad “erquiniela”, tuvo un día un arrebato de suerte: acertó que el Barça iba a perder con el Getafe y que el Madrid no iba a pasar del empate con el Betis. Se corrió la voz y desde entonces recorre los bares de la Alameda rellenando boletos a los que creen en su buena mano y su flor en el culo. Ni él, ni nadie, se han hecho millonarios por su buenhacer, pero en su cabeza no dejan de aparecer milagrosos 1/X/2, que llevarán a la gloria económica a cualquiera de los que pongan en sus manos el porvenir. Lleva una maletita de ejecutivo, que encontró en un vertedero, y un traje de raída alpaca que alguien con buenos centros le regaló en el Jueves. Guarda allí su suerte esquiva y cientos de boletos, convencido de que algún día le despertará el sol del Caribe. Ayer le rellené una quiniela y me ha prometido que esta semana me va a tocar. Dios lo quiera. Amén.

Espero que no se canse de contar mentiras, porque a mí me divierte su imaginación y su aparente desasosiego.
Romualdín es un hijo de puta en el sentido estricto. Como dijera Valle, en su caso “no es un insulto, sino una definición”. Su madre, la Romu, ya ejercía el oficio en las lindes de la Alameda, allá por la calle Niño Perdido (un nombre por otra parte bastante coherente para estos trajines) durante la República. La Romu murió hace dos años dejando a su hijo el pisito que ella se ganara a base de, digamos, bastantes traspiés. Desde entonces el Romualdín, que ya va por los setenta, baja cada mañana a la plaza a tomar su cerveza y ¡qué remedio! a repartir tabaco en su particular patio de monipodio. Por eso al Romualdín le respetan. Pero para él… la canija del pelo naranja, el esqueleto vestido de camuflaje, el enano con voz de vicetiple, el majarón con la camiseta de Ronaldo, la gorda india, el yonki de la chilaba y el craso maricón calvo, no son más que una panda de miserables retales a los que no tentó la mano de la suerte y a los que la vida no pudo ofrecerles una madre puta y ahorradora. El Romualdín se siente afortunado y, mientras no le cojan, sigue cobrando la pensión de La Romu que en gloria esté.

Siroco siempre lleva un papelito en el que escribe indescifrables notas a las que llama poemas o retratos. ¡Sabe Dios! Se junta a veces con esa pléyade de zombis que pululan por el barrio, bulliciosos como cotorras argentinas, para sonsacarles sus historias, sus vidas y milagros, sus cortas alegrías y sus largas tragedias. Desde sus 60 largos y corridos te mira muy serio y jura sobre la Biblia que tiene más de media docena de libros publicados, además de otros tantos inéditos, que fue medio alcalde de un pueblo del sur, letrista de una banda rockera y que en su juventud fue amigo de Bonald, de Alberti y de Cela, el del premio. Que estrenó sus obras teatrales por media España y, en sus ensoñaciones, cuenta que hasta las representó en París, en Bruselas y que sólo por mala suerte o por la negra bicha del destino no las paseó por todos los rincones del planeta. Son hoy las calles macarenas su propio laberinto de la fortuna. Callejones flamencos en los que dice haberse encontrado con un tal Rinconete y un tal Cortadillo. Hasta a Machado dice haberse encontrado en el zaguán de Dueñas. Yo creo que está más loco que una cabra y que ya empieza a chochear. Sin embargo espero que no se canse de contar mentiras, porque a mí me divierte su imaginación y su aparente desasosiego.

T, U, V, X, Y, Z. Al Trampas, que no era de fiar como su propio nombre indica; al Urkiza, un vasco que tenía la ikurriña tatuada en el culo; a la Vizca (ella lo escribía así), que solía mirar mal a todo el mundo; al Xuxo, que sólo se alimentaba de esta mierda de pasteles y así acabó; al Yo, el tío más ególatra que he conocido y a la Zanta (lo pronunciaba así porque era de Sanlúcar), se los llevó la Parca y yo no me atrevo a hablar de los muertos. Toco madera.

Q.E.P.Descansen.





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viernes, 14 de abril de 2017

ELENA MARQUÉS [2.219]


ELENA MARQUÉS 

Elena Marqués (Sevilla, 1968), correctora de textos, escritora y poeta, ha obtenido diversos premios literarios, como el «Álvaro de Tarfe» de Poesía con Lo sublime y el frío o el accésit en el IX Certamen Nacional de Poesía Rumayquiya con A lluvia perpetua, obras a la que pertenecen algunos de estos poemas. Es autora también de las novelas El último discurso del General Santibáñez, Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso y El largo camino de tus piernas; y los libros de relatos La nave de los locos (VIII Premio Vivencia-Villieres) y Diversas formas de ir a la deriva.


Fue finalista del reciente Premio Pilar Fernández Labrador de Poesía. El pasado año ganó el XX Certamen de Relatos de la Fundación Gaceta de Salamanca.



LLUEVE

Tras el cristal, la lluvia.
Sus lágrimas, pequeñas,
aplauden en el círculo arcilloso
de todos los alcorques.
La línea verdinegra de los árboles
sacude hasta los niños su rocío.
Saltar sobre los charcos
no es una travesura.
La vida es ese juego de hojas blancas.




(DES)ENCUENTROS

Ayer me lo crucé. Fue una sorpresa.
Los surcos de sus ojos descendían
de un rostro conocido.
Enfurruñado el tiempo en el recuerdo,
no nos dijimos nada.
Nos dejamos pasar
como la brisa.
Dos aires que se cruzan,
dos viejos olvidados que jugaban
sobre el capó del coche
rasgando de las blancas margaritas
su piel indestructible.




SILENCIO

No hay nada que decir sobre la lluvia,
ni sobre el ojo, el barco o las colmenas.
Transita la mudez entre los tallos.
El frágil balbuceo de los hombres
se pierde en las espigas;
mis dedos descomponen cuanto tocan.
La música reemplaza a la palabra.
Hay un vacío clave en mi cabeza,
un lapso en los ventrículos,
un cauce seco al fondo de las uñas.

