Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

sábado, 25 de junio de 2011

437.- ANTONIO LUIS GINÉS



Antonio Luis Ginés


Nace en Iznájar en 1967, aunque reside en Córdoba. Poeta.
Es diplomado en Magisterio por la Universidad de Córdoba. Dio sus primeros pasos en el taller impartido por el profesor Pedro Roso en la Posada del Potro, a principios de los años 90, y del que surgieron también otros autores como Eduardo García, Pablo García Casado y Vicente Luis Mora. Trabaja como gestor cultural, crítico literario y profesor de talleres de literatura.




Publicaciones


Poesía



Cuando duermen los vecinos (Córdoba, El Viaducto, 1995). 72 páginas, ISBN 84-605-4338-2.
Rutas exteriores (IX Premio de Poesía Mariano Roldán; Rute, Ánfora Nova, 1999). 68 páginas, ISBN 84-933871-8-5.
Animales perdidos (Córdoba, Plurabelle, 2005). 63 páginas, ISBN 84-933871-8-5.

Aprendiz (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013)





Inclusiones en antologías de poesía

Edad presente: poesía cordobesa para el siglo XXI (ed. Javier Lostalé; Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003). 272 páginas, ISBN 84-96152-09-X.
"Córdoba y poesía" de Concha García (Granada, "Ficciones" 1998)



«RUTAS EXTERIORES»
Premio Nacional de Poesía “Mariano Roldán” 1998
Edit. Ánfora Nova / Cajasur







Ruta seis

Rápido. Así va todo desde el punto
de origen.
No se detienen hombres y mujeres
a pedir cuentas, a llevarse un trozo
una cuando más resplandece, no vamos
a quedarnos siempre aquí; rápido,
la única palabra que acaba
con nosotros en la cuneta,
sin bagaje ni destello que nos ponga en pie.
Rápido, enseñame otra forma
de exprimir el tiempo antes que éste me venza,
cansado de ser un esparrin
sin arena en los puños.







DESGUACE

Juraría que esta vez bajaste hasta mí
buscando a otro. No digo nada.
Cruzamos un puente pero bajo las ruedas
sólo aire. Alzo la voz
de Robert Smith, intento que conquiste
cada centímetro.
Conduzco –una excepción- tu coche,
el viejo, el de los primeros
jadeos sobre el ring de los cuerpos sudados,
viejo casete con las cintas de siempre:
Cero, la frontera, enemigos, el último...
Vas perdida. Aquí estuviste antes, con otros,
antes de mí. Camino del desguace
te crece por dentro un extraño tumulto.
Callados. Juraría que no viajas
conmigo, en ese asiento, que tocas otros brazos
esta tarde, haciendo kilómetros,
cuando la chatarra del alma nos cose
los labios como a rehenes.







BANDERA

A ella no le importó nunca que fueses
descalzo de la ducha hasta la cama,
que bebieras su leche con galletas
de coco, que mandaras flores rojas,
bombones, besos por teléfono, promesas
en papel de regalo, no,
ni lo más mínimo.

Ella tan sólo te quería –astuta-
para cubrir algunas páginas en su vida.

Para eso tan solo.
Le daba igual que mintieras
como un niño asustado, que la cena
desperdigada sobre la alfombra cada noche,
que la ropa interior –también los viernes-
decorase el salón del piso
como una bandera.







«Animales Perdidos», Plurabelle, 2005.





AGUAS TURBULENTAS

Tu hermana y su novio en el sofá
tocándose bajo la ropa.
Verlos así, cada viernes, con tus padres
fuera, te escocía entre las piernas.
Paul y Art cantaban sobre gente sin fortuna
en una América no tan brillante.
Dolía aún más el sábado noche,
pegada al teléfono, los besos, quiero
tenerte conmigo, cuando vamos a vernos.
Colgar y encontrar en la cama a tu hermana
y su novio desnudos, con hambre atrasada,
y un llanto seco abriéndose paso entre tus manos.
Estabas creciendo, y Paul y Art
tendían un puente para que cruzaras
aquellas aguas turbulentas.
Tu hermana besó a otros novios, también tú,
ambas dejasteis el piso de tus padres.
Los viernes ya no duelen de aquella manera.
No recuerdas aquel amor en la distancia.
Art y Paul también se separaron.
Madrid está imposible.
Humo en el fondo de los días. Este poema
para que no olvides
mil novecientos noventa y cuatro,
para que del dolor y la rabia
no quede más que una flor en mitad
de la calle,
esta sonrisa consumiéndonos.





