Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

lunes, 19 de diciembre de 2016

JAVIER FERNÁNDEZ [2.212]


Javier Fernández 

(Córdoba, 1971). Es ingeniero agrónomo y cursó estudios avanzados de edición en Madrid y en Oxford. Ha vivido en Córdoba, Madrid y Guadalajara (México), y actualmente reside en su ciudad natal. Socio fundador y director de editorial Plurabelle, fundó y dirigió la editorial Berenice y fue director de la Biblioteca Viva de Al-Andalus de la Fundación Roger Garaudy. En la actualidad codirige (con Ana Belén Ramos) la colección Letras Populares de la prestigiosa editorial Cátedra.

Es autor del poemario Canal (2016; ganador del XXIII Premio Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”), del libro de relatos La grieta (2007) y la novela Cero absoluto (2005). Con el heterónimo El ursa publicó el poemario Casa abierta (primera edición como libro objeto en 2000; segunda edición en 2010) y ha realizado diversas intervenciones literarias e instalaciones artísticas. Está incluido en numerosas antologías de poesía y prosa, entre las que destacan Edad presente. Poesía cordobesa para el siglo XXI (2003) y Mutantes: Narrativa española de última generación (2007).

Ha traducido La máquina del tiempo, de H. G. Wells; La reina de la Costa Negra y otros relatos de Conan (2012), de Robert E. Howard; Peter Pan (2011, junto a Ana Ramos), de J. M. Barrie; La mariposa de latón (2010), de William Golding; Fiebre de guerra (2008, junto a David Cruz), de J. G. Ballard; entre otros libros.

Es un experimentado tallerista, responsable de las cuatro ediciones celebradas hasta la fecha del seminario poético del certamen anual Ucopoética (Universidad de Córdoba).

Escribe reseñas de cómic en diversos medios impresos y digitales.

«Mi hermano Miguel murió el 5 / de marzo de 1975, tres semanas / antes de su sexto cumpleaños», con estos versos se abre Canal, un largo poema dividido en sesenta fragmentos y una coda, que investiga las consecuencias en el núcleo familiar de la muerte del hermano mayor. En palabras de Pablo García Baena, es una obra «desgarradora, con una gran carga dramática que emociona desde la desnudez». Con una propuesta absolutamente novedosa, de estética radical, directa y sin concesiones, Canal dinamita los límites entre ficción y realidad.



47.

Mi hermana no puede evitar
estremecerse ante la imagen de su
madre frente a la tumba de Miguel.
Cuenta cómo limpia la lápida
con delicadeza, con fragilidad, con
mucho mimo. Pasa suavemente el
trapo húmedo, una y otra vez.
Coloca muy despacio las flores,
retrocede, mira, vuelve a colocarlas,
retrocede, mira otra vez. Dice que
no es una mujer limpiando una
lápida, sino una madre bañando a
su hijo.  



61.

Mi hermano Miguel murió el 5
de marzo de 1975, tres semanas
antes de su sexto cumpleaños.
La noche previa al accidente, le
preguntó a nuestra madre: «Si yo
no estoy el día de mi cumpleaños,
¿cómo vais a celebrarlo?».






Cojones duros

CARLOS SIERRA | En el fragmento 11 de Canal del poeta cordobés Javier Fernández se lee lo siguiente: 


“Necesito contar todo esto, quiero 
hablar de ello. Y no me sirve otro
lenguaje. Tiene que ser directo, 
seco”. 

He aquí la raíz y la razón de ser de un libro compuesto de un solo poema dividido en 60 fragmentos más una coda final titulada “Dirección prohibida”.

Comencemos por el concepto de escritura entendida como necesidad que hallamos en este texto. No se trata de escribir porque sí o por un prurito de demostrar la maña que uno tiene en este oficio de hacer versos o por un afán exhibicionista o por una cuestión de proyección social e intelectual; es decir, no estamos ante un libro compuesto al albur de todas aquellas razones espurias que llevan a muchos a lanzarse a la pelea con el folio en blanco y que, normalmente, no conducen a nada –a nada bueno, quiero decir–. Aquí existe una necesidad, una pulsión insoslayable, una obsesión insalvable, una fuerza interior que no se puede ignorar y que cada uno resuelve en el mundo de la creación dependiendo de sus artes y oficios. Nos situamos, pues, ante la mejor y más auténtica motivación para llegar a buen un puerto literario.