Torbellinos de luz desordenan el cielo.
Nada me significa.

Por qué manchar el folio y desflorarlo.




NOCTURNO

La noche encierra pájaros vacíos
en un fragor de esporas.
Es el silencio piedra donde mi grito excava
la cáscara glacial de tu retina;
es el dolor aullido de libélulas
singlando los regatos,
un miedo mineral a los cipreses
y a la ausencia de pan en el vientre de Dios.
En esta luz trizada te reclamo:
Tú, que habitas lo oscuro,
que engañas al amor con tu saliva;
que eres árido y cruel como los besos
de todos los difuntos,
tenaz como las olas que abortan sobre el páramo,
da tregua a las heridas de mi voz,
no amamantes con eco mi orfandad
y contempla,
entre jaulas y helechos,
la tormenta que acuno.



NOMBRE

Así, tu nombre roto en el mantel,
como las migas de un pan abierto
en canal y a la tarde;
su vocal ambarina lastimando,
cayendo al precipicio de las losas
como una taza más sin cumplir su promesa
de ser cuenco y ternura.




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domingo, 25 de diciembre de 2016

ANDRÉS MARTÍNEZ DE LEÓN [2.214]


Andrés Martínez de León

Andrés Martínez de León (Coria del Río, el 5 de abril de 1895 – Madrid, 25 de mayo de 1978) fue un escritor, pintor e ilustrador español.

De joven se matricula en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla. En los primero años del siglo XX, trabaja como ilustrador ceramista en Triana. En 1915 publica su primera ilustración, en la revista “Sevilla y sus fiestas de primavera”, donde repetiría al año siguiente.

A partir de 1918 comienza a colaborar en la prensa nacional y local. Es en El Noticiero Sevillano, donde publica por primera vez su popular viñeta del personaje satírico de Oselito.

El ilustrador, muy aficionado a los toros, crea Oselito como trasunto humorístico de Joselito El Gallo, fallecido por aquellas fechas. Lo representa con sombrero de ala ancha, pajarita, chaquetilla corta clara, pantalón negro, y con la mano izquierda generalmente en el bolsillo.

En la década de los veinte, publica en El Debate, Heraldo de Madrid, Semana Gráfica y Blanco y Negro. También siguió colaborando en todos los periódicos sevillanos de la época, La Unión, El Correo de Andalucía, y El Liberal de Sevilla. Desde 1922 trabaja permanentemente para el periódico madrileño El Sol, con una serie de viñetas diarias, ambientadas en escenas típicas sevillanas. En 1931 se traslada a Madrid, donde continúa colaborando en El Sol. A partir de 1933 se traslada a La Voz y a El Liberal de Madrid.

En 1935 viajó a Moscú para asistir, por encargo de La Voz, al XVIII aniversario de la Revolución rusa. Fruto del viaje fue "Oselito en Rusia", editado en 1936.

Al estallar la guerra civil, se alista en el ejército republicano donde realiza viñetas para los periódicos de trinchera, especialmente para La Voz y Frente Sur, Frente Extremeño donde su célebre personaje Oselito, se transforma en miliciano. A medida que la guerra avanza, la influencia de sus contactos con los intelectuales comunistas, tales como Pedro Garfias, Miguel Hernández y Alberti, radicalizan sus trabajos. Especialmente a partir de su traslado a Valencia donde trabaja regularmente en el periódico del partido, Frente Rojo. Tras finalizar la guerra, se traslada a Madrid, donde se le acusa de propagandista comunista. Fue condenado a la pena de muerte, conmutada en 1942 a prisión de treinta años y un día de prisión. En 1945 se le indulta y se traslada a vivir a Sevilla.

En los años cincuenta colabora regularmente en el periódico, España de Tánger, y en la revista humorística Don José.

En 1958 como consecuencia del cincuentenario del Real Betis Balompié, ilustra un libro donde se narra la historia del equipo y cuyo personaje, Oselito, es el hilo conductor de todo el argumento.

Murió en Madrid en 1978.





Oselito en Rusia (1936)
Ed. Almuzara, 2012. (fácsimil de la edición de 1936)

Prólogo a Oselito en Rusia (1936) , escrito por su autor, Andrés Martínez de León. 


Disen que, en Arte, el robo seguío de asesinato se perdona... Muchas obras grandes nasieron de argo insignificante que que el aire llevaba y traía sin que nadie advirtiera y sacara a la lus su mérito e importansia... Muchas veces, a estas ocurrensias les susede lo que a las coplas: que er pueblo las canta sin sabé de quién son, ¿y que importa? Er salero consiste en que se canten y se cuenten. Es señal de que se ha dao en la diana del sentimiento del pueblo. ¿Pa qué más gloria?



*


Ni dentro ni fuera se explicaban er fenómeno; pero er fenómeno estaba allí. "Er tó pa tó", le llamaban la gente der campo ar comunismo. Era famoso Vallina, er médico anarquista. Plasa Roja se llamaba la de la Macarena, y er Kremlin, la taberna de Cornelio. Un día sartó er "Kremlin" roto a cañonaso, volaron los jamone, corrio er vino y rodaron los queso. Mu serio, publicó un periódico italiano la notisia der suceso: "Ha sio tomá la siudad de Cornelio, sercana a Sevilla, por un ejérsito de veinte mil hombre, ar mando der generá Vallina, después de intenso cañonaso". Fue una època de fiebre. Mis paisanos, puestos a hasé er cambio, dieron raya -ya que no contaban con la crú- a los mismísimos comunistas rusos. Querían er comunismo libertario...


