Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

viernes, 6 de junio de 2014

JUAN DE PADILLA -EL CARTUJANO- [2.018]



Juan de Padilla, Los doze triûphos de los doze Apostoles: fechos por el cartuxano: pfesso en scâ Maria d las cueuas en sevilla. Cô preuilegio, Sevilla, 1521, folio, 275 x 193 mm., Juan Varela.




Juan de Padilla [El Cartujano] 

(1468-1518).
Poeta español, nacido en Sevilla. El sobrenombre de el Cartujano le fue impuesto por ser monje cartujano, en Santa María de las Cuevas (Sevilla). Influido por Dante y Mena escribió en 1493 su obra Laberinto del duque de Cádiz, Ponce de León y Retablo del Cartujo sobre la vida de Nuestro Redentor Jesucristo, 1516; en el prólogo mostró arrepentimiento público por unas coplas profanas que al parecer escribió en su juventud, y que hoy día no conocemos en su mayor parte. La fama de Padilla va ligada a la publicación de la obra Doce triunfos de los apóstoles, 1521, cuyo objeto es describir los hechos de los doce apóstoles, que están divididos por los doce signos del zodíaco. En ella, san Pablo guía al autor por el purgatorio y el infierno a la manera de Dante, razón por la que está considerado como representante tardío del género alegórico italiano.





El poeta que a todos se aventajó en este orden, llegando a colocarse entre los más felices imitadores de Dante, fué el sevillano Juan de Padilla, nacido en 1468, monje profeso en la Cartuja de Santa María de las Cuevas, y generalmente conocido [p. 78] por el sobrenombre del Cartujano, único que usa en sus escritos, si bien, al fin del Retablo de la vida de Cristo, pone en un acróstico su nombre y apellido en esta forma:

        Don religioso la regla me puso, 
       Jurado con voto canónico puro; 
       Ante su vista me hallo seguro 
       De la tormenta del mundo confuso. 
       Parece por ende mi nombre recluso, 
       Digno lector, si lo vas inquiriendo; 
        Llama , si quieres, mi nombre diciendo: 
        Monje Cartujo la obra compuso.

En sus mocedades, y antes de entrar en religión tan austera, había cultivado el trato de las musas profanas, de lo cual más tarde mostró arrepentirse en estos versos del Retablo:

       Deja por ende las falsas ficciones 
       De los antiguos gentiles selvajes, 
       Las quales son unos mortales potajes 
       Cubiertos con altos y dulces sermones: 
       Sus fábulas falsas y sus opiniones 
       Pintamos en tiempo de la juventud; 
       Agora mirando la suma virtud 
       Conozco que matan a los corazones.

Consta, en efecto, que en 1493 había dado a luz en Sevilla un poema de ciento cincuenta coplas de arte mayor, con el título del Laberinto del Marqués de Cádiz (seguramente a imitación del Laberinto de Juan de Mena), obra que, dados los alientos poéticos del autor y el interés histórico de su héroe, en quien se cifra la mayor gloria de la caballería española durante la guerra de Granada, pudo ser de grande importancia. Pero este poema parece [p. 79] irrevocablemente perdido, pues aunque se conocen la fecha y el impresor, y queda una pequeña descripción de lo material del libro, todo el esfuerzo de los más doctos bibliófilos para llegar a ver un ejemplar, ha resultado hasta ahora infructuoso. [1] Sólo podemos juzgar al Cartujano por dos poemas religiosos, de muy desigual mérito, el Retablo de la vida de Cristo [2] y Los doce triunfos [p. 80] de los doce apóstoles. La fortuna de cada uno de estos poemas ha estado en razón inversa de su valor intrínseco; y mientras el Retablo, por la mayor excelencia de su asunto, llegaba a ser libro [p. 81] popular y era reproducido en numerosas ediciones hasta el siglo XVII, y aun en tiempos próximos a nosotros; Los doce triunfos, que son incomparablemente superiores, quizá no fueron reimpresos ni una vez sola en más de trescientos años, y eran una de las mayores rarezas bibliográficas de la literatura española, hasta que el canónigo Riego los sacó del olvido en 1842, abrumando al autor con los disparatados calificativos de Homero y Dante español, que le han perjudicado más que favorecido en la estimación de la crítica desapasionada. Con más acierto y templanza D. Luis Usoz y Río se limitó a decir que «ninguna nación en 1521 puede presentar tan buen discípulo de Dante como es el Cartujano»; y a nuestro juicio, esta es la verdad, y no es pequeña gloria para Juan de Padilla el que esto pueda decirse.