El “esto” y el “ello” de la cita se identifican con el asunto, con el argumento, con lo que se necesita contar, que es quizá uno de los episodios sobre los que más difícil resulta hablar y escribir versos: la muerte. En este caso, todo se complica porque se trata de la de un niño ahogado en un canal –de ahí el título del libro– tres semanas antes de cumplir los seis años; ese chaval, que se llamaba Miguel, era el hermano del autor, que por entonces contaba solo con tres años y que también por aquellos tiempos defendía a su manera a su hermano mayor: 


“… mi madre 
me preguntaba ¿Qué ha ocurrido? 
Alzaba la mirada y le respondía
orgulloso: Un niño ha pegado a Miguel y yo le he defendido” 
(fragmento 8).


En la raíz romántica del concepto de poesía, es decir, en los parámetros de la modernidad, en estos tiempos posmodernos o más allá, hay que situar la escritura de Canal de Javier Fernández. Es esta la tradición a la que prefiere agarrarse el poeta cordobés para explicar, para expresar que dirían los románticos, esa intimidad herida por la muerte del hermano aún niño. En este sentido, la filiación escogida resulta todo un acierto, ya que es la que mejor se adecúa a un libro de estas características y a la necesidad de la que surge. Por otra parte, concede al poemario una carga emocional que difícilmente podría haberse conseguido de otra manera.

No obstante, el libro no se limita a la expresión subjetiva del dolor profundo del yo poético, sino que traza todo un análisis emocional y familiar del suceso, e incluso sociológico, describiendo en unos cuantos trazos una época en la que los niños, para bien y para mal, andaban solos por las calles, quedaban en los portales de los bloques y jugaban sin estar continuamente advertidos por sus padres o limitados por las verjas de un parque de suelo acolchado. Todo esto se cierra en un ejercicio de metaliteratura con la coda final “Dirección prohibida” y los fragmentos referidos a esta: “La primera vez que escribí sobre/ Miguel fue veinte años después/ de su muerte. Aquel texto lo titulé/ Dirección prohibida. No he dejado/ de reescribirlo desde entonces” (fragmento 56). Así que quizá la coda haya que leerla más como prólogo que como cierre. Pero eso no resta ni un ápice de intensidad al conjunto.

Finalmente, nos centraremos en las palabras finales del fragmento 11 con el que empezábamos esta reseña: “…Y no me sirve otro/ lenguaje. Tiene que ser directo,/ seco”. Efectivamente, la elección de un estilo que corta la respiración del lector, que llama a cada cosa por su nombre siguiendo la recomendación del psicólogo del jardín de infancia (fragmento 4), que no se entretiene en dulcificar la realidad o en esconderla, que se desentiende de retóricas, porque el asunto es lo suficientemente expresivo por sí mismo, caracteriza al conjunto del poemario y, lo que es más importante, lo dota de una eficacia buscada y conseguida.

“Cojones duros” titulaba Carlos Marzal un poema de su libro Metales pesados en el que describía el equipaje que el poeta ha de portar a la hora de enfrentarse a su oficio: “… Y en especial tener cojones duros,/ para no sentir miedo de perderse,/ para el delirio de apostar con fe,/ para adentrarse solo en tierra extraña,/ para el forzoso puerto del fracaso.// Una fuerza moral./ Consiste en eso:/ una fuerza moral contra el destino”. Cuando el destino te sitúa ante la muerte de un hermano a la edad de casi seis años cuando tú tienes solo tres, hay que tener algo más que esos “cojones duros” para hacer un libro tan poderoso, tan peligroso y tan extremo como Canal.

Canal (Hiperión, 2016) de Javier Fernández | 86 páginas | 10 € | XXIII Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”



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sábado, 17 de diciembre de 2016

SUSANA NÁSERA [2.211]


Susana Násera

Susana Násera nace un siete de Mayo en Málaga. Administrativa de profesión encuentra en las letras uno de sus mayores placeres, al que dedica la mayor parte de su tiempo libre. 

Su primer poemario “A contraluz” está escrito a lo largo de varias etapas, en la que ha intentado transmitir diferentes emociones; desde las más nostálgicas a las más intensas o pasionales. Sus poemas han sido publicados en las revistas digitales: Letra TRL, Revista Absolem y en la Fanzine de Maslibroslibres. Uno de sus cuentos fue seleccionado para la Antología Mexicana “Poemas, cuentitos y cuentotes”.