*


Hase un cuarto de hora que me senté ,  y todavía no ha venio ni un betunero, ni una gitana vendiendo lotería, ni er de las corbata, ni er de las cuchillas... Pregunto por ellos:
-¿A qué hora viene esta gente?
-Es que no vienen señó. En Pari hay de to, pero cada uno en su sitio. Er betunero, la lotería, las corbata ylas cuchillas de afeitá, como las demás cosas, tienen su sitio fijo señalao, y en ellos están.
Me quedé frío. To el espíritu libertario de españó por los cuatro costao que llevo dentro se revolvió contra aquella organisasión. Nuestro santo "Hago lo que me da la gana" había chocao con er "No señó; usté tiene que hasé esto".
-Estai ma atrasao que nadie -les digo-. Sin pobres, sin betunero y sin esas demás cosas que se venden en España con er café, no haréi nunca negosio. ¡Te lo digo yo, home! En mi tierra te sienta en una terresa, y no hase más que desliá er paquetillo de asuca, cuando, con mucho salero, suena una terrible vo en tu oido: "¡Charo limpio! ¡El rey del brillo!...", ar mismo tiempo que te cogen una pierna y te ponen er pie ensima de una caja. No ha salío todavía de esto, cuando una mano negra -naturá y artifisialmente- deposita con violensia un misterioso papé por entre er hueco de tus solapas. E una gitana que te dise con mucha grasia siempre lo mismo: "Queate con ese desimito, que tiene tipo de bailaó". Un gran manojo de corbata te ocurta ahora el cafe: ¡Corbata inarrugable, caballero!". Luego, otro (!fijate lo vario que es to, que ahí es donde está er salero!); "!Cuchillas de afeita para no pisarse la barba"! Despué, coro de pobre pidiendo; er niño que te quita la asuca, er que vende los cordonde... Totá: que si consigue tomarte el café, te va a la calle chispeándote los ojos de la algría del triunfo. ¡Ere feli!
-¿Y no intervienen nunca las autoridades?
-Nunca, es más: argunas vese, por probá, retiran a esta gente do o tre día, y ya tiene a los industriale reclamando: "Mándeme inmediatamente veinte pobres, dies betunero, ocho gitana, sinco corbatero y tres vendeore de chichalla, pues si no, me arruino." Las autoridades, naturalmente, mandan er pedío; se anima como por encanto la terrasa: vendeores, pedigüeño, y consumidores se dedican a un floreo de ataque y defensa, a robarse uno a otro el rayito de so en el invierno, er poquito de aire fresco en er verano, to lleno de alegría, de cordialidá... ¿No es bonito esto?
-No lo comprendo.
.¡Naturá!, ¿Cómo lo vai a comprendé? Son ustede nos esclavos, siempre encajonao dentro de la ley. Asi no llegaréi nunca a ninguna parte. Esta visto. ¡Como España no hay ná!




*


en Parí, salen rectas dose avenida en forma de estrella. En su centro, el Arco de Triunfo, rodeado de cien columnilla jugando ar corro, amarrás con caenas. Representan las cien batallas de Napoleón, y el arco entero está dedicao a cantá los estropisios afortunao del gran corso en casi toe r mundo. Nombres de siudade y lugares quedan en letras de bronce pinchá en sus muros pregonando como una grasia que a esta le derribó la sina, a este le partió la cabeza y al otro la boca.




*


le pasa como aquer que puso en su tienda este letrero: "Se habla inglés".. No lo hablaba él, mas dejaba en libertá ar que lovsupiera pa expresarse. "Parque de fiera", dise el Ayuntamiento madrileño, y quiere desí que él no las tiene, pero er que quiera llevarla puede haserlo.




GÉNESIS DE OSELITO

La humanidá ha creao muy pocos grandes símbolos de sí misma. Don Quijote,Hamlet, Fausto, Don Juan, yo...

"Entes de ficción" nos llaman los técnicos. Pero nosotros tampoco tenemos pelillos en la lengua pá los técnicos.

"El ente" es argo extremadamente delicao, dificilísimo de criar.  Se ha tratao de conseguirlo por inseminasión artifisiá, pero como si ná.

Al río humano no se le puede echá alevines de <> en invierno pá pescaarlos, ya grandesitos, en primavera. Sería perdé er tiempo, er dinero y los alevines.

Baste saber que, en lo que va de mundo, la humanidá había inventáo hasta una dosena de grandes símbolos. Y eso, abriendo mucho la mano y metiendo en er peso grandes y chicos.

Esta extraordinaria escasé de produsión , no debe a los <> que los haymuy buenos mosos, sino a la farta de materia gris humana en buenas condiciones de consumisión digna de uno de nosotros, pues éste es el único alimento que nos luse y sin er cuá es inuti dedicarse a su cría.

Expliquemosno:

Materia gris hay pero en vetas tan pobres que hace practicamente antieconómica su explotasión. Hombres y mujeres la tienen, la llevan orgullosamente sobre sus hombros enserrá en fuerte envase óseo, como un tesoro.

¿Y qué? si apenas les arcansa pa ellos, ¿van a criá un "entes" si er que menos necesita una masa gris de tres kilos, fresca y sana, na más  que pá empesá? ¿No habéis observao la cabesa de un productor de "entes" que suele ser como hecha pá dos y la lleva er solo?

Claro es que se puede mejorá lo poquito que a uno le haya tocao en suerte: sino pá dedicarse de lleno a la cría de "entes" ar mejo pá andá por er mundo si pegá muchos tropesones. A mí como conocedó del asunto, me tienen gustosísimo a su disposisión.

Lo primerito que hay que hasé, es procurá por tó los medios, mantené esta sustansia gris maravillosa, dentro de su embase originá cuidando muy mucho que ná de ella se sarga en descarrilos de trenes, choque de autobuses, o en esas tan frecuentes aprosimasiones inesperadas y violentas, contra er pretil de un puente, desde una Vespa.

Luego, llevaís siempre el embase en alto y al fresco. En alto, proque si acostumbra a hasé demasiadas reverencias, en una de ellas te puedes cargar a tu posible "entes"dando con él en el suelo con las cuatro patas por alto.

Más conveniente aún es conservar el embase siempre al fresco. Su mayó enemigo es la caló. En cuanto er só dá de lleno en él, los sesos, o se agrian, o se derriten y luego hay que tirarlos. Mucho ojo con esto.

De esta conveniensia nasió er sinsombrerismo.  Vean cómo er que aún lo usa -por carvisie, generalmente- se apresura a descubrirse en cuanto ve vení a arguien que pueda darle argo: "Pongo a sus pies -parese desirle- mi materia gris. no hay que devolver er casco".


