Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

martes, 15 de noviembre de 2011

969.- BALTASAR DE ALCÁZAR



Baltasar del Alcázar 

(Sevilla, 1530 - Ronda, 1606) fue un poeta español del Siglo de Oro.

Fue el sexto hijo del jurado Luis del Alcázar y soldado en las galeras de don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz. Durante un tiempo fue prisionero de los franceses, que lo libertaron poco después. Sirvió como soldado en la guarnición del Castillo de Jaén, época que recogió en diversos poemas. Cuando ya era poeta renombrado, casó en 1565 y fue alcaide de la villa de Los Molares, cerca de Utrera, por mandato del Duque de Alcalá Fernando Enríquez de Ribera. En 1583 vuelve a Sevilla para convertirse en administrador del Conde de Gelves. Enfermo del mal de piedra y de gota, murió en Ronda en 1606 sin haber publicado sus poesías, que se conservan gracias a las copias de un solo manuscrito, hoy perdido, que confeccionó el pintor Francisco Pacheco.

Obras

La poesía del Rey Baltasar del Alcázar se distingue por su epicureísmo, y canta a los placeres materiales de la vida; en su mayor parte es de tipo festivo, jocoso, epigramático y burlón. Imita, traduce y se inspira en Marco Valerio Marcial y Horacio. Este carácter alegre y desenfadado le valió el aprecio de sus contemporáneos. Pero también cultivó la lírica amorosa y religiosa. Compuso numerosos sonetos, alguno incluso en la variante del "soneto del soneto", y es recordado por algunas obras que han pasado a todas las antologías como La cena jocosa.

Diálogo entre dos perrillos
Diálogo entre un galán y el eco
Consejos a una viuda
Epigramas:
A un giboso de delante
A una mujer escuálida
Constanza
Dios nos guarde
Doña Valentina
El estudiante
Hiere la hermosa Elvira...
Entraron en una danza...(el baile)
Job (Epigrama)
La capa
La nariz de Clara
Los ojos de Ana
Salir por pies
Preso de amores
Su modo de vivir en la vejez
Una cena
Yo acuerdo revelaros un secreto
[editar]Sonetos
A Cristo
Al amor
Cercada está mi alma de contrarios
Di, rapaz mentiroso





A un giboso de delante

Un socarrón mesonero
dijo a un giboso al revés:
- No me neguéis esta vez
que cargasteis delantero.
El gibado, a estas razones
replicó: - Es muy importante
llevar la carga delante
quien se halla entre ladrones.





A una mujer escuálida

Yace en esta losa dura
una mujer tan delgada
que en la vaina de una espada
se trajo a la sepultura.
Aquí el huésped notifique
dura punta o polvo leve,
que al pasar no se la lleve,
o al pisarla, no se pique.




Adivinanza

«¿Qué es cosa y cosa, Constanza?»
«Diréis vos, que yo no sé.»
«Desta vez cogido os he.
¿No es muy buena adivinanza?»
«Pero vos, en conclusión,
¿me la dais?» «Cosa es forzosa.
Pues digo que cosa y cosa,
Constanza, dos cosas son. »





Constanza

Dos galanes pelearon
sobre Constanza una tarde:
Mirad, así Dios nos guarde,
para donde lo guardaron.
Si nació la enemistad
de verse un poco apretados,
dos pueden caber holgados
y aún tres a necesidad.





Dios nos guarde

De la que a nadie despide
y al que la pide a las nueve
a las diez ya no le debe
nada de lo que la pide:
De la que así se comide
como  si no hubiera tarde
    Dios nos guarde
De la que no da esperanza,
porque no consiente medio
entre esperanza y remedio,
que el uno al otro no alcanza;
de quien desde su crianza
siempre aborreció dar tarde
    Dios nos guarde
De la que en tal punto está
que de todo se adolece,
y al que no la pide ofrece
lo que al que le pide da;
de quien dice al que se va
sin pedirla, que es cobarde,
    Dios nos guarde.
De la que forma querella
de quien en su tierna edad
le impidió la caridad
y los ejercicios de ella;
de la que si fue doncella
no se acuerde por ser tarde,
   Dios nos guarde






Doña Valentina

Tratando estoy de qué modo
podría escribir ahora
vuestro nombre, mi señora,
y el don en un verso todo.
Sale el efecto diverso,
porque por sílabas salen
la “señora doña Valen”,
y el “tina” sobra del verso.
Pues si entrare el verso con
mi “señora Valentina”,
no es razón ni cosa dina,
porque al nombre falta el “don”.
Y quitárselo al desgaire
por medir el verso justo,
es un donaire sin gusto,
y un peligroso donaire.





El estudiante

Cierto día un estudiante
al revisar su ropilla,
se encontró en la pantorrilla,
un enorme interrogante.
Siguió el pobrete adelante,
y al ver que en puntos hervía
su calceta, maldecía
diciendo: "¡Cuán bueno fuera
si más estambre tuviera
y menos ortografía!"





El nombre de Pedro

Este nombre, Pedro, es bueno,
por la memoria estimado
del Pontífice nombrado
sucesor del Nazareno.

Pero si queréis quitalle
la cuarta letra y dejalle,
se resuelve en un suspiro
que ninguno habrá que a tiro
de arcabuz os esperalle.