Ambos poemas están compuestos en estancias de arte mayor [p. 82] como las de Juan de Mena; pero todos los versos son rigurosamente dodecasílabos, sin que se advierta en ellos la irregularidad métrica, al parecer sistemática, que hay en las Trescientas. Pero, fuera de esta semejanza de forma, el Retablo y Los doce triunfos difieren profundamente entre sí en todo lo que pertenece al plan y artificio de la composición. El del Retablo, obra más piadosa que literaria, es sencillo por todo extremo, rigurosamente narrativo, sin mezcla de alegoría, ni simbolismo. El autor, aludiendo claramente a Juan de Mena, manifiesta su propósito de no imitarle, sobre todo en el empleo de la mitología y de la historia profana:

       Aquí no pintamos las vueltas humanas, 
       Ni cómo las vuelve la triste fortuna, 
       Ni cómo se mueven los cielos y luna, 
       Ni sus influencias enfermas y sanas: 
       Callo las cosas del mundo livianas, 
       Dejo los hechos romanos aparte, 
       Repruebo los hechos de Palas y Marte 
       Y las opiniones de gentes profanas. 
       ................................................................ 
       Huyan, por ende, las musas dañadas 
       A las Estigias do reina Plutón; 
       En nuestro divino muy alto sermón 
       Las tienen los santos por muy reprobadas. 
       Aquí celebramos las cosas sagradas, 
       La vida de Cristo con su nacimiento, 
       Sus llagas y muerte, pasión y tormento, 
       Con todas sus cosas muy bien memoradas.

El asunto del poema es la vida de Cristo, conforme al texto de los cuatro Evangelios, sin ninguna especie de adición apócrifa ni circunstancia que no esté contenida en el Sagrado Texto. Así lo anuncia el preámbulo y así se cumple en el libro: «Comienza la vida de Cristo, compuesta por un religioso monje de la orden de la Cartuja en versos castellanos, o coplas de arte mayor, a causa que mejor sea leída; porque, según la sentencia de Aristóteles, naturalmente se deleita el hombre en el verso y música. El qual divide toda la obra en quatro Tablas, porque su intención es, según parece en el segundo cántico de la primera tabla, hacer un Retablo de la vida de Cristo nuestro Redentor. Las quales quatro tablas corresponden a los quatro Evangelios. Y [p. 83] así por orden poniendo las historias no apócrifas ni falsas, salvo como la santa madre Iglesia las tiene, y los santos profetas y doctores, que van por las márgenes puestos. Van divididas las Tablas, no por capítulos, salvo por cánticos... La primera tabla comienza del principio hasta el bautismo de Cristo. La segunda, de allí hasta el domingo de Lázaro, que se llama Dominica in Passione. La tercera hasta que subió a los Cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y los muertos. Los lectores paren mientes, quando vieren el evangelista, o profeta, o doctor, señalado en la margen, porque en derecho del verso do está señalado, comienza a decir su dicho, hasta que viene el otro siguiente; así van todos por orden. Quando quiera que algunos doctores no tuvieren señalados sus originales o libros, hase de entender que lo dicen sobre el texto Evangélico, en exposiciones, homilías, sermones o postillas; así hace Santo Thomás en su Catena áurea, y Lodulpho Cartujano, el qual más que otro ninguno compiló muy altamente la vida de Cristo, según fué aprobado en el Concilio de Basilea. Estos doctores han sido muy familiares al autor en esta obra; quando él pusiese con ellos el cornadillo de su pobreza, no pone su nombre, salvo este nombre: autor... Y protesta de no poner historias de gentiles paganos, salvo algunas que mucho hiciesen al caso y fuesen verdaderas. Cosa temorizada es poner entre las historias de Cristo historias reprobadas y falsas, salvo las verdaderas y aprobadas que tiene el Testamento viejo y nuevo. Y nota que no tan solamente aquí se describe la vida de Cristo, pero la de Nuestra Señora y de San Juan Bautista, padre gracioso de los Cartujos.»