ME GUSTARÍA HACER UNA POESÍA

Me gustaría hacer una poesía
con el hambre de tu cuerpo saciándose en mí.
Una poesía con esa debilidad infinita
que me atraviesa cuando te siento cerca.
Me gustaría escribir
versos con la textura de tu nombre
y el sabor que deja la sal en tu piel.
Quiero escribir a escondidas una pasión que delira,
un tomento que enciende y provoca,
un deseo que arranca gemidos a mis labios
cuando mis manos son tus manos.
Quiero escribir para ti
teniendo tu presencia en el umbral de mi cuarto
desgranando todos mis secretos.
Y el aroma de tu piel envolviéndome.
Quiero hacer una poesía que te acerque a mi
y dejarme llevar al escribir solo para ti.




Te Pienso

Me desprendo de las horas de mi derrota
y te pienso en mi silencio.
Te pienso cómo ave que vuela,
humedad en la piel
y carencia que se desliza desordenada
entre mis certezas.
Te pienso y no puedo dejar de pensarte.
Ternura que respira ante el temblor del viento
y huracán del atardecer.
Con los ojos cerrados te pienso en el color de esta primavera,
y en el aroma de la desnuda ausencia.



Le Escribo A Él.

Le escribo al amor,
al sentimiento, al deseo y la respiración,
al verso infiel y al misterio que desnuda tu voz.
Le escribo a los instantes a escondidas bajo la piel
y al refugio silenciado en tus labios.
Le escribo al hombre atrapado en sus desvelos
y al agua que sacia mi sed, de él.




Poeta de Piel

Enamoran las palabras del poeta
que se deja llevar por lo que siente,
silente.

Fuego incandescente capaz de quemar quemando.

Don para seducir la carne
aromatizando letras con lo mucho y lo poco.
Que dejan en la mayoría de los casos el agrio sabor a nada.


Juglar que enamoras sin mirar consecuencias,
ni medir palabras.
Sólo con tu mirada acorralas emociones
y arrastras.

Poeta de mil mujeres, una musa y cien amantes.
Carne que tiene hambre.

Luz que no se apaga.

Hombre que mientes y no engañas
no hagas daño cuando amas.



Tú 

Tú.
Sí, tú.
Inundas de deseo mi pensamiento
renaciendo en el perfume de las horas.
Luz que incesante grita en mis silencios.

Una vez más, tú.
Me desnudas en cada palabra, encendiendo
miradas, piel y brasas.
Dilatando mi aliento en el abismo de lo imaginable.

Siempre tú.
Desangrándome en cada latido
y estremeciendo -incansable- mi desnudez.

Respiras en todos y cada uno de mis sentidos.




Emociones

Se abren páginas escritas 
con aroma de jazmín 
en el libro de un poeta, 
y me pierdo entre lágrimas y versos, 
en amor y desamor, 
sueños y deseos
que se piden a las estrellas. 

Y viajo entre nubes de hojas secas 
paseándome en el azul del cielo 
entre palabra y palabra, 
lentamente, 
intentando acariciar con mis dedos 
lo que pronuncian sus labios. 

Y existe la distancia y el olvido, 
la luz que viene y se queda, 
y el encuentro que se pierde 
en el rastro áspero de la soledad 
mientras la poesía viste su pasión 
con letras dulces y amargas 
que se escapan al entendimiento y la razón, 
desnudando emociones de sinceridad 
en largo camino hacia la felicidad.



Quédate a mi lado 

Quédate a mi lado
recitándome poemas entre los árboles.
Hoy tiene el cielo su color más azul.
Acurrucada en tus brazos quiero renacer
una y otra vez
muy pegada a tu pecho, respirando tu aliento.
Haz de mi vida esa poesía que no espera, se entrega y vuela...
Aire, tierra, mar. La casualidad.
Tú.




Desnúdame tú

Me desnudo en la palabra, en el verso, en el sentir eterno, en cada goce, en cada aliento, desnudo todo mi ser para poseer el aroma que envuelve al viento. 

Y me ahogo y respiro y afirmo y me dejo llevar por impulsos que no tienen fundamento al escribir palabras que reposan a la luz de la luna. 

Encendida me tienes, apagada plata en el universo. 

Y no lo niego, me duele el sueño, me quema y arde por dentro y en todo momento me pierdo y no me encuentro y luego, más tarde, solo sé que te pienso y tiemblo al pensar que en tus brazos me pierdo. 

Desnúdame el alma y el verso y la carne y el sentimiento cuando hablo y la luz prende emociones en la oscuridad. 

Desnúdame solo tú, lentamente, tú 

adagio en mi piel tú.



