
ALFREDO JURADO REYES
Nace en Espejo (Córdoba) en 1950, desde temprana edad reside en Córdoba. Realiza estudios de Ciencias de la Educación, obteniendo doble diplomatura en Lengua Española y en Filología Francesa. Posteriormente realiza estudios de Filología Hispánica. También lleva a cabo cursos de postgrado, relativos a la técnica de óleo y acuarela, llegando a participar desde este campo en exposiciones pictóricas tanto a nivel colectivo como individual. Es experto en restauración y en interiorismo.
Fundador del grupo Astro de poetas, creador de la Revista Literaria del mismo grupo, y coordinador de las publicaciones que desde esta editorial se han llegado a realizar. Es coautor del libro Didáctica y Metodología de la Poesía en Enseñanza Secundaria, coordinador de la antología Tres docente, tres poetas (Ed. Junta de Andalucía). Participante en revistas literarias, en numerosas antologías y encuentros. Colaborador y ponente del Centro de Profesores de Córdoba. Fue seleccionado para las Noches Poéticas de la Sevilla Universal e incluido en sus carpetas. Es miembro fundador del Ateneo de Córdoba. Desde 1976 ejerce la docencia y es director del C. P. Abderramán.
Publicaciones
Código de la Niebla (col. Astrolabio)
Mar de Liturgias (ed. Astro).
Églogas para una década (col. Al-zahra).
Intermezzo (col. Polifemo. Diputación de Córdoba).
Carpe Diem (col. Ibn Zaidum).
Mester de Amante (col. Almadraba. Imprenta Sur, Málaga).
Los sueños de Morfeo (col. cuadernos de Ulía).
Memorial de los días (col. Euterpe, Madrid).
A bordo de la noche (Ayuntamiento de Córdoba).
Sin la luz del regreso (Carpetas de Astro).
Zendamor (col. Ataurique).
Los legados del tiempo (Compuesto por la trilogía Perfil del Tiempo, Presencia del Otoño y Camino de Pascua)
DONDE EL SILENCIO ACECHA
Una fuerza telúrica me lleva hasta el lugar
que hoy está tupido por la grama;
deambulo largamente, como lo hiciera un alma
sigilosa y descalza.
En la espalda percibo la celada del aire,
sonará entre las cañas cencidas por la sed.
En la orilla aletea el ave de la tarde,
domeña con sus alas de rapaz moribunda,
el resplandor cobrizo que nos marca el poniente.
Entonces no es posible, para el alma,
sino la paz inmensa que se extiende a lo ancho;
se borrará despacio la silueta
de todo lo lejano.
Es muy triste la muerte del camino
cuando vela en su fondo
aquel espacio íntimo que habita en la memoria.
Y fuimos expulsados de nuestro paraíso,
sin miramiento alguno desterrados,
desprovistos de alas
desde la inmensa esfera de cristal
que nos daba cobijo.
No pudo haber lugar para el perdón
aunque así lo pedimos,
y rodados caímos por la fatal pendiente.
Muy largo se hizo el tiempo
pues transcurrió con ello una noche muy larga.
Nadie pudo evitar nuestra caída,
ni siquiera las tramas de las pámpanas
que extendían sus tallos a lo largo,
ni siquiera un repecho cubierto de hojas secas,
no de una mano amiga.
En la distancia vimos alejada
la más inmensa hipérbole
del celeste cristal, en que habitamos;
y entonces nos sentimos profundamente solos.

Código de la Niebla (col. Astrolabio)
CHISTAR DE LA CORNEJA
Al caer de la tarde, bajaban las palomas
para beber el néctar de las uvas;
pero entonces nosotros, agitando los brazos,
hicimos que volvieran a sus piquetas altas.
Trepamos por el tronco rugoso de la parra,
para poder llenar el capazo de mimbres;
cortamos los racimos más maduros,
y fuimos a guardarlos en la vieja fresquera.
Sacábamos las sillas debajo de la pérgola;
aún era temprano, porque el sol de la tarde
no había vencido la cresta de los pinos.
Sonaban las cigarras, su horrísona pavana.
Dormitaba el mastín, al lado de la acequia,
la tarde estaba tórrida, y así lo anunciaban
los vencejos que trenzan la luz sobre la alberca;
la abuela preparaba torta del pan de higos.
Entonces nos llegaba el chistar enigmático
que hacía la corneja, dentro de su escondrijo;
habitaba en la entraña del desván más obscuro,
donde instalara el trono de su reino nocturno.
DIEZ
EPÍLOGO
Es la vida aquel río con múltiples meandros,
liturgia sacratísima que embriaga la consciencia,
es árbol a la orilla de un estanque
la nieve que declina lentamente la cumbre.
Es beso de la madre en el recuerdo,
la honda cicatriz que te deja su ausencia,
el último presagio de sentir como creces,
aquel primer amor que te descubre.
Consumar el durazno de tu íntimo ser,
querer ser gavilán que alcanza las alturas,
sapo para los labios de una hermosa princesa,
servil enamorado del amor que idealizas.
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