Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

miércoles, 19 de octubre de 2011

872.- MANUEL FERNÁNDEZ MOTA


Manuel Fernández Mota nace en Sayalonga, un pueblo de La Axarquía malagueña, el 9 de agosto de 1924. Es el menor de una familia campesina de nueve hermanos, y como todos los habitantes de su pueblo, tuvo que dedicarse al campo. Sintió desde muy pequeño un gran amor hacia la literatura y la poesía, y leyó y se formó con la lectura de los clásicos. Así se compenetró con poetas del Siglo de Oro y con otros más modernos. No pudo estudiar por causa de la Guerra, pero él hizo de los montes una universidad. A la edad de 35 años empieza el Bachillerato, haciendo después la carrera de Magisterio. Profesión que ha ejercido en Algeciras hasta su jubilación.
En su labor literaria tiene los trabajos siguientes:
REVISTA BAHÍA. Fundada con otros poetas y que él dirigió hasta su desaparición en el número 50.
PREMIO DE POESÍA BAHÍA.
COLECCIONES DE POESÍA: Colección "Bahía". Colección "Sur y Remo". Colección "Cuadernos de La Almoraima". Colección "Portus Albus". Colección "Viento y Agua" (prosa). Colección “Bahía-milenio tres poesías”.
HOMENAJE BAHÍA POESÍA DEL SUR. Creador y director.
"Destellos del barro", "Diálogo astral", "Versos doloridos", "La voz estremecida", "La horas maduras", "Los muñecos de Prometeo", "La noche de los profetas", "Sonetos calpenses", "Poemas de Bahía" -donde recoge las composiciones publicadas en la desgraciadamente desaparecida revista del mismo nombre-, "Apuntes al óleo sin arco iris", "Lunas de Guadalmesí" y "Olas Sagradas"






EL PAN

Mi homenaje a Blas de Otero

Tan “fieramente humano” es el hombre,
que buscó el pan para no ser ángel ni lobo.

Se sintió el hombre solo, abandonado, desnudo,
caído en la pobreza del desierto,
defendiendo parcelas de sombras y raíces.
Alzaba su estatura entre surcos y lobos.
Taladraron sus ojos las nubes,
avizorando noches y tormentas.
Se maduró su corazón de mora,
y pedía un bocado a la tierra, a los campos,
a las riberas húmedas y heridas.
Trituró rocas, desbrozó laderas, desaguó valles,
y las navas de umbrías levantó con su arado.
Los granos caerían sobre la tierra niña;
se apretarían los surcos calientes de sudores,
de sueños y de plumas.

Vendrían las tronadas, las ventiscas, los sudarios del hielo;
vendrían los lamentos, las oraciones de humildad,
la orfandad de las noches,
las velas encendidas a los muertos.
Y vendrían los llantos, y el pago de los diezmos
y las primicias, y las ofrendas.

Pero ya estaba allí. Era la espiga,
la espiga en vertical viento de luz.
Ya todo se cubría
con el tul encendido de la llama y la brisa.
Todo en un mar de oro, todo un monte de ascuas,
todo una cordillera encendida y amada.

Se hicieron los corderos polvo y espuma.
Se hicieron los espinos chopos y lirios.
Y los dioses
tocaban las frentes y encendían lámparas blanquísimas.
Barro florido, besos desconocidos,
estrellas rotas y amasadas,
trituradas y prietas en los granos dorados.

La herida de la era, la pisada animal, el viento de la tarde…
La muerte bajo el peso de la piedra, la nube candeal…
Y la harina esponjada, caliente;
la harina hecha tierra blanquísima,
barro de luz y hogaza estremecida,
se ofreció en holocausto.

El fuego, el horno, el silencio expectante,
el temblor de la espera, el milagro…
El color más hermoso de todos los ocasos.
El olor más hermoso de todos los estíos.

Clava tu diente, hombre.
Llena tu boca de esa masa sagrada.
El hambre huye por los caminos,
se pierde entre los fieros lentiscales.
Tú has vencido, tu has triunfado.
Tu mano, tu sudor, tu caricia caliente,
tu pálpito de ave y tu aliento de fiera
se han hecho sangre humana, carne de niño.
Sacaste de la tierra lo que no tiene el cielo.
Lo que Dios cogería para instalar su cuerpo.

El alma de la piedra, el aliento de ave irisada y sonora,
y la fresca anochecida de las hojas.
Todo lo bueno. Todo lo hermoso.
Todo en placer de bocado bendito.

Estalló en júbilo ardiente de aromas, de mañanas,
de manteles blanquísimos, sagrados.
Blandura festejada. Mundo en oro moreno,
astro en fuego de amor para la boca.

El niño rompe su balbuceo primero
con tu nombre de gloria.
Y sobre los poblados
el arpegio sonoro de tu nombre,
y el aroma tocando su campana inviolada.
Lo pedirá el mendigo, el soldado, el rico y el labriego.
Madurará de sol, madurará de hostia,
hasta llenar los ríos profundos de la sangre.
Diría el hombre:
“El pan. El pan, la vida.”

(Del libro inédito “Himnos de Leo”.)









