Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

lunes, 14 de noviembre de 2011

951.- CARLOS JIMÉNEZ



CARLOS JIMÉNEZ
(Jerez de la Frontera, Cádiz 1963). Profesor universitario, ejerce en Estados Unidos, donde obtuvo el doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Pensilvania. Tras editar algunas plaquettes o cuadernos de circulación muy restringida como Fragua y plomo (Sexta, 1979) o Jinete de amor (poesía andaluza). Homenaje a Federico García Lorca (Edición del autor, 1980), se da a conocer junto a otros poetas gaditanos en la colección "La poesía más joven" (Área de Cultura del Ayuntamiento de Jerez, 1988), si bien antes ya había aparecido antologado en Seis nuevos poetas gaditanos (Fundación Municipal de Cultura, Cátedra "Adolfo de Castro", 1987). Conoce un gran éxito crítico con su primer libro, Aventura (Renacimiento, 1993). Autor que se prodiga poco, su segundo poemario tarda en ver la luz, Álbum (Diputación de Cádiz, 2002). Algunos de sus poemas han sido recogidos en la antología La plata fundida (Quorum, 1997). Ha colaborado en revistas como "Fin de Siglo" o "Hispanic Review".






A un árbol, en Roma

Este árbol que una tarde cumplió los dos mil años
ignora como el tiempo a quien acariciara
su tronco, que empezaba a dar los verdes tallos,
o a quien descanso hallase fugaz bajo sus hojas.
Qué importa si fue césar o papa —dos mortales—,
o eran dos muchachos o dos enamoradas
sin nombre, o Alarico u otro criminal.
En la sola penumbra de su sabiduría
nada siente ni entiende, piensa o sueña
con las ramas desnudas de marzo junto al Tíber,
dando la sombra en junio a los que pasan lentos.











Carpe diem

(J.M.)

Taciturno y celoso te ponías si una flor
evocaba, o amores de un pinar y suspiros.
En tu temor había un pozo muy sombrío
—vano saber—: que al mar amargo va este río.

Si al menos nos quitaran treinta años,
ganaríamos ventaja en la guerra perdida
que hacemos contra el tiempo, por una temporada:
clava mejor la lanza la juventud florida.

Goza, goza la tarde, el beso, la azucena,
y no oigas la mar, que allí no están lo vivos,
ni tú ni yo en las noches que nadamos en ella.

Goza, goza este corro de las horas serenas,
pues por niñas bonitas no pagan al barquero
del Leteo, que aguarda con niebla en la ribera.










No este lilio que cojo

Muerte, de mí te llevarás bien poco.
El dorado reflejo del sol entre los pinos,
el deseo natural de amar, una sonrisa,
un paseo a la orilla del mar junto a una mano,
lo bello que adoré y le di a la vida,
yo te lo fui quitando, tarde a tarde, en mis versos.
Está en las escrituras hasta el fin de las eras,
ámenlo o lo ignoren los efímeros tiempos.

Poco te pertenece de mí: lo que tenías
antes de ser creado a la aurora del mundo:
una eternidad vana, no este lilio que cojo
yo, —no tú—, y, dulce y sabio, consagro a la belleza.










De poesía

Es como en el amor: se va cuando se piensa.
La poesía es belleza interior.

Y la experiencia
Narciso no la tuvo. Eco no la quisiera.
No le importa a la rosa, ni al aroma que deja.
Y los enamorados se van lejos de ella.
Pues ignora su mundo, la desdeña el poeta.

Sólo quiero estar solo —solo sin mí: sin ella—
pues sé que no soy yo cuando miro las cosas
falsas que me rodean. Que ni siquiera soy
yo, sino circunstancias vanas las que recuerdo.
Soy yo sin todo eso: el que las hermosuras
no han borrado. El que aspira una rosa. El que da un beso.








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