Casi tó los males de nuestro siglo diesinueve, vienen de los gorros de dormí. A los moros a se lo han hecho saber muy seriamente, los técnicos: "O se quitan ustedes esas toallas reliá a las cabesas, o nunca tendréis, más higos chumbos y moscas. Así, parese que regresáis tó  de una manifestasión contra er Potectoráo frasé". Los alemanes deben al séro de sus maquinillas de pelá, el haber aclimatao las guerras en su suelo, gosando de una manera estable de ese alegre dinamismo de la lucha, sal y norte de la vida, puesto que la lucha es vida... según uno que no conosió es jamón de Jabugo, er vino de Jeré y er puro de La Habana.

La mujé tiene ideas largasdesde que su pelo es corto. Bajo aquellas matas de pelos que les bajaban hasta las corbas -¡ay muy buenas corbas, sí señó!- y bajo aquellos enormes sombreros con gallinas, chosas y hasta gualda de chosa, ensima, no podia incubarse ná bueno.

En cambio ahora nos pisan el terreno por toas partes.

Er pelo dá mucha caloó, y la caló es lo más malo pá los sesos. Vean ustedes la endeblé  enfermisá de nuestra época romantica. con aquellas melenas y la costumbre de no comé, no podía engendrarse ná sano. Les hubiera venió muy bien, siquiera tres mesesillos seguíos sentándose a la mesa a sus horas.

A los embases de materia gris, les va muy bien sierta libertá aérea. Ya que uno no ha de dedicarse a la cria de "entes" por ser difisilísima, ar meno procurá mantené y mejorá la que tenemos. Leé poco y comé mucho. No calentarse la cabesa por ná der mundo. Puede sernos, fatá. Mirense en el espejo de mi ilustre compañero Don Quijote, a quién, un recalentamiento de esos, le hiso salir por España cargaó de más latas que un solar,  a enderesá entuertos.

Cosa que no se le hubiera ocurrío  ni ar que asó la manteca.  

Un "ente", en un prinsipio, no es ná.

No diré que somos un átomo en el espasio, por lo desacreditadísimo que están los átomos actualmente, tanto electrones como protones. Pero  sí que somos unas partículas insignificantes, una cosa así como embriones de argo genial, rarísimo y misterioso, inconcreto, oscuro.

Siglos y siglos nos pasamos envuertos en el ambiente que respiran los humanos, revoloteando de acá pá allá, destapando y oliendo embases como resina fisgona: y, siglos y siglos nos pasamos también sin encontrá ná a nuestro gusto; una buena molla fresca y sana de masa gris, capás de tener el honor de engendrarnos.

Somos internasionales. Pá nosotros no cuentan esos paralelos, esas barreritas, divisiones y subdivisiones que los hombres han inventáo pá no entenderse. Lo mismo nos da una cabesa cuadrá, que redonda o en pico; que haga frío o caló, sol o niebla, tomar vida en una lengua que en otra... A nosotros nos da iguá. Er caso es encontrá un serebro bien curtiváo y sano. ¿Que esto es muy difisi? ¡Ah, claro!: por eso somos tan poquitos en er mundo. Pero cuando un día entre los días descubrimos el divino tesoro que buscamos, nos vamos hasia él con hambre de siglos, con una alegría tan grande que hay que pasarla pá comprenderla.

Y ya tó es cosé y cantá.


El hombre insigne, poseedor de tan rara sustansia serebral, nota, desde entonses, que argo le bulle en la cabesa; argo misterioso, sublime, casi divino, que pugna por concretarse y salir, pero sin que él asierte a ver bien sus contornos, ni a medir con esactitud, su verdadero arcance y dimension, cual si er dedo der genio guiara su parto, separando “aquello” de su control.

Y un glorioso día sin pensar, nos deslisamos silensiosamente de nuestra sabrosa gruta y, sin ruido ni tonterías, de puntillita, bajamos por el braso der que nos dio vida inmortá y salimos ar mundo por los puntos de su pluma sin que él se entere.

Así nasimos Don Quijote, Hamlet, Fausto, Don Juan, yo,... 

¡Ay! Que nadie envidie ar padre de unos de estos símbolos humanos inmortales.

Cuando aún esté er pobre hombre como cuarquié padre carnal, registrando al resién nasío por si és verdá, como disen, que cada hijo trae un pan debajo der braso, un gran tropel de gente serbirá las escaleras de mi casa gritando frenéticamente:

—Ha nasio “La Ilusión”. Er símbolo de “La Ilusión Humana”.

Inuti será que er sorprendío papi jure que él ha hecho a su niño pa que le vaya por los mandáos. La gente se lo arrebatará de las manos y con er tierno infante en arto como un estandarte sardrá a la calle vosiferando:

—He aquí “La Ilusión Humana”. Con dos gramos de ella y los ojos serráos, se puede ser hasta felis.

Aún er padre abandonao tratará de recuperá al hijo de sus entremasas a grandes voses de bruses en su barcón:

—No sé esaboríos y traé pá acá a mi niño que me tiene que í al estanco.  —¡Fuera! ¡Fuera! Mentira. Esto és “La Ilusión”. Usté a morirse pa ser inmortá.       Y entre conminasiones de la “Gran Compañía de Apagones y Lú”, y aviso der casero, er glorioso autor escuchará desde su despacho del hueco de escaleras, er cresiente oleaje de la fama, del hijo pródigo, viendo, con pena, como esta ha marchitao la de sus otros hijos, algunos según él, más hermoso y fuerte que el que se llevaron.


Ya “La Ilusión Humana” no cabe en la nasión de origen. Ha borrao las fronteras y habla toas las lenguas. Técnicos de toas parte la exsaminan detenidamente, consurtan libros, se asercan, se alejan, y, por úrtimo, dándole un cariñoso espardaraso, sentensian:

—Visto. Se trata efectivamente de “La Ilusión Humana”. ¡Y de la buena! Mantenerla siempre de canto. Muy frágil.

