Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

viernes, 25 de abril de 2014

1.956.- JOSÉ MORENO CASTELLÓ



JOSÉ MORENO CASTELLÓ


(Nacido en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz el 9 de febrero de 1841 - Murió en Jaén en el año 1901)

ESTAMPAS CON HISTORIA 

Un poeta-cazador en Los Villares

El pueblo de Los Villares siempre tuvo para las gentes de la capital especial atractivo en razón a las condiciones naturales de su término y la belleza de su paisaje. Por eso han sido muchos los giennenses ilustres que llegaron a ser vecinos temporales del pueblo, del que luego dejaron elogiosas impresiones en sus obras. Uno de estos personajes fue el poeta y catedrático D. José Moreno Castelló que pasó largas temporadas en una casería de su propiedad y que por su afición a la caza recorrió, una y otra vez, todo el término municipal recogiendo una serie de vivencias que más tarde afloran con calor en su obra, en la que reiteradamente cita el nombre de Los Villares con emocionada nostalgia. José Moreno Castelló había nacido en Sanlúcar de Barrameda el 9 de febrero de 1841, pero a causa de un destino de su padre vino a Jaén con seis años y aquí residió durante toda su vida, salvo un año que pasó en Hinojares, donde su padre ejerció como secretario del Ayuntamiento. Tras sus estudios de bachillerato en el Instituto Provincial, marchó a Madrid, estudiando en la Universidad Central la carrera de Filosofía y Letras, de la que se licenció y doctoró en la Universidad de Granada. Luego fue profesor de Psicología en el Instituto de Jaén, donde ganó la cátedra de Lógica y Filosofía Moral. El 3 de septiembre de 1868 casó con Da Ma del Dulcenombre García Anguita, de familia acomodada y distinguida en la sociedad giennense. Alcanzó una desahogada posición, lo que le permitió atender a sus muchas inquietudes. Colaboró asiduamente en la prensa de Jaén, Cádiz, Granada, Madrid, Oviedo, Salamanca y Sevilla, firmando en ocasiones con el seudónimo de “El Aprendiz”. En 1879 publicó sus “Tratados de Psicología” y en 1885 unos “Principios de Lógica” y “Principios de Ética”. Tuvo varios intentos como autor teatral y fue muy prolífica su obra poética, publicando varios poemarios: “Pensamiento y Armonías” (1885), “Bromas Ligeras” (1885), “Versos y lágrimas” (1894), “Mis Dolorosas” (1895), “Hojas de Sauce” (1896) y “Flores de Otoño” (1900). En Jaén ocupó numerosos cargos públicos: fue concejal, miembro destacado de la Comisión de Monumentos y fundador en1874 del Ateneo. Formó parte de la Academia Dantesca de Nápoles; de la Academia Sevillana de Buenas Letras; de la Sociedad Cervantina Española y de la Academia de Ciencias y Letras de Cádiz. Falleció en Jaén el 12 de noviembre de 1901. La muerte de su esposa en 25 de agosto de 1893, le sumió en melancolía depresión. Al no tener hijos, la tristeza y la soledad le ganaban con frecuencia. Para distraerse pasaba temporadas en una casería de Los Villares, lo que le permitía dedicarse a unade sus grandes pasiones: la caza. Y con el mismo objetivo escribió dos libros encantadores, que hoy son auténticas joyas en la literatura cinegética española. Se titulan “MiI CUARTO A ESPADAS SOBRE ASUNTOS DE CAZA”, publicado en 1898 y “EL CAMPO Y LA CAZA”, editado en 1900. En ambos libros Moreno Castelló recoge muchos recuerdos de sus estancias en Los Villares y sus partidas de caza por los alrededores, recuerdos que entremezcla con evocadores elogios al paisaje y a la laboriosidad de sus gentes. En el primero de ellos narra las hazañas de un villariego llamado Justo, hombre que gozó de gran fama como “escopeta negra”, o montero asalariado en las expediciones de montería que se organizaban por la buena sociedad de Arjona y Andújar, en las que acompañó en ocasiones como “secretario” al insigne montero y eminente militar general D. Pedro Morales Prieto. Otro capítulo de sabrosa lectura es el que dedica a narrar sus andanzas por los escabrosos parajes próximos al Puerto de la Olla, donde cazó un tejón y dos zorras y de sumo interés son las páginas que dedica a narrar la arriesgada caza del lobo, común entonces en Los Villares, con la que algunos esforzados “alimañeros” conseguían unos reales para reforzar la depauperada economía familiar. Del libro “El campo y la caza” hemos de destacar el capítulo VIII, en que tras hacer unas emotivas y atinadas consideraciones sobre el ambiente rural de Los Villares, escribe un castizo “Elogio del Gazpacho” donde cuenta con detalle y minuciosidad