Esta clarísima exposición hecha por el autor mismo nos excusa de insistir sobre el contenido de la obra, que es uno más en la larga serie de poemas sobre la vida del Redentor, iniciada en el siglo IV por nuestro español Juvenco, a quien se parece el autor del Retablo hasta en haber dividido su obra en cuatro libros, aunque ni en Juvenco ni en Padilla corresponda cada uno de ellos a un Evangelio, puesto que la narración va seguida y hecha siempre con presencia de los cuatro:

       Así como salen del huerto primero 
       Y de su fontana de gran perfección, 
       Los quatro conductos Phisón y Gion, 
        [p. 84] Eufrates y Tigris, de curso ligero; 
       Así de la fuente de Dios verdadero 
       Saco mis tablas por cuatro canales, 
       Que son los conductos evangelicales, 
       Según adelante mejor lo prefiero.

La parte original del autor, que él cuida de advertir siempre con la nota indicada, es muy pequeña: se reduce a algunas comparaciones y a tal cual sentencia. Al fin de cada uno de los cánticos, hay una oración en versos octosílabos, y a veces, en los momentos más solemnes y dolorosos de la Pasión, intercala lamentaciones en prosa, a manera de sermón. El lenguaje es mucho más llano y popular que el de Los Doce Triunfos; son raros en él los neologismos enfáticos que dan tan especial color al estilo del segundo de estos poemas, y en cambio se recomienda por la patética sencillez y la fuerza expresiva en muchos pasajes, de que pueden dar muestra estas octavas, tomadas del cuadro de la Crucifixión:

       Ya comenzaba el Señor dolorido 
       Hacer las señales del último punto; 
       Mostraba su cara color de difunto, 
       La carne moría, moría el sentido; 
       El pecho sonaba con ronco latido, 
       Los ojos abiertos, la vista turbada, 
       Llena de sangre la boca sagrada, 
       Fríos los pies, y su pulso perdido. 
       ........................................................... 
       Luego por medio se rompe aquel velo, 
       Que estaba en el templo delante el altar; 
       Comienza muy recio la tierra a temblar, 
       Por medio se quiebran las piedras del suelo. 
       Pierden su lumbre los signos del cielo, 
       El sol y la luna también la perdieron, 
       Los cuerpos de santos allí resurgieron, 
       Cree el Centurio con grave recelo. 
       ....................................................................... 
       El agua salía, la sangre brotaba, 
       La sangre por precio de nuestros pecados, 
       Y para que fuesen del todo lavados, 
       El agua muy santa perfecta manaba...

Literariamente valen mucho más Los doce triunfos de los doce Apóstoles, poema enteramente dantesco en el conjunto y en los pormenores, aunque el título recuerde desde luego los Triunfos [p. 85] del Petrarca, de los cuales también tiene alguna reminiscencia. Este segundo poema del Cartujano no es ya historial, sino alegórico; la historia sólo aparece en los episodios, como en la Divina Comedia y en el Laberinto. Un argumento en prosa declara previamente el artificio de esta sotil e divina obra. «La intención del autor es componer doce triunfos, en que describe los hechos maravillosos de los doce Apóstoles; los quales van divididos por los doce signos del Zodíaco que ciñe toda la esfera... por los quales el Sol y los Planetas hacen su curso. Por el Sol se entiende Cristo... y todos los otros Planetas y señales del Cielo, allende del seso literal e historial, los trae sotilmente al seso moral y alegórico... Y por quanto el año va dividido por sus meses, el autor ha tomado esta invención de poner cada un Apóstol sobre el signo que viene: así como a Santiago sobre el signo de León, el qual entra mediado Julio y va hasta mediado Agosto, que entra el signo de Virgo, encima del qual se pone San Bartholomé... E describe en diversos lugares, discurriendo por la obra, mucho de la Cosmografía, conviene a saber las partidas, provincias, reynos y ciudades por donde los Apóstoles predicaron y de la idolatría triunfaron. Esto mismo hace de la Astrología, a causa de representar la gloria que los Santos tienen en el Cielo. Y por semejante, representa en la tierra doce bocas infernales en un hondo valle; las quales dice que salen del profundo del infierno; y cada qual de ellas corresponde a un signo del Zodíaco, y no menos a cada triunfo de los Apóstoles. Por las quales doce bocas, se tragan y atormentan doce géneros de pecados... que son las transgresiones contrarias a la observancia de los mandamientos... Sobre la haz de la tierra representa el Purgatorio en algunos triunfos por diversas penas derramadas; y finge que habla con algunas ánimas, y les demanda la causa de sus penas, y de otros que penan en el infierno... Grandes historias claras y oscuras, e intrincadas materias van por esta contemplativa obra...»