Er pobre padre, calla. Tiene el agridurse de la gloria que su hijo, a cambio de no irle a los mandaos, le ha metío por las puertas. Pero son laureles sin papas. Y un día muere. No importa: era ya un limón sin sumo. Levitas y chisteras le agradesen la ocasión que les brinda pá salí de sus aburridos armarios.

Y er mundo sigue.

Unas a unas las generasiones que le suseden van sertificando lo mismo respecto a su hijo:

—Esta es “La Ilusión Humana”. Las declaraciones der padre de que creó a su hijo pá mandadero, fueron hechas, indudablemente, pá despistá. En aquellos tiempos no se podía desir tó lo que se quería. Te llevaban dándote guantasos más allá de tu casa.

Y cuando una generasión más agradesía que sus predesedores pregunte por los gloriosos huesos del inmortal autor de “La Ilusión” le responderan distraíos:

—No sabemos. Disen que los pusieron por ahí.

Que nadie envidie al infelí mortal ar que le nase un “ente”.

Con dejarle vendé en vida, cuarquier casa de cuarquié calle o plasa, que hoy lleva su nombre, el autor de “La Ilusión Humana” hubiera conosío argo de lo que creó. Pero...

 Argunos tacharán de pesimista lo que he dicho sobre la suerte que suelen tené en esta vida los productores de “entes”.

No. ¿Qué más dá de que se pierdan huesos ilustres habiendo en er mundo tantísimos “huesos” sin ilustrá ni ná? ¿Qué la “Gran Compañía de Apagones y Lú” le dejó, ar fin, a oscura? ¡Se llevaba gastao en velas pá poné una sentral por su cuenta!    No. Yo me he limitao a contá las cosas como son. Luego, que cada uno escoja er coló der cristá con que ha de mirarlas.

Un ejemplo típico der nasimiento y desarrollo de mi “ente”, lo tenemos en don Cristoba Colón.

A don Cristoba también se le posó uno de nosotros en su hermosa masa gris. Era el embrión genial del descubrimiento, de golfos, y aguantando los cocasos de los monos.

También creyó Colón que había descubierto ar niño de los mandáos. Fueron los demás —como a “La Ilusión”— los que le pusieron su verdadero nombre: América. Don Cristoba sólo vio unas islitas, que ni poniéndolas en regadío podían justificá er cansansio y los peligros de tan largo viaje:

—¿Y pa esto —se preguntaba— he traío tó er viaje ar paisano de Oselito, Rodrigo de Triana, en lo arto de un palo como una gallina?

Vidas y muertes paralelas en los creadores de “entes”.

Con la sola diferensia de que, del de “La Ilusión” no queda ni los huesos, y de Colón tenemos varias edisiones.

Nadie envidie —repito— a los llamados inmortales.

Yo ar menos, no le arrendaría las ganansias.

Tengo que hablá de mí.

Pero aquí entre nosotros, en confiansa, con sinseridá. Sin que se quede ná por dentro.


¿Creen ustedes que la masa gris de mi papi estaba en condisiones? No. Pero es que yo tampoco soy un “ente” como mis compañeros, tiesos, engoláos, demasiaos importantes. A mi me gusta la sensillé, la humirdá, la alegría sana: Ser amigo de tó er mundo, aunque les cueste trabajo creerlo a toreros, padres, apoderaos, ganaderos y demás descomponentes de la fiesta de los toros a la que tanto quiero.

Tampoco he sío mui internasioná, lo confieso. He recorrío, sí, er mundo muchas veses de punta a punta. Pero mis pajarillos sólo se alegraban de manera integral, en Andalusía. Era lo que más me gustaba. ¡Que tierra esta, papi de mi arma! Yo no comprendo que haya persona que nascan en otro láo.

Pues esta sensillé cordial de mi carácter tan alejáo de la trasendental grandesa de mis distinguidos compañeros “entes”, y mi querensia irrefrenable hasia Andalusía, fue lo que me hisieron pasá por tó poniendo una venda en mis ojos, hasta desirme: “Anda. Por una vé quien lo va a sabé”, y colarme en la masa gris de mi papi a sabienda de que no era digna de mi “ente” de medianas pretensiones.

Y aquí estoy y no me pesa.
Nasí en Triana. Mi padre, en Coria del Río.

Coria, a corta distansia de Sevilla, es un pueblesito que baja sin temor arguno ar toro del río hasta las mismas barbas der Guardaquiví pa meterle entre los cuernos er blanco pañuelo de sus casas. Con su hermana siamesa Puebla, forma el rincón más rico de toa Andalusía en hombres de a caballo, retostaos por el sol marismeño, sobríos, fuertes y valientes, que surten las mejores cuadrillas de buenos picadores, o las ganaderías de inapresiable conosedores der toro bravo que crían a sus manos pa que luscan luego su fieresa por toas las plasas der mundo.

Ya saben ustedes tanto de mi nasimiento como yo.
Tengo que hablá de mí.
Pero aquí entre nosotros, en confiansa, con sinseridá. Sin que se quede ná por dentro.

¿Creen ustedes que yo, el “ente” Oselito, sería capá de salí por España a enderesá ná; pá serví de chufla y resibí más guantasos que un tonto?

¿Iba yo a tardá tanto tiempo en arrancarme si mi padre vestío de fantasma, me pidiera argo?

¿No es una tontería vendé ná a cambio de juventú cuando se ven por ahí a tantos jóvenes sin sabé administrá su tesoro?

Y ese iluso de don Juan, ¿por qué se empeña en colesioná mujeres si con una sola ya no se puede viví?

No. Mis mayores respeto a mis ilustres compañeros, pero que no cuenten conmigo pá ná.

Ellos son engolados, tiesos, demasiaos importantes.


A mi me gusta la sensillé, la humirdá, la alegría sana: ser amigo de tó er mundo... aunque le cueste trabajo creerlo a padres de toreros, apoderáos, ganaderos y demás componentes de la fiesta taurina.

¿Creen ustedes que la masa gris de mi papi estaba en buenas condisiones de consumisión pá mi “ente”?

¡Cá! Ninguno de los gloriosos símbolos humanos, compañeros míos, hubiera engendráo allí aunque se lo hubieran pagáo bien. Seguro.