Cubres de caricias la clandestinidad

Vistes el recuerdo con mi nombre, deshaciendo pigmentos de luz entre gotas que se escapan a la lluvia. 
Arremete sigilosa la afonía en tu oscuridad. 
Cierras la ventana, la habitación tiene sombras que se marchan escondiéndose de cada palabra. 
Y desvelas cada noche lo prohibido entre sábanas arrugadas. 
Resuenan campanillas azules en la luz del crepúsculo. Rojo. 
Alas envueltas en piel recorren tu cuerpo desafiando a la excitación. 
Buscando refugio en los balandros que navegan con cautela, repletos de caricias por desembarcar. 
Encadenado a un sin sentido, extenuado por lo indebido, naufragas en la tempestad. 
Ahora sí tiene certeza la luna de tu delirio. 
Desarmado en la orilla, descansa entre brasas la espuma blanca. 
Sigue lloviendo dentro de ti. 
Y de mí. Lirio.

Un instante duró mil horas, desvistiendo de silencios palabras ordenadas. 
Cubriendo de amaneceres tu pensamiento. 
La luz de la mañana no es diáfana, se convierte en opaca. 



Aprendí

Aprendí a encontrar en el silencio 
la cara oculta de los astros. 
Mitigando las ausencias en cada orificio lunar. 
Desgranando palabras que se pierden en mis venas. 
Insistiendo en acariciar la sensatez 
con mi demencia. 
Atreviéndome a pedir el universo 
a la noche muda. 
Refugiándome en la condena de las sombras. 
Aprendiendo aprendí que el amor se mide en sueños que no se cumplen 
y en palabras intransigentes que son impermeables a la lluvia.



Eterna distancia

Tiene la ausencia 
la textura de las flores secas, 
y un olor a lavanda 
que hace que el abandono 
no tenga conciencia 
de los sueños que aún quedan 
en la distancia eterna 
y sombría. 
Tiene el deseo 
un sendero plagado de besos 
por desmembrar 
y un soneto con catorce versos 
sin terminar. 
Con sabor a viento 
se balancea altanero 
entre las olas del mar. 
Entre verso y beso 
hay promesas que salen del contexto 
y buscan algo más. 
Escupe el viento
espuma blanca 
que se difumina en la húmeda sal.




De piel

No me rompas la piel, 
rómpeme el deseo. 
Mojando mis puntos cardinales 
con tu boca. 
Bailando mi palabra y mi certeza 
en las estaciones de tu cuerpo. 
Manchando de saliva la poesía que me habita 
hasta difuminarla en los bordes de tus labios. 

No me rompas la piel, 
rómpeme el destino. 
Acuchillando mi carne con las vibraciones de tu cuerpo. 
Engullendo sombras entre sábanas blancas. 
Perfilando caricias con palabras. 
Escribiendo las entrañas de tu nombre 
en los instantes de luz. 

No me rompas la piel, 
rómpeme la muerte. 
Lamiendo la ausencia de tus ojos 
en la oscuridad del silencio. 
Despoblando de jazmines las caricias en mis muslos, 
vistiéndolos en las sombras de lo impronunciable. 
Preñando la lujuria de mi boca con las raíces de tu nácar. 
Descansando en mi vientre, consumido por el abandono.




Una poesía

Me gustaría hacer una poesía 
con el hambre de tu cuerpo saciándose en mí. 

Una poesía con esa debilidad infinita 
que me atraviesa cuando te siento cerca. 

Me gustaría escribir 
versos con la textura de tu nombre 
y el sabor que deja la sal en tu piel. 

Quiero escribir a escondidas una pasión que delira, 
un tomento que enciende y provoca, 
un deseo que arranca gemidos a mis labios 
cuando mis manos son tus manos. 

Quiero escribir para ti 
teniendo tu presencia en el umbral de mi cuarto 
desgranando todos mis secretos. 

Y el aroma de tu piel envolviéndome. 

Quiero hacer una poesía que te acerque a mi 
y dejarme llevar al escribir solo para ti.




Luz difuminada

Me inyectas poesía directamente en vena, 
desbaratando sílabas en el tiempo. 
Comiéndote las ganas obstinadas de mi deseo. 

Atando retazos de una verdad desordenada 
a las brumas de tu nombre 
para llegar a la plenitud de mi mirada. 

Y te cuento de mi abandono, 
de las noches en penumbras 
y las tardes enrevesadas en la inquieta distancia. 

Imaginando que se difumina la luz apagada del silencio 
venciendo el hambre por tus besos. 
Desnudando mi anhelo
cuando quiere descansar mi aliento en tu pecho.






