Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

viernes, 9 de diciembre de 2011

MARÍA GERTRUDIS HORE [1.077]


María Gertrudis Hore y Ley 

(Cádiz, 5 de diciembre de 1742 - ibídem, 9 de agosto de 1801), poeta española.
Nació en la cosmopolita y libertina Cádiz, donde se hallaban establecidos sus padres Miguel Hore y María Ley, ambos irlandeses ricos dedicados al comercio. Pronto quedó huérfana de padre y su madre se volvió a casar; continuamente a lo largo de su vida discutirá con su madre por motivo de heredades. Era tan bella, que sus conciudadanos, los gaditanos de la segunda mitad del siglo XVIII, la designaban con el apodo de "Hija del Sol". Fue visitante asidua de las tertulias de Madrid y Cádiz, según Cambiaso y Verdes en sus Memorias. Es verdad que visitó Madrid en varias ocasiones a lo largo de la década de los setenta y que frecuentó la tertulia gaditana del científico Jorge Juan. Se hallan sus poemas en el Correo de Madrid y Semanario de Cartagena (1787); luego, 1795 y 1796, en el Diario de Madrid. Entre los títulos más relevantes de su obra se cuentan Aviso a una joven que va a salir al mundo, Deprecación... a su Purísima Madre María Santísima y Traducción del Hymno Stabat Mater.

El 15 de agosto de 1762 contrajo matrimonio en Cádiz con Esteban Fleming, del Puerto de Santa María, y tuvo un hijo del que poco se sabe. Según Cecilia Böhl de Faber en "La hija del Sol", al poco de casada, y durante un viaje de su marido a La Habana, María Gertrudis tuvo amores con un brigadier de guardias marinas, el cual la visitaba valiéndose de la complicidad de una sirvienta negra. Una noche, y ya en el jardín de su casa en San Fernando, el brigadier fue apuñalado por dos desconocidos; la dama y la sirvienta sacan el cadáver de la casa y limpian la sangre. Pero, al día siguiente, María Gertrudis ve a su amante desfilar al frente de sus marinos; cree volverse loca, y por loca la tienen las gentes a quienes clama el horrendo suceso de la víspera. Entonces la "Hija del Sol" apela a la misericordia divina: escribe a su marido, confesando su culpa y suplicándole le permita retirarse a un convento. Por este motivo u otro desconocido, lo cierto es que el 1 de junio de 1778 Esteban Fleming otorgó licencia para que su esposa tomara el hábito de religiosa Concepcionista Calzada en Cádiz.

En enero de 1779, el obispo de Cádiz decreta que se coteje la letra de aquella licencia, por hallarse ausente el firmante, en América. Cumplióse el trámite, siguió la autorización episcopal, y el 11 de febrero de ese año se celebraba en el convento de Santa María de Cádiz la exploración previa; el 13 del mismo, un año más tarde, se procedía la exploración para la profesión, que se realizó el día siguiente. En el convento, María Gertrudis siguió cultivando la poesía, a la que se había mostrado muy aficionada en el mundo, y varias de sus composiciones aparecieron en el Diario de Madrid firmadas con las iniciales de su brillante apodo: H. D. S. María Gertrudis Hore Ley. Falleció en el convento de Santa María de Cádiz el 9 de agosto de 1801.


Obras

Una poetisa en busca de libertad María Gertrudis Hore y Ley (1742-1801). (Miscelánea y taraceas de versos, prosas y traducciones), introducción de Françoise Etienvre; Cádiz: Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz, 2007.

Bibliografía

Fréderique Morand, Doña María Gertrudis Hore (1742-1801), vivencia de una poetisa gaditana entre el siglo y la clausura. Alcalá de Henares: Ayuntamiento, 2004 .
Manuel Serrano y Sanz, Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833. Madrid: Atlas, 1975.




“Esta es Filena míal a ignorante ambición de nuestro sexo; a esta ruina impíala incauta joven vuelac uando al mundo se entrega con exceso.

Huye de aquel embeleso con que al alma la abisma, y cuando en él vieresevita sus placeres:

sé custodia severa de ti misma, que si te encuentra fuerte, perderá la esperanza”.