Fue esta humirdá, esta sensillé y cordialidá mía y, antes que ná, mi querensia irrefrenable hasia Andalusía, la que me miró pasá por tó. Y me dije: “Anda. Por una vé quien lo va a sabé”. Serré los ojos, me sambullí y aquí estoy.

No he sío, lo confieso, un “ente” demasiao internasioná. He recorrío, sí, er mundo muchas veses de punta a punta. Pero mis pajarillas sólo se alegraban de manera integral en Andalucía. Era lo que más me gustaba.

¡Qué tierra esta, pare de mi arma! Yo no me explico como hay persona que nascan en otro lao.

Toa Andalusía es maravillosa. Pero tiene una veta jamón; un sitio que es como una espina dorsal espiritual donde se reune lo más fino, lo más alado y hondo al mismo tiempo, de esta tierra de ¡óle!

Me refiero a esa línea que flanquea de serca er Guadarquiví lo que, partiendo de Cai, para por Jeré y termina en Sevilla como si er viejo Beti —óle, viva “er Beti”— llevara en sus aguas las mejores herensias de muchas sivilisasiones pá irlas tirando a puñaos sobre los álamos blancos de sus orillas, y desde allí aromá el resto de Andalusía.

Cuanto me gustaría esta tierra y sobre tó Sevilla, que aún sabiendo que mi papi era “na má” que de Coria, lo vé por Triana y me dije: “Aquí va a sé. Este mismo es bueno”.

¡Coria del Río! Er pueblecito, que, sin temó arguno, le mete por los hosicos er blanco pañuelo de sus casas, ar toro del río: er de los hombres a caballos, retostáos por el sol marismeño, inapresiables conosedores der toros bravos criaos valerosamente en sus manos pá que luscan luego su fieresa por toas las plasas der mundo.

Pues aquí nasió mi papi. En Coria del Río.

Y un poco más acá —en Gerve— er mejó de los toreros: Gallito.

Y un poco más acá, —¡en Triana!— yo.

¡Se pueden encontrá tres lugares más serca unos de otros y con más suerte en er mundo?

¿Qué voluntariamente me he limitao a ser mi “ente” pequeñito, cordial y alegre?

¡Mejó!

Que mi padre es muy poquita cosa?

¡Mejó!

¿Que yo no me pueo compará con Hamlet, don Quijote, Fausto o don Juan?

Ni quiero. A tó los que ellos dejan dormío contándoles sus cosas los despierto yo con las mías.

Y más vale un hombre despierto que sientos dormíos.

¡Viva Andalusía!

Sevilla produse espejismo como las marismas de un río.

De Sevilla se ha dicho tó y no se ha dicho ná.

Cada uno creemos tener a la verdadera sartando en la parma de la mano, y ella se ríe de nosotros.

Es una y mil.

Espejéa burlona deslumbrando, despistando, esquivando.

Es superfisial y honda, intransendente y eterna, desgarrá y pudorosa.

Su “duende” te engaña hasiéndote pasar por oro de ley lo que sólo es viruta, y luego colma tus manos de oro purísimo hasiéndote creer que es viruta.

Espejismos.

No sólo el forastero es victima de él.

También el sevillano dudando, se pregunta a veses: “¿Qué es Sevilla?” Dos minutos más tarde, otro espejismo le hará rendirse admirativamente, sin condisiones. “Esto no pasa más que en Sevilla”.

Y er “duende” de la siudá-mujer, invisible, seguirá burlándonse con sombra hasta de su sombra, soñando aquí y allá, ahora conmoviéndote hasta el fondo de tu alma: luego, arrancándote un gesto despectivo.

Entretanto la siudá chiquita y bonita, seguirá toreando al sol, quebrándole en corto por sus calles estrechas que las casas cuidan de no apabullar con su altura. Al contrario: se agachan mimosas brindándoles por entre el florido enrrejao de sus canselas, el íntimo y fresco purmón de sus patios; ponen al arcanse de sus manos el jasmín de sus barcones y le desbordan rosas y geraneos por el pretil de sus azoteas.

Ahora se oye ar “duende” aquí, luego allí...

Que nadie intente enserrá a Sevilla entera en su pequeña jaúla particular.

Sevilla no es un grillo

Se le escapará como el pez en el agua.

Sevilla tiene “castaña”

¡Y de las pilongas!

Al arcanse de cuarquiera está er distinguí una cosa grande de otra mayor, una cantidá de otra cantidá.

Lo difisi es descubrir la calidá, lo íntimo, lo exquisito, la personalidá.

Un día acompañé a un forastero, por Sevilla.

Era un hombre fuertote, achaparrao, de andares basculantes a derecha e isquierda. Sus negras rejas siamesas, se abrían en amplio arco bajándole las puntas como er bigote de un chino. Caminaba lento. Debía tené juanetes como membrillos. Sierto tufillo a queso y chocolate completaba su carné de identidá.

(¿Qué queréis? Obliga a mucho el ser sevillano).

Cuando ya mi homenajeado se había bebío medio Sanluca y comío sus “tapas” y las mías, creí llegao er momento sipcológico que esperaba:

—¿Qué, amigo? —le pregunté—. ¿Qué le parese a usté Sevilla?

—Mire —respondió avansándose al resto de mis “tapas”—. En Santandé se “tira” mejó la servesa.

Yo no le tiré a él de la silla abajo de un guantaso, porque ya he dicho que era fuertote y achaparráo.

Pero tuvo que irse a la estasión preguntando.

¿Es que puede hasé un viaje ná menos que a Sevilla, só tío esaborío, pá sabé si la servesa la “tiran” mejó en Santandé?

Cuanto tiene que sufrí un sevillano fino con la incompresión de siertos tiparracos. Pero no crean ustedes que sólo nos pasa con er der tufillo a queso y chocolate. Este hombre, después de tó, no ha visto más mundo, hasta ahora, que er que arcansó a vé tras er pequeño espasio vital de su mostradó. Hay por ahí cá intelectuá que visita a Sevilla de tren a tren y luego largan por los puntos de su pluma cada cosa...