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jueves, 15 de diciembre de 2016

YAGO MELLADO [2.210]


Yago Mellado

Cordobés nacido en Cáceres y residente en Granada, Yago Mellado López se mueve entre la filosofía política, la música y la traducción. De su trayecto académico quedan publicaciones como La política de los desconocidos (Astrolabio. Revista Internacional de Filosofía de la UB, 2006), Le bateau imaginaire (con I. Delcroix, en Mythe et création 2, L’Université de Savoir, 2007), Las secuelas del posmodernismo (con E. Díaz Álvarez, Fund. Cidob, 2009), El antisemitismo y la politización de la identidad judía (Constelaciones. Revista de Filosofía Crítica, 2012) o su tesis doctoral El Anarquismo en el espejo judío (UPF, 2013), actualmente en proceso de edición por la Fundación Anselmo Lorenzo. Su actividad como traductor se ha centrado, a su vez, en el campo de la filosofía política y la agroecología.

Actualmente forma parte del proyecto Faluka, afincado en Granada y dedicado al estudio e interpretación de las músicas tradicionales del Mediterráneo. Cartografía de una tangente, su primer poemario, publicado por Esdrújula Ediciones a comienzos de 2016, recoge una selección de poemas escritos entre 2000 y 2005, registro de un trayecto interior posible en el marco de una persistente itinerancia.





Selección de poemas del libro Cartografía de una tangente *




Lo primero que cae son las fechas. Hoy es día uno. Se acaba de inaugurar el tiempo. Todo ha quedado reducido a una isla, donde solo existe lo que toco, solo duele lo que lloro, solo late lo que pienso. El resto se deslizó entre los dedos. He querido agarrarlo a gritos, corriendo, el pecho abierto… y finalmente devorarlo el aire ante mis ojos desiertos. Queda la ausencia, saberse en su vacío. No sé cuánto, cuánto su huella hablará de sí misma.



Apercibido del aire

Voy a deshacer
a bocados
mi propio vocabulario

Las palabras enredadas
marañas
en un paladar de piedras
pelaje uniforme de metáforas
y lo indecible
por la sien
como paraguas

Hoy el encuentro es seco
y lleva agregado el polvo

Ardieron los personajes
y ya nadie recuerda el viento
Te escondes entre la hierba
como lo hicieran ayer mis dedos en tu sexo

Hoy no termina nunca
Es sangre verde
Sangre deshecha
La tierra mastica tu boca
aunque no quieras



*



Soñaba con inviernos
No con el frío
Ni sus árboles arrebatados
Era con una ausencia calma
Con su silencio
Era su viento a carreras
arañando la tierra

Soñé la ligereza del frío
su precisión
su victoria sobre el tiempo



*



Se graban mis mañanas
apuntalando mi cuerpo desoído
con las aristas de las aceras

Los días aéreos vagan
tratan de borrar la memoria
con la barbilla alzada al cielo

Pongo veto a los rígidos tornillos
que me enclavan a la tierra
Sigo el rastro que pertenece a la vaguedad
la libertad de la imprecisión
ventanales abiertos
a mi reflejo
crónicas de crítica acelerada
restos de mi silueta
que se hizo sombra
y va lamiendo ciudades
robándoles el tiempo

Libertad de ser negados
abrazados a las tangentes
de nuestra sombra



*



Huida

De nuevo los pies a la carrera
llenos de pasos
para devorar el tiempo

Ante las amenazas del vacío
me meto el mundo por dentro
me lo inyecto en los labios
y en el pecho

No proclamo nada, Valente
ni la ceniza
pero todo lo levanto
compulsivo
para dejarlo caer a cada instante

Anular la ansiedad a base de movimientos
Y los labios se alejan
Se deshace el mundo
evaporados los hilos de su secreto

No queda más que madeja
madeja enredada
inservible
madeja deshabitada



*



Las cosas se quedan
se van quedando
Empujadas en trenes perdidos
desde memorias revueltas
desde sueños irrevocables
se van quedando
Entraron en silencio
o no entraron
se hallaron
—a medias extranjeras
a medias de siempre—
con la certeza de que ni el viento
ni un golpe de mano
ni el viaje que nunca haremos
van a arrancarlas de nuestro lado



*



Son fronteras de cristal. Una ventana, por ejemplo. Afuera la noche inmensa. Acá adentro otra cosa: la casa: casa. Ese lugar desde el cual la noche ya no es inmensa: es noche. A secas. Una anécdota. Un ardid. Un artificio del lenguaje donde colocar eventos. Litros de vida irremediablemente allí dispersos. Un salto con color de comienzo. Un cierre que se guarda en secreto.