Hay que distinguir, pues, en la complicada urdimbre de este poema varios hilos; en primer lugar un simbolismo astrológico, en que el Sol representa a Cristo, y los signos del Zodíaco a los Apóstoles; [1] en segundo, una Cosmografía o descripción de todas [p. 86] las tierras en que predicaron los Apóstoles; y finalmente, un viaje al Infierno y al Purgatorio, en que San Pablo sirve de guía al poeta, como Virgilio había servido a Dante. Todo lo anuncia y abarca la invocación del poeta:

       Yo canto las armas de los Palestinos 

       Príncipes doce del Omnipotente, 
       Sus doce triunfos de don excelente, 
       Triunfos de gloria seráfica dinos: 
       Y pongo la tierra debajo los sinos 
       Del cinto dorado de los animales, 
       Y junto las altas celestes señales, 
       Y los fortunados y casos indinos 
       De los pasados e vivos mortales...

Estos materiales se mezclan de un modo bastante confuso, y son de muy desigual valor. Toda la parte astrológica y cosmográfica es en extremo cansada y pedantesca. Por el contrario, la visita a las mansiones infernales es la parte mejor de la obra: aquí el Cartujano sigue paso a paso las huellas de Dante, y calca sus episodios, y unas veces le imita y otras le traduce, pero siempre con desembarazo, nervio y estilo propio. Su dicción es escabrosa y desigual, a veces enfática y altisonante, a veces desmayada y pedestre, pero en las comparaciones [2] y en las descripciones [p. 87] suele mostrar mucha savia poética. De las cualidades de Dante acertó a asimilarse una de las más características: el poder de representación eficaz y viva de las realidades concretas; el [p. 88] arte de transformar lo fantástico en icástico, y de producir con elementos del mundo invisible la visión de cosa presente y palpable. En la expresión el Cartujano es más dantesco que Juan de [p. 89] Mena, aunque éste tenga más partes de poeta épico. La cruda familiaridad del estilo del monje Padilla, en los trozos en que se olvida de la afección retórica y se deja llevar no menos de su natural instinto que del gran modelo que tenía a la vista, va bien con la entonación sombría de los cuadros en que principalmente se complace. Veamos algunos trozos, eligiendo precisamente aquellos en que es más visible la imitación de Dante, y en que, por consiguiente, el arte del imitador tiene que luchar con más desventaja. Sea el primero la aparición de Satanás, imitada del último canto del Infierno:

       Lo'mperador del doloroso regno 
       Da mezzo 'l petto uscia fuor della ghiaccia... 
       En medio del pozo según parecía, 
       Vimos de bruzas estar aleando 
       Una muy fea visión, trabajando 
       Por levantarse magüer no podía. 
       Las manos y cola de grado tenía, 
       Y más las espaldas atan escamadas 
        [p. 90] Como las sierpes de Libia conchadas; 
       Y como la Hidra su cuello tendía 
       Con siete gargantas y lenguas sacadas. 
       Las alas, mayores que velas latinas, 
       Y de las morciélagas no diferían: 
       Dos vientos las alas batiendo hacían, 
       Helantes las partes del pozo vecinas. 
       Por agujeros, resquicios y minas 
       Brotaban helados y negros vapores: 
       Helaban las carnes de los pecadores, 
       Doblando sus males y penas continas, 
       Y otros secretos tormentos mayores. 
       ................................................................. 
       Suena de dentro muy grande zombido 
       Como colmenas después de castradas; 
       O como las aguas que van despeñadas 
       A dar en el pozo que tienen seguido... 
       .................................................................