¿Y los que quieren que Sevilla sea como Londres?

Una vé tuve que cargá con un permaso de esto.

Era españó, pero el hombre acababa de dar un vistaso por Norte América y tó lo nuestro lo miraba por ensima del hombro y dándome cuenta de mi responsabilidá como sevillano estremé con él mis atensiones, portándome tan finamente, que hasta intenté pronunsiar correctamente las eses finales de las palabras, las jotas, las uves, las bé, las sé, las setas... Comprendo que argunas veses hasía gran consumo innesesario de eses finales y sierto lío con las demás letras, pero en esto lo que hay que agradesé es la buena voluntá y na má, ¿no le parese a ustedes? Tó er mundo no puede viajá por el extranjero.


Desde er Patio de los Naranjos, le enseñé la Girarda:

—La Girardass —me limité a desí.

Lentamente recorrió er forastero con la vista la sin par torre de encaje de morenos ladrillos. Se hallaba abierto de pierna, tieso como si se acabara de tragar un bastón.

—Chica —sentensió—.

—Les arviertos a ustedd que ahora le van a echá dos pisos másss.

—Será igual. ¡Chica! El “Empire” neoyorkino es cuatro o sinco veses más alto.

Entramos en la catedral:

—Mire ustesss pá arriba. Esta es la catedral más grandess der mundo. Loss que la hisieron trataron de produsir tal asombross que lasss generasionesss veniderass le tomaran por locosss.

—Y lo eran —contestó secamente—. ¿Pa que sirven estos inmensos espacios perdidos? ¿Cuántas plantas de ofisinas cree usté que cabrían en él?

Tampoco le gustó el alcázar:

—¡Vach! Pacotillas, efímeros adornos de yesos o toscos ladrillos de pobre barro. Todo muy pintadito como jaula de canario.

—Po aquí al láoss —le respondí sin arterá mi finura— tenemosss el Archivo de Indias que ésss tó de piédrasss.

—Eso és una mesa de billar con las cuatro patas por arto.

No había manera de contentar ar forastero extranjerisáo.

—Mire, Osé —me dijo declarándome ya francamente la guerra—. Comprendo que a ustedes les guste esto porque no conosen otra cosa. Viven aún en el siglo XVI y viven contentos. Pero país del siglo XX, Norte América. Eso és sivilisación, vida moderna, riquesas, cantidades ingente de todo, maquinismo...

Paró un momento pá tomá aliento. Yo ni pestañeé, manteniendo abierto er paragua de mi pasiensia.

—¡Oh, er maquinismo norteamericano! —exclamó mirando ar sielo con los brazos abiertos y con tal meneo armirativo de cabesa que se le cayó er sombrero—. ¡Qué adelantos más maravillosos! Mientras ustedes recorren aún estas callejas oscuras, guitarra bajo el braso para hablar a su novia tras la reja, allí mete usté una cantidá en una máquina y le sale un traje a medida; unos séntimos y le sale una servesa; un poco más y le sale el almuerso.

—Hombre —le interrumpí—; argo de eso sí tenemos.

Nos encontrábamos junto a la Torre del Oro, pansuda y bajita como odalisca en la reserva. Los muelles repletos de barcos, se extendían, por la parte de Sevilla, a lo largo del río. Allá a la derecha, er Puente de Triana, er puente con más salero pisáo, que toas las uvas der mundo. En frente de nosotros, “er barrio de las arcayatas” pá los gitanos, Triana, alineando sus casitas asules, verdes, añil, blancas, ocres, sobre el Guadalquiví pa que puedan mirarse en sus aguas. De los muelles ha vuerto a caer al río una camaronera chocando alegremente con las aguas.

—¿Ve usté? —le dije ar senizo agachándome a cogé una piedra—. Esta piedra la acabo de cogé der suelo. No vale ná. Vea tó las que hay. Po mire usté.

Y lansando er pedrusco con fuersa sobre la caseta de un carabinero terminé:

—¡Verá usté como “sale” un carabinero!

Efectivamente. De la caseta salió como un rayo un carabinero que puso al esaborío españó-extranjero como no digan carabineros con bigote, enfadáo.

¿Ven ustedes? Otro que también fue a la estasión preguntando:

Cuantos espejismos produse Sevilla y, aunque por el carril de la simpatías, cuantos prejuisios se traen a ella.

—Aquel que está sentáo junto al mostrador y el otro —me preguntó un forastero de esto— son picaores ¿verdad?

—Que está usté hablando, cristiano? —hube de aclararle—. Si ese señó es er Presidente de la Diputasión de Sevilla y er que está ar láo er de la Audiensia.

¿Gitanos, toreros, bailaores,...? ¿Cuándo se vais a enterá só... forasteros que aquí también ganamos er pan con er sudó de nuestra frente?

En cambio, ¡cuánto agradesemos al que nos comprende!

Allá van esas virutillas de mi tierra, espejismos risueños bajo el cual el “duende” de Sevilla ocurta, a veses, argún escosor humano. Desde hace treinta años, muchas de estas historietas han ido viendo la lú en las hojas-mariposas de los diarios, mariposas-hojas con sólo un día de vida. Aquí tendrán mejor cama. Me veo obligáo a recordá a tantos como casaron en er vedáo mío. No les guardo rencó. Quizás yo también arguna ves sin saber que existe a la veda haya cogío arguna que no era mía. Es igual. Disen que, en Arte, el robo seguío de asesinato se perdona. Se quiere desir que es suya. Muchas obras grandes nasieron de algo insignificante que el aire llevaba y traía sin que nadie advirtiera y sacara a lus sin mérito e importansia. ¿A cuántos han echao de un bautiso por contá con malage una cosa que en er fondo tenía grasia? En la misma Sevilla, a muchos.


Yo sólo pido que er que coja argo mío lo cuente con salero.

Muchas veses, a estas ocurrensias les susede lo que a las coplas: que er pueblo las canta sin saber de quien son ¿y qué importa? Er salero consiste en que se canten y se cuenten. Es señal de que se ha dáo en la diana del sentimiento del pueblo. ¿Pa qué más gloria?