“Si la mano no ociosa a la labor aplica, lo útil no elige, sí lo delicado; y tal vez oficiosa su trabajo dedica para intérprete fiel de su cuidado.”


ENDECHAS REALES.

Sabia afrenta del Hombre,
Docto honor de tu Sexo,
Corona de tu Patria,
Y prodigio feliz de nuestro tiempo.

Nuevo oprobio de Athenas,
En cuyos años tiernos,
Se cuentan por minutos,
Los que son siglos, en un saber inmenso.

Bello olvido de Sapho,
Pues con mayor talento,
Que ella enseñó Poesía,
Ciencias más altas, disputar te vieron.

De la fingida Diosa,
Que Athenas le dio Templo;
Justísimo castigo
Cuando le usurpas el antiguo obsequio.

Quien la invocará ahora,
Luz del Entendimiento,
Si en ti deidad más viva,
Nuestra felicidad ha descubierto.

Quien le dará a sus Aras,
Votivos rendimientos;
Al mirarla excedida
De más discreto soberano objeto.

Quien a los Siete Sabios,
Admirará portentos,
Cuando en tus pocos años
Ve adelantados sus antiguos tiempos.

Quien habrá que no sea,
Con voluntario obsequio,
Sacrificio gustoso,
De tan glorioso peregrino objeto.

Yo por ti reconozco,
Espíritu tan nuevo,
Que hasta ahora me negaron,
Las nueve Hermanas, y el luciente Febo.

Siendo Mujer que nunca,
A pesar de mi anhelo,
Para estudios tan dignos,
Ni permiso logré, ni tuve tiempo.

De tu fama admirada,
Llevada de mi afecto,
No pudiendo imitarte,
A celebrarte, solamente atiendo.

Bien que es pequeña pluma,
Para tan arduo empeño,
Pues es hoy tu alabanza,
Asunto de un Virgilio, o de un Homero.

Y más cuando ya tantos,
Cuantos del monte excelso,
Han pisado la cumbre,
Te han tributado con dichoso afecto.

Con todo confiada,
Que admitirás espero,
Este papel, por parto,
De fino amor, que no de entendimiento.

Y sigue felizmente,
Para glorioso ejemplo,
Que despierte en algunas,
Triste pesar, del mal gastado tiempo.

Sigue en la confianza,
Que a tu estudioso esmero,
Aun la mordaz envidia,
Laureles teje, al escupir veneno.

Sigue alegre, y segura,
Pues con dichoso acierto,
No caerá en distracciones,
Quien tan bien sabe aprovechar el tiempo.

Vive Deidad exenta,
De los comunes riesgos,
Que son de la ignorancia,
O de la vil ociosidad efectos.

Y del amor te guarda,
Pues su tirano imperio,
En voluntad convierte,
Feliz memoria, agudo entendimiento.

Y perdona a lo fino
De un verdadero afecto,
El tiempo que te ocupa
En la inútil lectura de sus yerros.

Soy la que nunca sabrás;
Tú ya muy de corazón;
Fina en cualquiera ocasión;
Amiga y fiel me hallarás.





ROMANCE HEROICO.

¿Dónde, Minerva, las Lechuzas tristes,
Te conducen con Vuelo acelerado?
Pues aun la superficie de las nubes,
Apenas huella tu ligero carro.

¿Qué nuevo asunto es el que así te aparta,
Del patrio Cielo, del Olimpo Sacro?
¿Dejas acaso la Sagrada Esfera,
Por dar a algún ingenio digno lauro?

Si a tan plausible justo fin caminas,
¿Dónde las señas llevas de aquel árbol,8
Producción tuya, con la que venciste
De Neptuno el orgullo temerario?

Al que te mereció Numen propicio,
¿Dónde Laurel le llevas preparado?
¿A dónde el premio está, que le destinas,
Al Alumno feliz que vas buscando?

Mas ¡ay!, como se engaña mi discurso,
¡Pues no admiro, no advierto, no reparo,
Cuán malas señas son, de triunfo alegre
Aquel semblante, rígido, y airado!

La precipitación de tu camino,
Ese cabello suelto, y destrenzado,
Más que señales de festivo gozo,
De desesperación parecen rasgos.