Porque todo apacienta
gemido y voz de carne

Vena rota
silabeos de niños azulados
y tiemblan aguas
y gargantas llenas
de todas las tormentas y los lodos
hoy he sabido que llegó la ira
y me clavó su espada
el canto negro de los cisnes malditos
Ante vosotras rosas labios prietos
de colores y amor yo me arrodillo
para llorar por todos los pobres asesinos
para llorar por todos
los que han sido tronchados de sus días
¡Qué sabor de alacranes tiene
el viento!
no es suficiente vuestro aliento
a veces
Huele a podrido el mar
la tierra
el cosmos

De Lunas de Guadalmesí






DE CÁRMENES:



MI NADA

No se si mi latido es un latido
de vida verdadera o sólo el eco
de una voz que murió; sombra de un fleco
que una cometa se dejó en olvido

¿Seré de un pajarillo sorprendido
el canto que una noche dejó seco?
¿O sombra de una nube? ¿Rezo o peco?
¿Me humillo o me siento engrandecido?

Si barro soy, Señor, ¿cómo me atrevo
a soñar con subir a las estrellas?
Y si hecho de luz, ¿por qué me quedo?

Esta duda Señor ... ¿Es un destello?
¿Cómo compaginar estas querellas?
¡Enséñame a buscarme, yo no puedo!








EN CUALQUIER ESQUINA

Mil veces lo encontré por las esquinas,
su voz preñada en doloroso acento,
pidiendo unas monedas, su lamento
perdiéndose en las noches decembrinas.
Mil veces le encontré. Pasé de largo,
molesto por su tono quejumbroso,
viendo que el miserable mi reposo
herir quería con su grito amargo.
Y como yo pasaban otros seres
huyendo del hedor de la miseria
y la molesta frase: “¡Hermano! ¡Hermano!”
Una noche le dije. “Tú quién eres?”
El me miró... Hundiose mi soberbia
cuando le vi la llaga de la mano.






LLAMADA

¡Ha llamado el amor!
Hoy escuché su voz por
los rojos caminos de la sangre.
Voces de sonrosadas caracolas
retumbando en los senos
de las templadas rocas de las playas.
¡Ha llamado el amor!
Roces de plumas
giran en los cabellos de los chopos,
donde pajas trenzadas con gorjeos
se convierten en cunas temblorosas.
Ha llamado en la flor, donde el insecto
hecho de luz, bañándose en el polen,
roza el estambre, con caricia tierna
de beso mañanero.
Ha llamado el amor en las encinas,
tálamos de verdores
donde templan las tórtolas sus liras
con monedas del sol.
Es alegre la piedra, y el camino,
y el arenal, y el monte, y la cabaña,
y el humo que dibuja en el celeste
figuras sin contornos;
la hola rota, la pisada fuerte,
la carne tibia y la marchita flor.
Todo es alegre! ¡Todo se sonríe!
¡Ha llamado el amor!
Ha llamado en tu pecho tembloroso;
en tu mirada glauca y retenida;
en tu talle de sauce cimbreante,
¡cadencia de color!
Está llamando ahí, donde la carne
se hace suavidad de promontorios,
redondas líneas de tersura y flor;
colinas misteriosas
de nieve y de jazmín;
imán de rosas, sangre y amapolas
que atraen la mirada
sucumbiendo a la dicha de vivir.
Ha llamado el amor.
Mudo lenguaje
en la muda cascada de tu pelo;
luz sobre las espigas que maduran
sobre montes de luz.
Ha llamado en azul...
Claros remansos
con estrellas bordando las pupilas;
fuentes que brotan, esperando labios
ardientes por la sed.
Llama en el rojo corte de los labios
que orlan perlas de níveo resplandor;
cuchillada en panal, manando mieles
de ocaso y de clavel.
Llama en tu talle, en tu menudo paso,
tu cuello tibio, tu pulida mano;
llama en el aire, que rendido cae
al suelo cuando pasas arrogante;
en las negras miradas de los hombres
quemados por tu sol.
Hoy has pasado tú como una estrella,
como un rojo fulgor.
Hoy has pasado tú, fuego y doncella,
y ha llamado el amor.








TRAS LOS DIFUNTOS

Los que fuisteis ayer hoy sois abrojos
en la húmeda tierra del olvido,
o ramas de cipreses y zarzales.
Pasó la vida de aluviones rojos;
pasó el dolor y el sueño, y el latido,
como pasan las nubes estivales.

Y los que somos hoy, caminamos
por el mismo sendero ya trazado
y con la misma carga de pesares.
Nada nos detendrá, raudos cruzamos
como rayo hacia cl mar emborrascado.
¡Buscando a Dios, la tierra y los rosales!







SONETO DOLIENTE

Ese grito perdido en la calzada
es un grito escapado de mi pecho,
vuelo herido de pájaro sin lecho
que busca sepultura en la enramada.

Quiero callar y roja llamarada
me abrasa, muerde, déjame deshecho,
aplastado en el polvo, sin derecho
como gota de sangre derramada

Porque quiero soñar, cuervos y canes
sus curvos picos y afilados dientes
clavan en mis entrañas temblorosas.

No tienen compasión los alacranes
y arrojan las ponzoñas de sus fuentes
en los pétalos blancos de las rosas.









30

Todo se va en tus manos, en tu fluir de horas.
Oh tiempo errante. Oh corriente perenne.
Mi voz enferma. Mi voz enamorada.
Mis apagados ecos de corazón rendido.
El mar, la luz, el pájaro y la nube,
el frescor del rocío,
el beso de los hijos, el contacto
cálido del amor, el loco sueño.
Me mandarás tu hora -siempre llega la lluvia-
y yo la besaré y le daré mi nombre.








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