Los días aéreos de Yago Mellado

Por Joaquín Pérez Azaústre.

La poesía  de Yago Mellado es una perspectiva desde el centro del mundo. Y aquí el poeta es su propio centro, el origen del ser –tiempo y espacio-, como una proyección que se mueve del sitio sin desplazar el paso de su voz, que atraviesa sus propios atlas personales, sus nuevas geografías reconvertidas en experiencia íntima, para hablarnos siempre desde dentro, desde ese núcleo íntimo, por debajo del manto y la corteza, proyectado sobre la inmensidad. Elegantemente editado por la nueva y prometedora editorial Esdrújula, de factura plástica, Cartografía de una tangente es, a todas luces, un libro necesario para su propio autor. Nada hay en él de mera poesía de circunstancia o geográfica, de fedataria íntima de la propia vivencia; hay, en cambio, una visión plural de la existencia, multiforme y dinámica, cambiante, adormecida, dentro de los pliegues de la realidad, por encima y debajo, entre los agentes corrosivos del clima y la intemperie abierta de los años que nos van devorando. Dividido en tres partes –Las huellas, Fotografías y Recetario-, Cartografía de una tangente nos propone un viaje existencial, que se va perfilando desde sus elementos, empezando por el propio bautismo cenital de vocablos, que nacerán de nuevo: “Voy a deshacer / a bocados / mi propio vocabulario”. Pero el lenguaje también corre su riesgo: “Las palabras enredadas / marañas / en un paladar de piedras”. Finalmente, la verdad mineral acaba siendo más fuerte que el deseo verbal, porque: “La tierra mastica tu boca / aunque no quieras”.

Un ritmo frenético, entrecortado, limpio, en una poesía libre, sin puntación ni pausas, que se lee con la respiración. Hallazgos sensoriales, oníricos y amplios, con el sujeto poético vertido en su verdad mineral: “Hilaba la rueda el río / seco avanzaba su cauce / de tierra, cantos y piedras / vagabundo del aire”. También el propio poeta se nos muestra como ese mismo “vagabundo del aire”, que va viajando por su propia biografía afianzando cimientos de una geología íntima. O, como nos dice en otro poema: “Soñaba con inviernos / No con el frío”. Esencialidad pura, ese estancamiento de palabras que alcanzan su propia sonoridad plena, con su grito semántico en el silencio previo a la creación. Pero también la vida más cercana, con su experiencia de cotidianidad, está presente aquí, en la mirada totalizadora del poeta: “Pasa la voz metálica de los autos / pasan / la pretensión esteta de los tacones / y lo aéreo de sus faldas / pasan / luces de noche / manos ciegas / y el eco de su paso”, como también pasamos nosotros al leerlo, porque es la calle del aire, en el humo de la conversación, pero también el milagro primitivo y amplio de una contemplación que abarca todos  los confines del retrato.

Hay también otros versos que pueden funcionar como poética, porque seguramente son el corazón del libro. Pienso especialmente en dos fragmentos: “Ante las amenazas del vacío / me meto el mundo por dentro / me lo inyecto en los labios / y en el pecho”. Para eso, precisamente, habitamos el cuerpo del poema: para interiorizar la hostilidad de la existencia, pero también su claro mutismo atronador. Pero ¿y después de la escritura? Entonces tenemos el segundo fragmento, perteneciente a la misma composición, que también podría ser una poética de todo el libro, porque lo condensa y lo define: “No queda más que la madeja / madeja enredada / inservible / madeja deshabitada”. O la imposibilidad de la poesía para sacarnos de nuestro estado de sitio, como comprobamos después, con esos “ojos / abiertos / devorando / la distancia / sin moverse del lugar”. Ese ”sin moverse del lugar” me parece definitivo en la propuesta poética de Yago Mellado, en su mirada abierta y pálida, pero también completa y muscular, en el telar de un libro que no resume el mundo, pero que sí lo habita y lo respira, gracias a ese ritmo recortado “con las aristas de las aceras”, en esos “días aéreos” que “vagan / tratan de borrar la memoria / con la cabeza alzada al cielo”.

Su cuerpo nombra al aire y se bebe el silencio: “Hoy es día uno. Se acaba de inaugurar el tiempo”. También inauguramos una nueva poesía, de honda sencillez y altura metafórica, que diversifica las propuestas poéticas a través de unas prosas de íntimo lirismo, pero también del aluvión de elementos captados de la realidad. Cuando se dice “El periódico marcó hoy máximas históricas”, Yago Mellado no nos saca del poema, sino que introduce la actualidad en la intensidad lírica: porque todo es verdad, tensión primera, y no retablos fuera de la escritura de la realidad. Sin embargo, tampoco su escritura se reduce a una intención fotográfica, sino que enfoca la vida con el visor más amplio, dentro y fuera de nosotros, volando por encima del mapa hasta apresar sus límites, y después olvidarlos.