El despejo total de las insignias,
Que ostentabas en Solio Soberano,
Más que victorias tuyas, acreditan
De tu Deidad el vencimiento infausto.

¡Mas que me admiro, cuando reconozco
Peregrino Sujeto celebrado,
A quien guiados del conocimiento
con más justa razón sacrificarnos!

Si ésta de CÁDIZ Ninfa Soberana,
Tutelar Numen, a quien todos damos
Rendidas oblaciones, es la causa
Mal seguirás, en ostentar lo airado.

Si ya por superior la reconoces,
¿Qué te sirve ese orgullo temerario?
Pues más que compitiendo sus victorias,
Conseguirás su protección logrando.

Y tú, sobervio honor de nuestra Patria,
Disfruta alegre, de tan digno aplauso,
Apenas los espera de tu mano.

Y permite a mi afecto que repita
Aquel aviso; pues gustosa hallo,
Que licencia me da para este asunto,
Ser de tu Sexo, y el tener más años.

Guárdate, como digo de Cupido,
Pues su alevoso, su engañoso trato,
Enemigo mortal de los ingenios,
Acaba en ocio, si empezó descanso.

Repara en Sapho, y en Medea, y Circe,
Estudios, y sosiego abandonados,
Y un Phaon, un Jason, con un Ulises,
Primeros instrumentos de su daño.

Y perdona este aviso, pues ya veo,
Que advertirte de nada, será agravio,
Cuando en tu mismo entendimiento tienes,
Preservativo de mayores daños.

Tuya de ti me despido;
Soy, la que has sabido ya;
Y nfinito lo he sentido;
Seré quien lo negará,
Siempre que llegue a mi oído.





CANCIÓN.

¡Oh, qué desventurada
Pasa su infeliz vida,
La que sus días sacrifica al mundo!
De su brillo encantada,
En su engaño embebida,
El letargo la ocupa más profundo.
Él en tramas fecundo
Dispone sus prisiones,
Cubriendo con dulzuras
Sus viles amarguras,
Cebando los incautos corazones:
Y cuando el mal advierte,
Ya se halla el alma en brazos de la muerte.
Ves la joven doncella,
Que apenas ha salido
De una niñez, tal vez mal dirigida,
Cuando se admira ella,
Dulce harpón de Cupido,
Y pensando prender, ¿queda prendida?
Mírala distraída,
Vagando el pensamiento,
Ya en el adorno bello
Del traje y del cabello,
Ya en darle al cuerpo airoso movimiento,
Porque entre sus iguales
No encuentre, no, su mérito rivales.
Si la mano no ociosa
A la labor aplica,
Lo útil no elige, sí lo delicado:
Y tal vez oficiosa
Su trabajo dedica
Para intérprete fiel de su cuidado.
Si acaso ha cultivado
Algo su entendimiento,
Se ve que siempre ha sido,
No por verle instruido,
Sino por adquirir algún talento,
Que a su amado apreciable
Más la haga cada día, y más amable.
O bien la pasión ciega,
O el interés malvado,
Deciden su elección, fijan su suerte.
De la una el fin se llega,
El otro es disipado,
Y el propio bien en daño se convierte.
Sus pesares divierte,
Si en su ilusión acaso
Conoce los pesares,
Pues de estos a millares
Los desvanece el gusto más escaso;
Y aunque esté padeciendo,
Que es feliz se está siempre persuadiendo.
Solamente ocupada
De una brillantez falsa,
Con que el mundo engañoso la acaricia,
Corre precipitada,
La peligrosa danza,
El teatro que toda virtud vicia.
Ignora la malicia
De los ocultos lazos,
Que entre sus plantas trae,
Tropieza, y al fin cae,
De la culpa encontrándose en los brazos;
Floja intenta librarse,
Volviendo en dobles nudos a enredarse.
Así de día en día,
Con yerros repetidos,
Eslabones añade a su cadena.
Parece que a porfía
Empeña sus sentidos
En la disipación que la enajena.
Si la virtud ajena
Su conducta reprende,
En seducirla insiste,
Y si se le resiste,
Guerra implacable, contra ella emprende;
Porque la alma viciosa
No puede tolerar la virtuosa.
De su fin olvidada,
Ahoga remordimientos,
Y pone más empeño en distraerse.
Si de una amiga amada
La avisa el fin violento,
Suele algún breve instante conmoverse:
Mas por no entristecerse,
Se entrega placentera
A nuevas distracciones,
Repite diversiones,
Y cuando de sus gustos altanera
Hace al mundo testigo,
Halla en temprana muerte su castigo.
Esta es, Filena mía,
La fortuna que anhela:
La ignorante ambición de nuestro sexo,
A esta su ruina impía
La incauta joven vuela,
Cuando al mundo se entrega con exceso:
Huye aquel su embeleso,
Con que el alma la abisma,
Y cuando en él vivieres,
Evita sus placeres,
Sé custodia severa de ti misma:
Que si te encuentra fuerte,
Perderá la esperanza de vencerte.