Nadie dejará de recordar las capas de plomo con que Dante (canto XXIII) revistió a los hipócritas:

       Egli avean cappe con capucci bassi 
       Dinanzi agli occhi, fatte della taglia 
       Che'n Cologna per li monaci fassi. 
       Di fuor dorate son si ch' egli abbaglia; 
       Ma dentro tutte piombo e gravi tanto, 
       Che Federigo le mettea di paglia...

Véase cómo Juan de Padilla imita libremente, pero con mucho vigor, este pasaje, sustituyendo con unas máscaras de plomo las capas de Dante:

       Y vi que por ásperos riscos sobía 
       Una gran parte de gente gimiendo: 
       Como cargado que gime subiendo 
       Ásperos puertos, sin senda ni guía. 
       Cada qual de ellos, yo vi que tenía 
       Cubierta su cara con otra fingida, 
       Hecha de plomo muy más que bruñida, 
       Y blanca su ropa, según parecía, 
       De pelos de lobo sutil retejida. 
       Llevaban las caras y cuerpos corvados, 
       Así como hace cualquier ganapán, 
       Que lleva gran peso con pena y afán 
       A los navíos en Cádiz fletados. 
        [p. 91] El plomo hacía sus rostros pesados, 
       Siendo las máscaras deste metal 
       Por ir adelante por el pedregal: 
       Atrás se tornaban con pasos trabados, 
       Hacia lo hondo del valle mortal. 
       ................................................................ 
       Las máscaras graves, de plomo talladas, 
       Y todas sus ropas y trajes fengidos, 
       Allí se derriten después de heridos, 
       Quedando sus caras muy más inflamadas. 
       Y como de alto las peñas lanzadas 
       Vienen con furia la cuesta rodando, 
       Tal se mostraban allí despeñando. 
       Hacia lo hondo de aquellas quebradas, 
       Estos blasfemos de Dios reclamando. 
       ................................................................ 
       En este gran trato de cuerda penaban 
       Otros semblantes de mitras y togas; 
       Eran sus lenguas las ásperas sogas 
       Que los sobían y los abajaban. 
       Todos sus miembros se descoyuntaban, 
       Y más rebotaban los huesos quebrados: 
        Y como los cuellos de los ahorcados, 
       Muy estiradas sus lenguas mostraban, 
       Venas y cuerdas, los besos inflados...




Y que el Cartujano había llegado a conquistar los más terribles secretos de la fiera penalidad dantesca, lo muestra bien aquel episodio en que nos describe los canes que devoraban las carnes y lenguas heladas y duras de los apóstatas, cuyos miembros, después de tragados, volvían a rehacerse en forma de demonios, los cuales atormentaban el cuerpo de que procedían, y a los mismos canes del Infierno que se habían cebado en su madre.

       Mostraban aquellos ministros cruentos, 
       Como verdugos y bravos leones, 
       Manos y garfios de mil condiciones, 
       Y otras maneras de nuevos tormentos. 
       Despedazaban los cuartos sangrientos 
       Y lenguas babosas de aquellas quimeras; 
       Las cuales colgaban de las espeteras, 
       Allí do picaban los buytres hambrientos, 
       Bien como cuervos de cuencas enteras. 
       Y como los gatos de las asaduras 
       Afierran con uñas, no poco gruñendo: 
        [p. 92] Tal se mostraban los canes, comiendo 
       Las carnes y lenguas heladas y duras. 
       A rehacerse por las coyunturas 
       Tornaban sus miembros, después de tragados 
       Pero después que los vi revesados 
       Tornaban en otras más feas figuras, 
       Hechos del todo diablos formados. 
       Los viboreznos con dientes crueles 
       Royen la madre después de parida; 
       Tal se mostraban con rabia crecida 
       Estos novelos dïablos rebeles. 
       Contra los canes muy más infïeles 
       Volvían sus uñas crueles y dientes, 
       Despedazando sus carnes dolientes; 
       Para vengarse muy más que lebreles 
       En los de caza venados mordientes.









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