En el baile

Entraron en una danza
doña Constanza y don Juan:
cayó, danzando, el galán,
pero no doña Constanza.
De la gente cortesana
que lo vio, quedó juzgado
que don Juan era pesado;
doña Constanza, liviana





Los ojos de Elvira

Hiere la hermosa Elvira
cuantos mira,
porque sus ojos son flechas,
que al corazón van derechas,
como al blanco donde tira;

mas luego, por buen respeto
los cura y sana en efecto,
como le caigan a lance;
no hay quien el secreto alcance,
porque los cura en secreto.





La nariz de Clara

Tu nariz, hermana Clara,
ya vemos visiblemente
que parte desde la frente:
no hay quien sepa dónde para.
Más puesto que no haya quien,
por derivación se saca
que una cosa tan bellaca
no puede parar en bien





Receta para encornar

Si enviudar os conviene,
Compadre, no es tan barato
Como pensais este trato,
Porque la rapaza tiene
Mas alma que tiene un gato:
Pero dejadla vivir
Á sus anchas, y no dudo
Que presto os vereis cornudo;
¡Ay Jesus! -quise decir
Que os vereis presto viudo.





Salir por pies

Mostróme Inés, por retrato
de su belleza los pies;
yo la dije: --Eso es, Inés,
buscar cinco pies al gato.
Rióse, y como eran bellos,
y ella por extremo bella,
arremetí por cogella,
y escapóseme por ellos






Su modo de vivir en la vejez

Deseáis, señor Sarmiento,
saber en estos mis años,
sujetos a tantos daños,
cómo me porto y sustento.

Yo os lo diré en brevedad,
porque la historia es bien breve,
y el daros gusto se os debe
con toda puntualidad.

Salido el sol por oriente
de rayos acompañado,
me dan un huevo pasado
por agua, blando y caliente.

Con dos tragos del que suelo
llamar yo néctar divino,
y a quién otros llaman vino
porque nos vino del cielo.

Cuando el luminoso vaso
toca en la meridional,
distando por un igual
del Oriente y del ocaso,

me dan asada y cocida
una gruesa y gentil ave,
con tres veces del süave
licor que alarga la vida.

Después que cayendo, viene
a dar en el mar Hesperio,
desamparado el imperio
que en este horizonte tiene;

me suelen dar a comer
tostadas en vino mulso,
que el enflaquecido pulso
restituyen a su ser.

Luego me cierran la puerta,
yo me entrego al dulce sueño,
dormido soy de otro dueño;
no sé de mi nueva cierta.

Hasta que, habiendo sol nuevo
me cuentan cómo he dormido:
y así de nuevo les pido
que me den néctar y huevo.

Ser vieja la casa es esto:
veo que se va cayendo,
voile puntales poniendo
porque no caiga tan presto.

Más todo es vano artificio;
presto me dicen mis males
que han de faltar los puntales
y allanarse el edificio.




Una cena

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa
y diréte, Inés, la cosa
más brava de él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués...
Pero cenemos, Inés
si te parece primero.

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas del vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo;
y el salpicón, con su ajuelo,
¿No miras qué tufo da?

Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco, fue, Inés, este toque,
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

¿De qué taberna se traxo?
Mas ya..., de la del Castillo
diez y seis vale el cuartillo,
no tiene vino más baxo.

Por nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba,
no es menester alaballo;
sólo una falta le hallo
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin: ¿qué viene ahora?
La morcilla, ¡oh gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundia tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, sus, encójase y entre
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Echa de lo tras añejo,
porque con más gusto comas,
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia mi consejo.

Mas di, ¿no adoras y aprecias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica;
tal debe tener de especias!

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

¡Vive Dios!, que se podía
poner al lado del Rey,
puerco, Inés, á toda ley,
que hinche tripa vacía.

El corazón me revienta
de placer; no sé de ti.
¿Cómo te va? Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios:
mas oye un punto sutil:
¿no pusiste allí un candil?
¿Cómo me parecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial;
no es el aloquillo tal,
no tiene que ver con el.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color!
¡Todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo,
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala
bien puedes bogar su remo.

Haz, pues, Inés, lo que sueles,
daca de la bota llena
seis tragos; hecha es la cena,
levántese los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan, yo me duermo;
quédese para mañana.




No siento yo

No siento yo, dulcísima María,
con no veros dolor, porque deseo
y amor os representan, y así os veo
y está en vos gozando el alma mía.
En mí juego con vos con osadía
y gozo por verdad lo que no creo,
y en este libre estado que poseo
no hallo quien me turbe el alegría.
Pero buscan mis ojos su derecho
y aléganme con lágrimas y fieros
que no veros con ellos es mal hecho.
Que, pues fueron autores de quereros,
no he de usurparme yo todo el provecho,
y así, por darles parte, acuerdo veros. 




Cansado estoy de haber sin Ti vivido

Cansado estoy de haber sin Ti vivido,
que todo cansa en tan dañosa ausencia;
mas, ¿qué derecho tengo a tu clemencia,
si me falta el dolor de arrepentido?
Pero, Señor, en pecho tan rendido 
algo descubrirás de suficiencia 
que te obligue a curar como dolencia 
mi obstinación y yerro cometido.
Mi conversión es tuya y Tú la quieres;
tuya es, Señor, la traza, tuyo el medio 
de conocerme yo y de conocerte.
Aplícale a mi mal, por quien Tú eres, 
aquel eficacísimo remedio 
compuesto de tu sangre, vida y muerte. 





Mariquita de Alcocer

Mariquita de Alcocer
no tiene precio en la tierra:
así dice y no yerra
quien es deste parecer.

Quiere decir, si no es necio,
no vale cosa criada;
y a lo que no vale nada,
¿Quién querrá ponerle precio?







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