JUNGLA

El hombre de la grúa no se mordió la lengua:
“Cuanta más gente trato
más quiero a mi perro”.
Entonces no entendimos nada.
Los tres allí apretados, de regreso,
dejándonos la vista en las casitas diseminadas,
sin preguntas sobre familias
que no sabrían de nuestra existencia.
Al cruzar los primeros barrios nos pudo el ajetreo
endemoniado, las bocinas roncas
de pedir auxilio, la trampa del bullicio,
puños en alto, amenazas, gente poco feliz.
Silencio de animales perplejos, impotencia
de hallarnos perdidos,
los tres, ante nosotros mismos,
cada uno a su manera, sin un lugar seguro
donde dejar que las manos
descansaran, sin querer bajarnos de la cabina,
conteniendo el fiero animal
que a menudo nos suplanta
con tristes ladridos en campo abierto








«Picados suaves sobre el agua», Bartleby, 2009.


ARAÑA

Cuando vuelvo la ciudad parece inofensiva. Las luces son arañas que parpadean y te deslumbran. Es el ojo de un huracán: su abrazo te engullirá como animal hambriento. Sabes que no podrás huir más allá de la noche, que te gustaría quedarte, detenido el instante y el motor, en esta zona de descanso. Observar el parpadeo: todo un mundo de posibilidades, de vidas, que agitadas se despiden del día. Te gustaría quedarte así, sin más ruido que tu respiración, el vaho contra la luna delantera. Pero el deseo no vence:
y, en cinco minutos,
estarás allá abajo,
serás otra araña
insignificante,
que no puede escapar
a su propio hilo.



TALGO


El viejo talgo surca la noche de la meseta. Un hombre trata de recordar pero no va más allá de las luces que se divisan lejanas y difusas; casitas y pueblos anónimos descansan en un sueño reparador. El humo sale de sus labios y choca contra la oscuridad de los campos. Sólo sabe que va hacia una ciudad, sólo sabe que trata de huir de su sombra, pero el tren se detiene en todas las estaciones, todos los pueblos, y no hay nadie, nadie sale a recibirle; y el tiempo que cree ganar con el rugido de la máquina es una dulce trampa que, imparable,
le conduce
a su destino.







Aprendiz, de Antonio Luis Ginés
Aprendiz (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013)


TRES GENERACIONES
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Escribía Peter Handke, en su volumen de diarios Historia de un lápiz, que hay dos momentos decisivos en la vida de cualquier hombre: uno es cuando ese hombre es un niño, y tiene un padre que intenta acercarse a él, y el niño se rebela contra el padre, porque le molesta o porque no lo comprende o, simplemente, por esa realidad inevitable que es el salto generacional; el otro momento decisivo es cuando el niño ya es padre y, a su vez intenta acercarse a su hijo lo que es, por los mismos motivos, infructuoso. Entonces es cuando mira atrás y recuerda y añora, y comprende mejor lo que ocurrió en ese primer momento, pero ya sin vuelta atrás, porque no están todos los personajes de esa ininterrumpida fantasía de la repetición. Ahora él será el nuevo padre, mientras que el padre anterior sólo vive en la cabeza de los que lo conocieron. Es así desde que la familia, tal y como la entendemos ahora, es el núcleo central de la sociedad, desde que conocemos el mundo tal y como lo vivimos. Escribe Antonio Luis Ginés:

“Mi única religión es mi familia.”

El poeta cordobés Antonio Luis Ginés, nacido en Iznájar, en 1967, ha debido comprobar que hay mucho de cierto en todo esto y ha querido que estas reflexiones o fotos o postales, constituyan el núcleo central de su sexto libro, Aprendiz, publicado el pasado año 2013 en La isla de Siltolá, en la colección Terra.
Aprendiz es una colección de treinta y cinco poemas, estructurados en tres partes y precedidos de la cita de Roberto Juarroz que inicia el libro y que da con algunas palabras clave: “Pero toda pérdida es el pretexto de un hallazgo.” Pérdida y hallazgo lo son todo. La vida es una continua sucesión de hallazgos que nos hacen rememorar y comprender las pérdidas. Y esos hallazgos ocurren en el presente, cuando el poeta mira a su hija y se ve a sí mismo con sus padres, en ese momento recuerda que hay alguien que ya no va a vivir ese momento tan especial. También ese momento fue especial cuando el poeta era el niño pero, entonces, aún no tenía el conocimiento que ahora ya atesora de los asuntos de la vida.
La primera parte del libro se llama RAÍZ y comienza con el poema “Religión”, de donde he entresacado el verso “Mi única religión es mi familia.”
Desde el principio sorprende el lenguaje claro y llano, coloquial y muy próximo al que usa el propio Antonio Luis en sus conversaciones cotidianas. Nos llama la atención ese giro a lo más usual, especialmente a quienes tenemos presente su anterior libro, Picados suaves sobre el agua (Bartelby, 2005), mucho más en la línea del realismo semisucio que practica algún otro poeta y amigo suyo cordobés, pienso en Pablo García Casado, con quien compartió sus años de primer aprendizaje. Personalmente, no tengo dudas de que este, más llano, más sencillo, es el lenguaje del poeta. Un lenguaje cercano a cualquier lector que se le acerque y  que es poético por el ritmo, por el sonido de la partitura apenas sensible de los versos entresacados del recuerdo.
En RAÍZ vemos una serie de instantáneas del pasado que por algún motivo se repiten. La madre, el padre, el abuelo… marcan estos momentos, a veces recordados, a veces entresacados de historias contadas por sus mayores que lo vivieron, y que siempre vuelven por algún motivo que repite las vivencias. Un sonido, un color, un camino, el mar o el lago o un embalse, o unas paredes empapeladas. Aquí está el poema “Aprendiz”, el que da título al libro. Cuenta una breve historia iniciática, sobre cómo aprendió a nadar, y termina con los versos:


“preguntándome
si esa sería
la única manera de aprender
que me esperaba.”


Sufrir, tragar agua para aprender a nadar, pero al fin aprender. La única conclusión al respecto es que siempre seremos aprendices.

La segunda parte, APROXIMACIÓN, comienza con el poema “Rescoldo”. Me gusta especialmente. Cuenta una conversación telefónica con una tía, hermana de su padre, en la que toma forma toda esa teoría que expuse al principio de Peter Handke. Eso de que hay experiencias, vivencias cotidianas que ya no podremos repetir nunca más. Esa sensación de haber fallado a nuestro hermano, a nuestro padre que


“ahora no está y es su recuerdo lo que arde,
pero a destiempo. Todo lo que no hicimos
sale a flote bajo cada frase;
cada conciencia navega sola
por el ancho mar de la noche
infinita; sólo cada uno sabe, soporta
el dolor de no haber actuado
en el momento preciso,
cuando puedes oír
una voz, una risa, respondiendo.”


Hablo de claridad y sencillez, esa difícil sencillez de la que hablaba Antonio Machado. Pero tendría que hablar de sinceridad. De la rotundidad. Del dolor. ¿Qué podemos pedirle a la poesía? Yo hace tiempo que estoy cansado de las páginas bonitas y hermosas. Y de los chistes más o menos ingeniosos. Necesito algo más. Menos belleza vacía y algo de insatisfacción y, así, más belleza. Algo así, como el poeta cuando habla con su tía y piensa que:


“Su hermano no respira,
una parte de su vida
se ha esfumado con él.”


Y cuando parece que todo está concluido nos golpea algo más:


“Lo que no sabe
es el trozo de mi vida
que se lleva su hermano, sacándome el aire
de los pulmones
en el infinito mar de la noche.”


Este es el poema que más me ha gustado. También la imagen de “Velas”, en el quinto cumpleaños de su hija:


“Mi niña sopla las velas,
mi padre sonríe por última vez;
aún respira, hasta que las cortinas
se cierran para siempre.”


Hay momentos en que vive la belleza y lo hace delante de nosotros, pero no dura, como decía Juan Ramón mucho más de un instante, y casi siempre nos coge desprevenidos. Así, en el poema “Granizo”, leemos:


“Existe la belleza, me esta mirando
con estos ojos de gacela
a punto, siempre,
al más mínimo ruido,
de salir huyendo.”


La tercera parte se titula PESO ESPECÍFICO y aunque en todos los poemas del libro el personaje es el propio poeta aquí lo es mucho más específicamente. Ya habita el tiempo que habitaba su padre pero este no está. La hija hace dibujos
“de trazo incierto” mientras él escribe un poema, “¿Acaso nosotros?”, una especie de poética que explica los poemas de este libro.


“Lo que mi hija quiere dibujar
está ahí. Quisiera hacerlo mejor,
dejarlo todo más claro
pero la casa, las figuras,
tienen su propia versión de las cosas.
No parecen contar con nuestro asombro
para cambiar de vida.”


El otro poema que funciona como una suerte de poética es “Rotonda” en el que leemos:


“Uno escribe sobre lo que ve.
Por eso no quería aquella habitación
con vistas a la rotonda,
donde el tráfico, fluido e incesante,
nos llevaba a escribir
sobre gente que pasa… Preferiría vistas
a la sierra pero no pudimos elegir.”


Este es ya el sexto libro de Antonio Luis Ginés. Yo recuerdo con mucho agrado, Animales perdidos (Plurabelle, 2005) y Picados suaves sobre el agua (Bartleby, 2009) y tengo la certeza de que este Aprendiz es el mejor libro de un poeta, que aunque nunca dejará de aprender, ni de sufrir para hacerlo, va demostrando paso a paso, que la sinceridad y la claridad nos acercan a la belleza. Y, para finalizar una pregunta: ¿se puede escribir poesía elegíaca, sin mostrar el dolor?

Rafael Suárez Plácido
(Texto leído en la presentación de Aprendiz, de Antonio Luis Ginés, en su presentación en Sevilla, el 30 de enero de 2014)












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