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jueves, 8 de diciembre de 2016

JOSÉ MARÍA VELÁZQUEZ-GAZTELU [2.209]


José María Velázquez-Gaztelu

Escritor y poeta, nació en Cádiz y pasó su niñez y juventud en Arcos de la Frontera. Reside en Madrid. Ha publicado tres libros de poemas: La ceniza (Carabela, Barcelona, 1967), Ritos (Adonais, Madrid, 1971) y Los límites del desierto (Visor, Madrid, 1998), presentando éste último en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, y en el Ledbury Poetry Festival, Inglaterra, con ilustraciones musicales del guitarrista Paco Cepero y la cantaora María Vargas. 

Sus poemas han aparecido en distintas antologías y en revistas especializadas. Ha sido coguionista, entrevistador y flamencólogo de las series de TVE “Rito y Geografía del Cante” y “Rito y Geografía del Baile”, 113 programas con la presencia de Pilar López, Antonio, Pepe Marchena, Antonio Mairena, Caracol, Paco de Lucía, Menese, Camarón, Morente, Antonio Gades, Manolo Sanlúcar, etc. Ha dirigido y producido discos donde han intervenido Pedro Bacán, Fernando Terremoto, José Menese, Manuel Morao, Pedro Peña o Carmen Linares. 

Como guionista y documentalista cinematográfico, trabajó durante cinco años en el antiguo No-Do, y para el Canal 13 de la Televisión Mexicana escribió y realizó la serie “El Camino de la Rosa”, rodada en Marruecos, México y España. Ha sido asesor de Basilio Martín Patino para la serie de televisión “Andalucía, un siglo de fascinación”. 

Por encargo del Festival de Sinaloa, México, escribió y dirigió el espectáculo “Músicas y danzas del flamenco puro”, con El Güito, Carmen Linares y José Mercé. Es colaborador asiduo del sello discográfico RTVE Música, para el que dirige la Colección Nuestro Flamenco. 

Representando a RNE, consiguió en la República Checa el Premio BRNO con el programa “Los palmeros”. 

Con motivo del “Día Especial Euroradio 94”, y desde el Teatro Monumental de Madrid, dirigió y transmitió en directo para toda Europa e Israel el Concierto Flamenco de Navidad. 

Colaborador del Instituto Cervantes y de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales, ha pronunciado conferencias en universidades, centros culturales y conservatorios de España, Marruecos, Inglaterra, Jordania, Egipto, Estados Unidos, Líbano, Siria, Francia, Japón, Alemania y Holanda. 

Por encargo del Festival de Teatro de Almagro escribió en 2001 el espectáculo “De mis soledades vengo. Los clásicos y el flamenco”, que se representó en 2002 en el Teatro Real de Madrid. 

Desde 1984, escribe, dirige y presenta el programa de Radio Clásica, RNE, “Nuestro Flamenco”. Actualmente es responsable de las páginas de flamenco de El Cultural y dirige la colección Rito y Geografía del Cante, una serie que se presenta con nuevo formato, totalmente restaurada y ampliamente documentada, de la que es también autor de los textos y de la investigación. 

Recibió el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología en 1972 por la serie de televisión “Rito y Geografía del Cante”; en 1979 por sus artículos y reportajes sobre flamenco, publicados en diarios y revistas; en 1997 por su programa de radio Nuestro Flamenco, de Radio Clásica, RNE, y en 2008 por la dirección, documentación y libretos de la nueva colección “Rito y Geografía del Cante”. 

Es Medalla de Oro del Festival de Arcos de la Frontera, Premio de la Crítica Flamenco Hoy 2003 y 2006 a su labor de difusión del arte flamenco, Insignia de Oro de la Asociación Cultural Flamenca Manuel Soto Sordera, de Jerez de la Frontera, Insignia de Oro de la Peña de los Pueblos Blancos, de Arcos de la Frontera, Cádiz, Premio De Flamenco.com 2006 por la nueva colección en DVD Rito y Geografía del Cante, Premio del Festival Internacional del Cante de las Minas 2006 por la nueva colección en DVD de Rito y Geografía del Cante y en 2007 en el apartado de Poesía. 

Es Gaditano del Año 2006 en el apartado de literatura. 