ANACREÓNTICA.

Bellísima Zagala,
que estás en nuestro afecto,
para amarte presente,
para sentirte lejos.
Tú, que al famoso Turia
que te dio el nacimiento,
trocaste por la playa
del Océano inmenso:
Y del piélago tanto
conociendo los riesgos,
cantaste desengaños,
sin llorar escarmientos.
Tú, que habitaste alegre
nuestro sagrado templo,
de sus sacerdotisas
imitando el ejemplo.
Tú, que a las sacras aras
de la más casta Venus,
sacrificar deseas
tus dulces años tiernos:
Tú, que al amor divino
entregas por trofeo
cadenas, que te ofrece
el torpe cieguezuelo:
Tú, en fin, centro seguro
de un amistoso afecto,
conque te tributamos
las que te conocemos.
Tú, sola, tú pudieras
arrancar de mi pecho
expresiones fiadas
al ya olvidado metro.
Por ti de mi pereza
sacudo el largo sueño,
y la arrojada lira
por ti de nuevo templo.
¡Mas ay! que de mis voces
siempre los roncos ecos,
aun en lo más festivo
melancólicos fueron.
Pues para que importuna
funestaré con ellos
el festejo inocente
de tus días serenos.
Si te quiero aplaudida,
Si alegre te deseo,
Si te conozco cauta,
Si firme te contemplo:
¿Qué riesgos te examino?
¿qué avisos te prevengo?
¿qué sustos te anticipo?
¿qué temores te muevo?
Disfruta sin zozobra
ese gustoso tiempo,
que te ofrece obsequioso
tan divertido pueblo.
A sus amables gentes
tributen tus talentos
ya con la voz sonora
ya con el pie ligero.
Mas vela con cuidado
el alcázar del pecho
porque al corazón libre
no le hagan prisionero.
Aquel tierno cupido
cuyo retrato bello
en tus brazos has visto
de Cayetano siendo.
Aquel de tu memoria
no apartes ni un momento
que él será fiel custodia
aun de tus pensamientos.
Y después dale alguno
a las tres, cuyo esmero
tu memoria apreciando
te envían mil afectos.
Segura que sus votos
van sin cesar al cielo
a imperar de los tuyos
el feliz complemento.






María Gertrudis Hore


María Gertrudis Hore Ley es quizá una de las poetisas más delicadas del siglo XVIII, y acaso la única que la tradición ha situado en plan de igualdad junto a los varones poetas. Bien es cierto que esta percepción está alimentada por unos hechos biográficos muy particulares que dieron pie a una leyenda, casi romántica, recogida en el relato «La Hija del Sol» de Fernán Caballero. Nacida en Cádiz en 1742, destacó por su belleza y por su juvenil afición a los versos, llamándose por lo mismo la Hija del Sol. Siendo una muchacha, casó con el comerciante Esteban Fleming (1762), originario de Puerto de Santa María, el cual pasaba largas temporadas en La Habana. Era mujer bien vista en la sociedad del Cádiz de su tiempo, según este retrato que hace una fuente casi coetánea:

Era hermosísima, de mucha gracia y viveza, de un talento despejadísimo, y lo empleaba de continuo leyendo obras selectas y eruditas. Vestía con la mayor elegancia, riqueza y fino gusto, sobre un gentil talle. Llamábanla comúnmente la Hija del Sol, para significar con este renombre cuánto brillaba entre las otras damas por su dulcísima voz y hechiceros encantos y melifluos versos y ostentación en su persona y casa. Estas tan halagüeñas prendas arrastraban tras sí las voluntades de los hombres.