como preparaba el suculento y delicioso gazpacho cuando la fatiga y la fuerza del sol veraniego le obligaban a interrumpir sus partidas de caza y con que deleitosa fruición lo consumía, mientras recreaba la visa y el espíritu en la contemplación del paisaje villariego del que se manifiesta como encendido cantor. No es del caso reproducir aquí las páginas que D. José Moreno Castelló dedicó al pueblo, pero como muestra y ejemplo tomamos un fragmento del capítulo VI del libro “Mi cuarto a espadas sobre asuntos de caza” que sobra y basta para que formemos un juicio aproximado. Dice así: “... Permítame, lector bondadoso, que una vez más te hable de la pintoresca Villa, cuyo nombre te he dado a conocer en el transcurso de estas mis insulsas narraciones. Llámase “Los Villares”, y asentada como en el fondo de una inmensa caldera, aparece rodeada de gigantes eminencias, siendo la principal de ellas el cerro nombrado La Pandera, que al ser de la Villa, se alza majestuoso, sirviendo de asiento a las nubes apiñadas, que en los meses de invierno ruedan por su falda o descansan coronando su alta cima, blanqueada de ordinario por la nieve. A su pie nace el río, que con bastante razón lleva el sobrenombre de frío. Allí se alumbran las finas, transparentes y fresquísimas aguas, que antes de llegar al pueblo, alimentan tres o cuatro molinos, y siendo escaso su caudal, lleva rumor muy grande al correr por un cauce estrecho, pendiente y en muchos puntos sembrado de peñascos. Allí en las estribaciones que se inclinan al oeste, hay sitios para mí de gratísimos, imborrables recuerdos. Allí se hallan “Los Espinares”, “La Mimbre”, “El Peralejo” y “El Aprisco”, terrenos de labor salpicados con algunas manchas de monte, que yo he recorrido muchas veces durante los meses de calor; en busca de las codornices, que en tiempos de mayor fortuna, en gran número acudían y veraneaban en aquellos frescos lugares. ¡Oh delicioso gazpacho comido y bebido al mediar el día, cabe la fuentecilla del Aprisco, del Peralejo o de la Mimbre! Perdóname, lector bondadoso, que yo me eclipse y pierda en esta evocación mis recuerdos. Habrás de saber, que la villa de mi historia, tiene hijos para todo lo que se ofrezca en el mundo. Allí vive un hombre que es entendido en la poda de árboles, y cuando le han llevado alguna vez para que ejerciera su oficio a una extensa alameda de altísimos chopos, ha tenido lahabilidosa costumbre de subir a lo alto del que halló más a mano, y no ha vuelto a tocar al suelo hasta que descendió por el tronco del último. Se ha dado el caso de mediar dos o tres varas entre uno y otro árbol, y entonces, subió mi hombre a los más alto del flexible tronco, se ha balanceado airosamente a doce o quince metros de elevación, y desprendiéndose a tiempo del uno, quedó abrazado al otro, con la envidiable agilidad de un mono. Allí habita un despierto campesino, que suele recorrer algunos cortijos del término, preguntando por garbanzos cuando necesita y quiere comprar lechones, por ejemplo, o pregunta por trigo si va en busca de habas. ¿No entiendes, hábil lector, en que consiste el rasgo de sutilísimo ingenio? Pues ya le ofrecerán lo que él solicita sin decirlo, y cuando llegue la oferta despreciará el género y logrará comprarlo con una grande rebaja y haciéndose de rogar. Allí ha muchos y buenos cazadores, de piernas de acero, ojo de lince y pulmones de cuerpo entero, que andan, corren y saltan por donde solo las cabras lo hacen a diario. Y allí, finalmente, vivía hace veinte o más años un hombre rústico, cuya especialidad consistía en la caza de lobeznos. Yo recuerdo aquel tiempo en que los ayuntamientos tenían capítulo en sus presupuestos para pagar la extinción de animales dañinos. Yo recuerdo haber visto, llevadas por unos hombres, camadas de lobeznos, y aquellos hombres iban recorriendo las casas de campo y visitando a los ganaderos, de los cuales recibían la dádiva de algún dinero. Después remataban la peregrinación en el ayuntamiento del pueblo, y si no me es infiel la memoria, recibían diez reales por cada animal, y allí una vez pagado éste, le era cortada una oreja, para que no pudiera ser presentado de nuevo ... El texto recogido es buena muestra del resto de la obra y manifiesta el afecto que el poeta Moreno Castelló sintió por Los Villares y el atractivo que para él tuvo este paisaje que sirvió de cobijo a muchos de sus momentos de ocio y descanso y de telón de fondo a los que son sin duda sus dos libros más bellos.