A este libro de historieta seguirá otro y otro. Si no se alegran los senisos, esaboríos, metepatas, y quitapelusas, que se mueran de penas. Los que tengan la fortuna de saber reír, que me sigan. El hombre es el único ser sobre la tierra a quien Dios le dio el enorme privilegio de la risa. ¡Yo ar meno no he visto nunca a un burro con las manos en la barriga riendo a carcajá por mucha grasia que le haya hecho er pienso!

Andrés Martínez de León

*Extraído de  la obra, "Oselito en Rusia", (seguido de Oselito Extranjero en su Tierra), Almuzara y Fundación Martínez de León, editado en noviembre 2012.        







Portada de ABC de Sevilla, 2 de Junio de 1968, Domingo de Pentecostés





Óleo sobre lienzo, "Carretas del Rocío entrando en Triana"




Dibujo original de Andrés Martínez de León, que ilustró el poemario "Romances del Sur", 1956 de Manuel Martínez de León.







Edicions Bellaterra, "Los Amigos del Toro.El toreo: sus males y su remedio por Oselito" de Andrés Martínez de León.

Desde que Goya hizo su Tauromaquia, nadie en España ha dibujado los lances de la lidia -unas veces en serio y otras en broma- con más vigor, con mayor dominio que Martínez de León.







SE HA DICHO DE MARTINEZ DE LEON

Por su manera de enfrentarse a la idiosincrasia particular andaluza sin complejos ni exaltaciones, por su dibujo de limpio trazo, por su manera de componer en base a la contención de medios, por su agilidad en la captación de gesto y aptitudes, por su capacidad para sugerir en lo no representado, Andrés Martínez de León(Coria del Río, 1895-Madrid, 1978) fue un ilustrador muy solicitado por escritores y editoriales durante décadas donde que realizó su labor. Hoy es un creador redescubierto por la contemporaneidad artística, literaria y plástica, entre la que cuenta con fervorosos admiradores.   

Iván DE LA TORRE y Juan Ramón RODRÍGUEZ-MATEO

Merecía la pena ser torero, siquiera fuera para verse plasmado por este paisano mío, Martínez de León,  un Maestro que quedará para la historia del arte y de la pintura.  

Juan  BELMONTE

“La excelsa calidad de un artista la expresa mejor que ningún otro accidente la imposibilidad de la imitación. Andrés Martínez de León es único en su maestría. ¿Cuántos quisieron seguirle en la ingravidez de sus trazos, en la rica expresividad, de su claro oscuro, en la emoción aérea de cuanto dice y cuanto toca? Muchos. Pero todos desconocieron que tras aquel humilde, al parecer, mecanismo de sus dibujos y sus pinturas, se encerraba eso que no se logra más que por favor del Supremo Creador: la sal, la gracia, la emoción, la sana alegría y lo indefinible… esencias purísimas de su pueblo, de su Sevilla, única escuela y magisterio de este artista impar, siempre joven y sencillo, nimbado por la gloria y por las más elegantes de todas las maneras: la modestia, la sencillez la humildad, la voz baja que llega lejos, lejos… Hasta el corazón”.  

Joaquín ROMERO MURUBE 
ABC de Sevilla


Lo más difícil en la fiesta taurina, es captar el movimiento en el ruedo. Y Martínez de León con cuatro rasgos, hace vivir las figuras en ese movimiento. ¿Cabe mayor Acierto?. 

Ignacio ZULOAGA


Martínez de León, otro genio como Gallito en ese dificilísimo arte de plasmar figuras y ambiente en cosa tan manoseada y pocas veces lograda como es la fiesta de los toros.  

Gregorio CORROCHANO

A la vista de estos óleos, obligado es clasificar a Martínez de León entre los adeptos de la yuxtaposición de la mancha, según la escuela impresionista. Pero no sería justo aplicarle ese marchamo de la división del color, ya que con frecuencia, él la amplia hasta aplicar sueltas pinceladas harto espesas. Y por medio de éstas, ¡qué sensación de atmosfera!. Hay aquí por lo menos, media docena de instantáneas de muchedumbre en las gradas del coso, en que se diría que se respira el polvillo del reflejo solar, en que la masa distinta de gentes parece vibrar con movimiento propio a cada uno de ellos, y hasta con sonido.  

Margarita NELKEN
Revista HOY, Méjico, 1957


Gran lección del toreo la que nos ofrece a los aficionados y a los amantes de la buena pintura Andrés  Martínez de León. No se ha contentado con estar en los tendidos como un espectador más o como invitado a una fiesta campera. Lo que él sentía, lo que él admiraba lo supo llevar al papel y al lienzo con su gran arte para recreo de nuestro espíritu.

A.  DE LA VEGA
HOJA DEL LUNES de Sevilla

De verdadero acontecimiento, grande excepcional y único hasta nuestros días,  puede sin duda calificarse exposición de Martínez de León. Todo gran dibujante tiene que ser pintor, por la sencilla razón de que dibujar consiste solo en resolver el valor de los  colores en un solo tono y por tanto cuando resuelve el dibujante los problemas del colorido lo hace con la consistencia y fuerza requeridas en el modo de realizarlo.  
Ricardo MARIN
Diario CLARIDADES, Méjico


Con estos temas Andrés Martínez de León, que ya era gente con lápiz y pincel, se ha colocado en los cuernos de la luna con los cuadros que ha pintado para Méjico. Algo digno de su famoso nombre.  

Eduardo PALACIO VALDES
LA VANGUARDIA


Autentica pintura española la de Martínez de León, de fuerte técnica impresionista que procede de la inmensa fuente de Goya, y que recuerda a Lucas, a Alenza, al más moderno Roberto Domingo, sin confundirse con ninguno de ellos.

Máximo MUÑOZ
EXCELSIOR,  Méjico 

  
Martínez de León fue un maravilloso artista, escritor, humorista, ilustrador y pintor, que debería estudiarse a fondo y compilarse su extensísima obra. Su vida es un caso extraordinario de valentía  y supervivencia. 

Teresa LAFITA
ABC de Sevilla



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