Según cuenta la tradición, se enamoró perdidamente y tuvo amores con el joven militar Ricardo de las Navas, quien al parecer murió en su casa durante una visita nocturna. El escándalo se arregló, con la aquiescencia del esposo y de la autoridad religiosa del obispo, ingresando ella, arrepentida, en el convento de monjas Descalzas de la Purísima Concepción de Cádiz (1778), donde profesó el 14 de febrero de 1780. Este soneto escrito para tal circunstancia sirve de definitiva ruptura con su vida anterior:



Ya en sacro velo esconde la hermosura,

y en sayal tosco el garbo y gentileza,
la Hija del Sol, a quien, por su belleza
así llamó del mundo la locura.

Entra humilde y alegre en la clausura,

huella la mundanal falaz grandeza;
triunfadora de sí, sube a la alteza
de la Santa Sión, mansión segura.

Nada pueden con ella el triste encanto

del mundo, su ilusión y su malicia;
antes lo mira con horror y espanto.

Recibe el parabién, feliz novicia,

y recibe también el nombre santo
de hija amada del que es Sol de la Justicia.



En el convento siguió la monja con sus aficiones poéticas, escribiendo ahora versos de sincero arrepentimiento. Murió el 9 de agosto de 1801 a la edad de cincuenta y nueve años. Su fama poética se acrecentó con la aparición de algunos poemas suyos en el Diario y en el Correo de Madrid y en varios periódicos de provincias.


La producción poética de Hore debió de ser abundante, aunque quedó cercenada por su decisión de dar al fuego purificador gran parte de la misma. Hoy sólo se conserva muy parcialmente en un par de manuscritos de la Biblioteca Nacional: Poesías varias y Poesías. Sus escritos se dividen, al hilo de los episodios de su vida, en poesía civil y poesía religiosa. La primera describe el esplendor de su gozosa relación amorosa, y está formada especialmente por anacreónticas y odas cuyo tema central es el amor sentido de una manera personal, propia de quien escribe libremente, guiada por una necesidad interior y sin pensar en la publicación de los versos. Esta «Octava acróstica forzada» refleja a la perfección su entrega de enamorada sin límites:

Mi tierno amor a tu lealtad confío

y sólo en ti reposa mi cuidado.
Rigores abandona el pecho mío,
todo a tu dulce afecto dedicado.
En tu poder entrego mi albedrío,
ostento el mando que mi fe te ha dado,
mis caprichos se rinden a tu ruego,
ya en mí no hay voluntad, pues te la entrego.



El gran mérito de Hore es que fuera autora temprana de anacreónticas, casi a la par que los intentos de Cadalso, gaditano que no vivía en la ciudad, aunque pudo tener contactos con él, y en las que fue gran maestro el dulce Meléndez Valdés. Trata con habilidad los tópicos del género: amor sensual, el pajarillo preso en la red del amor, bailes festivos, zagales enamorados, finezas, sentimiento dolorido, dulces cupidos, lugares amenos y deleitables. Son versos suaves, imaginativos, y escritos con suma corrección. Pertenecen al llamado estilo rococó con su agitado ritmo musical, su lenguaje vitalista, sus recursos formales característicos (adjetivación, diminutivo, ornamentación mitológica; verso breve). Los viejos modelos de Anacreonte, la retórica de Ad passerem Lesbiae de Catulo, con significados inocentes o más densamente eróticos, toman cuerpo en estos versos juveniles de la poetisa de Cádiz. Idéntico sentir enamorado desgranan algunas delicadas endechas:



Zagal el más bello

de cuantos zagales
esparcen iguales
al aire el cabello:
En mi verso amante
aún más celebrado
que el barquero amado
de Safo constante
por benigna estrella,
de mí tan querido
cual lo fue Cupido
de su Psiquis bella.