Manuel López Pérez
Cronista Oficial de Los Villares



A SANTA TERESA DE JESÚS

Dios iluminó su mente
haciendo inmortal su nombre;
Dios, dando enseñanza al hombre
que ama, que piensa y que siente;
Dios, inagotable fuente
de donde el bien se origina;
El dio la luz peregrina
que a la Doctora alumbraba
cuando, sintiendo, pensaba
en la grandeza divina.






LA PLUMA INGRÁVIDA 

(Noticia de José Moreno Castelló en el CL aniversario de su nacimiento)

Por Manuel Urbano Pérez Ortega
Consejero del Instituto de Estudios Giennenses




En 1881 publica en Jaén —-lmpta. de los señores de Rubio: Receta para nervios, juguete cómico en verso y en un acto con dieciocho escenas, en el que se prescribe para «curar los nervios», tan en paralelo con «las exigencias naturales» de las señoras, una buena dosis de jarabe de estaca. 
El doctor Pérez Justicia ha querido ver entre los protagonistas de esta piececita al propio autor en Plácido y, a su señora, en Juana. Aunque no la comparto, puesto que, por ejemplo, la práctica totalidad de sus libros se los dedica Castelló a su idolatrada esposa, no me parece tal opinión excesivamente descabellada, ya que en la obra se ofrecen los melindres y melodramas de una mimada dama que, al aparentar largas y enojosas enfermedades del sistema nervioso, obtiene cuanto desea del subyugado esposo. Es posible que nuestro poeta, quien casara con mujer ya enferma y de la que no obtuvo descendencia, como tantos hombres de la época achacaría a causas de la histeria los padecimientos de su esposa, que no eran más que un proceso reumático y el que, tras dañarle el corazón, le ocasionaría la muerte. La enfermedad, diagnóstico y tratamiento eran, según la jocosa pieza, los siguientes: 


«Ella siempre tan enferma. 
Cuando no la mano el pie,
cuando no el pie, la cabeza. 
Los nervios, como ella dice, 
ni un sólo instante la dejan
y en medio de todo, come, 
duerme bien y se pasea 
y se compone y se mira,
se haya siempre dispuesta 
para salir. Y es que hay males,
que el diablo que los entienda. 
¿Y qué hacer? No hallo remedio, 
sus nervios me desesperan 
y van también a arruinarme
por evitar otra escena. 

...............................

Pues si no es más, tú procura 
que en otro mal no se meta; 
yo te daré une receta 
y de fijo que se cura; 
cuando de quicio te saque 
que no será cose rara, 
le mides con una vara
y se le quita el ataque.





AURAS DE ABRIL (Fragmento)

Batiendo entre flores
sus trémulas alas, 
preciados aromas
recojen las auras. 
De abril son aliento 
que el valle embalsama, 
que inspira a las aves,
que riza las aguas, 
que lleva murmullos,
que miente esperanzas, 
que llega hasta el monte, 
que torna y que pasa. 
Turbado el silencio 
de noche callada, 
imita el suspiro 
el pecho que ama.







Una idea feliz

Viene ocurriendo en España 
desde el más remoto tiempo, 
la desgracia lamentable 
—así se ha llamado al menos— 
de que los hombres de nota, 
los más fecundos ingenios, 
los que honra dan á la patria
y a su nombre brillo eterno,
viven siempre en la miseria, 
lo cual es vivir muriendo,
sin que los atienda nadie 
por la falta de dinero; 
y así que ya se ha olvidado 
la memoria de su cuerpo, 
se aplauden mucho sus obras, 
se encomia y se busca al muerto, 
se piden antecedentes, 
se registran mamotretos, 
se ve la fe de bautismo,
se le llama honrado y bueno,
se averigua por mil modos
si era rubio o pelinegro, 
si de estatura elevada 
o regordete y pequeño;
y a cada dato que se encuentran 
los que tras la pista fueron
vienen y van y se escribe 
y se divulga el secreto,
y a todos batimos palmas
y se desborda el contento. 

..............................

Pues bien; pensando al acaso
en lo que estaba diciendo,
se me ha ocurrido la idea,
que aún inquieta mi cerebro, 
de si por ser yo fecundo
en hacer muy malos versos, 
la patria pensará un día 
en sacar mi nombre a cuento; 
y como por otra parte 
diploma de pobre tengo, 
y este es un buen requisito
para alcanzar lo que anhelo,
pienso á la vez retratarme
siendo imparcial por supuesto, 
y evitar así molestias
a los hombres venideros. 

Hasta entonces se despide
este vate en esqueleto, 
vuestro servidor y amigo
que os saluda con respeto.











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