Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

1497.- HIPÓLITA DE NARVÁEZ




Hipólita de Narváez                          Antequera (Málaga)
Doña Hipólita de Narváez (15?? - 16??), con doña Cristobalina y doña Luciana, musa de la escuela antequerana.

HIPÓTESIS PARA LA IDENTIFICACIÓN
DE HIPÓLITA Y LUCIANA DE NARVÁEZ

Juan Javier Moreau Cueto
Universidad de Málaga

Las otras dos mujeres antologadas en las Flores de poetas ilustres de Espinosa, doña Hipólita y doña Luciana de Narváez, no aparecen en el registro para las fechas que se supone vivieron en Antequera. Tal es así que Alonso Cortés, en sus Noticias de una corte literaria, las hacía naturales de Valladolid u otro lugar lejos de la ciudad de la Peña de los Enamorados (tomo el dato de Molina Huete 2003: 203). Fue Rodríguez Marín quien las emparentó como hermanas (1907: 69). Fuera cual fuera el origen de Hipólita, Molina Huete indica que «su adscripción al grupo antequerano-granadino, y su contribución a definirlo, resulta indiscutible», y «sus poemas engrosan las distintas series ideológicas en las que se ven inmersos (idealismo amoroso petrarquista, cierta naturaleza moral) y afirman a un tiempo un estilo que se presenta como constante a lo largo de la obra, el manierista» (2003: 212). Según Molina Huete, también doña Hipólita y doña Luciana de Narváez fueron influidas por el espíritu de la Cátedra de Gramática. Pero, ¿por qué no aparecen en el registro? ¿O es que no se llamaban así?
Las pocas mujeres asistentes a la Cátedra de Gramática pertenecían a las clases privilegiadas de la ciudad. Y lo más probable es pensar que entre los varones de esos grupos de privilegio, con un honor tan exacerbado, ver que sus mujeres presentaran sus poemas en público no fuera del todo agradable. Firmar los textos con seudónimo quizás fuese la solución. Pero entonces, ¿por qué doña Cristobalina sí firma con su nombre? Puede que ella tuviese más libertad en ese aspecto. Su primer marido era un comerciante, no un caballero; pertenecía a un estamento intermedio entre los privilegiados y las clases populares, y compuesto por «un colectivo, de funcionarios públicos —escribanos, procuradores, etc.—, las denominadas profesiones liberales —médicos, abogados, etc.—, comerciantes, maestros artesanos y mediano-pequeño propietarios» (Parejo Barranco 1987: 204). Además, no podemos olvidar que era malagueño: llegaba de fuera.
Quizás en Hipólita y Luciana veamos la necesidad de ocultamiento frente a la presión social de su grupo privilegiado. O tal vez el propio Espinosa las envuelve en una bruma, dando de paso prestigio a los poemas con el arrimo de uno de los apellidos más importantes de la ciudad, Narváez, que, al fin y a la postre, es la rama de la que descienden todos los privilegiados de Antequera. Así se explicaría el porqué de su sola inclusión en las Flores… de Espinosa y el olvido en las antologías de Calderón y de Toledo y Godoy.
Aunque presenten dos nombres reales, no hay constancia de la autoría de los poemas para esas mujeres en concreto, no hay un autógrafo que identifique los textos con sus verdaderas autoras. Si estamos ante seudónimos, cada una de estas poetas pudiera ser cualquier mujer con el dominio suficiente de la escritura como para componer aquellos poemas. El ámbito se reduce, pues el porcentaje de iletradas en la época era muy alto: cerca de un ochenta por ciento, frente al sesenta de los hombres (Viñao Frago 1999: 39-51). Por supuesto, las que reciben educación pertenecen siempre a la élite.
Voy a exponer mi hipótesis: 1603, la fecha en que Espinosa intenta publicar en la Corte su antología, que ya estaba preparada para la imprenta, es una fecha a tener en cuenta. Coincide con el año en que don Juan Ocón y Trillo es nombrado gobernador de Costa Rica (Moreau Cueto 2009: 65). La mejor forma de establecerse en Indias era acompañando a un gobernador. En este caso, varios familiares antequeranos marcharon con el séquito del hijo de doña Catalina de Trillo a tierras centroamericanas.
Uno de estos familiares era Leonor Chacón de Narváez y Zapata. Aun cuando figura como hija de Juan Chacón de Narváez y Rojas y de Beatriz Zapata en algunos documentos, en otros se indica que era hija natural de Pedro de Narváez y Chacón, nacido en Antequera, y de Isabel Ortega de Villavicencio. En realidad, se crió en casa de don Pedro Gómez de Oñate, como dice su partida de matrimonio, que testimonia que se casó en la parroquia de San Salvador de Antequera, el día 27 de noviembre de 1585, con el alguacil mayor Juan de Alarcón (Parroquia de San Salvador, libro único de matrimonios, f.41r). Este hombre murió de un infarto al corazón durante la travesía a Costa Rica. Cuando Leonor y sus hijos llegaron a Cartago (Costa Rica), ella casó de nuevo con el capitán Francisco Pavón. Leonor Chacón de Narváez otorgó testamento el 8 de agosto de 1633. Creo que esta Leonor es la Luciana de Narváez del texto de Espinosa. Al irse de Antequera, no aparecerá más ningún texto de ella.
Por el contrario, la otra candidata permaneció en la ciudad. Rodríguez Marín, al referirse a las supuestas «hermanas» Narváez, trae a colación una serie de datos sobre el parroquial antequerano, intentando hallar el que necesita a partir de los nombres de las autoras, ya que por el apellido no encuentra nada concluyente. Uno de estos datos siempre llamó mi atención: «Dª Polonia, hija de Diego Fernández Chacón y casada con Agustín de Morales en 11 de febrero de 1601» (Rodríguez Marín 1907: 70)[6]. El nacimiento en Antequera de las hijas de esta Polonia, o Apolonia, como a veces aparece reseñado (Tomasina, Apolonia y Catalina, apellidadas Chacón y Morales), nos indica que esta mujer permaneció en su ciudad. También pertenece al clan Chacón. Pero su relación con la señora que estudiamos anteriormente, Leonor Chacón, es de simple pariente lejana. Creo que esta señora es Hipólita de Narváez.
En contra de esta hipótesis se encuentra el argumento de que, si esta señora permaneció en Antequera, podía perfectamente haber aparecido algún poema más en las dos antologías posteriores que se fraguaron (la de Calderón y la de Toledo y Godoy), como sucede con doña Cristobalina. De Hipólita son cuatro los poemas antologados por Espinosa, más incluso que los presentados de Cristobalina, que fueron dos.
A favor de la hipótesis se halla el hecho de que Polonia, o Apolonia, se casó en 1601. Quizá este matrimonio, con otro miembro del estamento privilegiado, la retirase del arte de versificar; mejor dicho, la apartase de la publicación de esos versos, faceta que quedaría para la intimidad del hogar:

por ostentar su erudición, se hacía blanco de censuras, diatribas, mofas y sátiras. La razón principal de esta represalia masculina […] era que la mujer al hacer públicos sus escritos implícitamente buscaba la fama y la fama era el privilegio y la condición del hombre; la mujer que buscaba la fama pregonaba su deshonra y desvergüenza. Por el mero hecho de hacer públicos sus escritos, la mujer se hacía una mujer pública, y, por consiguiente, se exponía a toda inventiva que este tipo de mujer recibía (Olivares y Boyce 1993: 6-7).




SONETOS

I

Engañó el navegante a la sirena,
el dulce canto en blanda cera roto;
y ayudado del santo, su devoto,
el cautivo huyó de la cadena.

De la serpiente que en la selva suena,
la virgen se libró con alboroto,
y de las ondas se escapó el piloto
haciendo remo el brazo, nao la entena.

Yo, fuerte, presa tímida, constante,
venzo sirenas, sierpes, ondas, hierro,
y sola muero a manos de mi daño.

Virgen, piloto, esclavo, navegante,
ven, libres, que no importa a mi destierro
voto, temor, necesidad, engaño.



II

Fuése mi sol y vino la tormenta,
que yo no espero de su ausencia menos,
y el cielo turquesado sus serenos
ojos cubrió, obligado de la afrenta.

Un acento tristísimo revienta
entre los vientos de tinieblas llenos;
tiemblan las nubes con los roncos truenos,
arden los campos, el temor se aumenta.

Salió mi sol y de dorados jaspes
vistió su oriente, y de esmeraldas finas
los altos montes y las llanas tierras;

bordó las vagas nubes de giraspes,
sudaron rubias mieles las encinas
y blanca leche las azules tierras.



III

Leandro rompe, con gallardo intento,
el mar confuso, que soberbio brama;
y el cielo, entre relámpagos, derrama
espesa lluvia con furor violento.

Sopla con fuerza el animoso viento,
triste de aquel que es desdichado y ama,
al fin al agua ríndese la llama,
y a la inclemente furia el sufrimiento.

Mas, ¡oh felice amante!, pues al puerto
llegaste deseado de ti tanto,
aunque con cuerpo muerto y gloria incierta.

Y desdichada yo, quien mar incierto,
muriendo entre las aguas de mi llanto,
aún no espero tal bien después de muerta.





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