A esta primera época pertenecen otros poemas que fueron conocidos en el Cádiz comercial de su tiempo, donde tenía excelente audiencia por sus habilidades poéticas: anacreónticas más convencionales, idilios, poemas de circunstancias, versos de sociedad, o los que compuso para la tertulia en la que desarrolló su creación, según se desprende del poema «Despedida de las damas de la tertulia de Don Antonio Ulloa». Otras composiciones adoptan un tono de mayor seriedad, casi reflexivo, acogiéndose a las formas de la oda («Oda a Gerarda»), del soneto o del endecasílabo («Meditación»). En esta línea hubiera crecido, próxima a las corrientes neoclásicas e ilustradas camino que quedó bruscamente cortado por los avatares biográficos. Estos estilos pertenecen, pues, a la estética innovadora del Dieciocho y no tienen nada que ver con la sensibilidad romántica como suponen Sebold o Lewis.

Los versos posteriores a su ingreso en religión cambian por completo de signo, aunque no siempre de formas, como se observa en los recogidos en el volumen de Poesías, que pertenece a esta época. El amor se convierte en desengaño y su sentir poético se llena de notas de reflexión, soledad y amor a Dios. «Sus poesías, subraya Serrano y Sanz, llenas de vida, [...] como salidas de lo más hondo del alma, y sin otra retórica que la aprendida en las falacias del desengaño y en los desengaños de ilícitos amores, dulces al principio como la miel, pero luego más amargos que la hiel y el ajenjo». Escribe ahora avisos morales, poemas religiosos y sacros. Sin embargo, sus creaciones poéticas más reiteradas en este momento son versiones a lo divino de sus propias anacreónticas, mientras redacta otras nuevas con intención religiosa, siguiendo este género una andadura opuesta a su gozosa naturaleza íntima. Cambian las claves de la reflexión amorosa por otras donde se desprecian las tentaciones de la carne, las frivolidades, los placeres de Baco y Venus, para colocar sobre estos bienes perdurables los inmortales: salvar el alma. Los símbolos de la poesía anacreóntica se utilizan con nuevos significados: la rosa no es goce del amor, sino flor marchita («Verás caer marchitas / esas rosas de Venus / y perder la fragancia / que antes fue tu embeleso»), Venus se transforma en la Virgen María, el sexo es enemigo del hombre, el amor al prójimo como fin del alma devota y, por supuesto, el sentido amor a Dios objeto fundamental del alma. Hallamos en estos versos una decisión irremediable, profundamente sentida, de mujer con un pasado pecaminoso, que mira al futuro con nueva luz. No hay en esto ninguna novedad, pues las versiones a lo divino son tan antiguas como la poesía civil, y la poesía amorosa tiene ejemplos maestros en las versiones a lo divino de Garcilaso y en la propia poesía mística del Siglo de Oro. Salvo las peculiaridades que imponen el cambio de temas, hay un tratamiento idéntico del material poético. La misma versificación (odas, romancillos, endechas...), la misma musicalidad fácil y risueña de los versos, la adjetivación lujosa, el brillo de las imágenes, las referencias mitológicas. La poesía religiosa se expresa en otras ocasiones por medio de décimas, sonetos, glosas, endecasílabos con paráfrasis de Salmos... Algunas composiciones relatan sucesos del convento, de las monjas («Décimas a la madre superiora»), descripción del comedor... María Gertrudis Hore tenía suma habilidad para ordenar el discurso poético con ingenio, y fue una poetisa que escribió con la misma calidad que los varones más conocidos, y cuya labor no desentona si la colocamos a su altura a pesar de las circunstancias biográficas y de lo parcial de los poemas conservados.
Serrano y Sanz menciona dos folletos con composiciones sobre temas religiosos que no he podido consultar: Deprecación que a su Purísima Madre María Santísima hacen las amantes hijas las religiosas de Santa María (Cádiz, 1793), y Traducción del himno «Stabat Mater», glosado (Cádiz, s. f.), relación que podemos completar con algunos otros escritos de poesía sacra olvidados391.

[La mujer y las letras en la España del siglo XVIII / Emilio Palacios Fernández]




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