José María Velázquez-Gaztelu ha sido galardonado con XI edición del premio Fray Luis de León de Poesía, EN EL AÑO 2015, por su obra Cuadernos de la eternidad. 


EL REGRESO DE ULISES

Has visto
los labios sellados con piedras del desierto,
el sueño que se extingue,
los ojos, ya huecos, quemados por el fuego
de los pozos de petróleo, el trueno
de los gritos cruzando las turbias galerías
sin luz de Abu Ghraib,
las plumas del buitre carroñero
sobre el mármol de la pila de abluciones,
las sombras que se mueven y acuden a los ritos
que invocan el presagio,
las torres del hotel Palais Jamais y abajo, abarcando la medina,
el lamento del muecín hundiéndose en la noche,
el eco redoblado en las mezquitas,
el canto tribal de los esclavos,
la leve claridad de redención cuando amanece
y se doran las cúpulas de Fez, ciudad de turbación y de clemencia.

Has visto
el tálamo vacío, la seda carcomida en los telares,
el pomo azul de cuarzo estrellado contra el suelo,
no hueles su perfume, lo adivinas en la fiebre y la vigilia,
Penèlope y su rostro nublando los espejos,
y lloras por tus hijos -venganza de la ausencia,
el haberlos tenido tanto tiempo en el olvido-,
que murieron perseguidos por las bombas
en las calles de Bagdad.



YOKO

No viene del aire la oscuridad
sino del viejo salón violeta que habita Yoko,
cuando pasa fugaz su sombra
disolviendo las cortinas
y el vapor de los espejos.
Entre sus manos ofrece
la flor marchita del ritual del humo
purificado en la urna del Templo de Senso-ji.

Igual que su memoria,
imprecisa en el origen
del ocaso que lento la va envolviendo,
Yoko perfila un color
en su recuerdo dormido,
intenta rescatar la silueta
azul del Monte Fuji, el interior diamante
de luces del barrio de Shinjuku.

Vive entre sueños, atravesando
la espuma viscosa del lupanar,
y un leve fulgor se posa sobre sus ojos ciegos
mientras la noche se abre
al susurro profundo
del mar de Tokio.



EL JARDÍN EGIPCIO

Regresar a un jardín habitado por las sombras
como aquel, silencioso, que sirve de frontera entre las aguas
del río inabarcable y la grada de piedra que baja sinuosa
del hotel Safir, de El Cairo.
Allí nacen sonidos de otros tiempos,
lejanos en su ronca salmodia apagada por la niebla.
Murmullo profundo, invisibles pescadores
que flotan con sus cantos en espacios cercanos a la muerte,
maestros en el arte de faenar en la hondonada,
en las turbias corrientes y el bullir
del lodo que viene del desierto
y que arrastra con vigor el Nilo.

Regresar a un jardín donde renace
la huella de los sueños que se posan
sobre el aire sagrado del viejo corazón
de un río prisionero de la historia, de la guerra y de la magia,
y oír, en la quietud que marcan los abismos
del cauce que se extiende por el mundo,
las palabras secretas que ocultaron
los reyes de estas tierras
y que nunca nos fueron desveladas.



LA COPA VACÍA

Cae la noche sobre las columnas de mármol que sostienen
las terrazas más altas del Hotel Sham Palace. A sólo un paso
de allí, en la débil frontera que separa la vida del aniquilamiento,
la bestia se relame oculta entre las sábanas channel
degustando la sangre derramada en la última mezquita.
Debajo de nosotros se extiende la ciudad iluminada
como un manto de fuego que sube hasta los montes
que rodean a Damasco, eterna visión que se interrumpe
cuando pasa veloz sobre los templos
el pájaro que vuela hacia la muerte
del vecino país, buscando carroña en las ruinas.

Belleza y destrucción caminan juntas, al silencio le sucede
la turbia algarabía de gritos y de sangre después de la explosión
en un mercado, al rito de la dicha lo señala la sombra inabarcable,
al abrazo de la amante lo cubre el exterminio, y al cuerpo fugaz,
desnudo en la tormenta, el amargor
de tu risa helándose en la copa
vacía mientras llueve en las terrazas
más altas del Hotel Sham Palace.




REVELACIÓN

Una mañana de niebla
caminas por la Plaza
de los Libreros del Gran Bazar de Estambul,
y una voz que no conoces
dice de pronto en la tienda
de Muzaffer, el viejo
sheik de ojos azules:
"Sabiendo lo ya que sabes,
mantente también sereno
lo mismo que una montaña".
Te oigo, Hakim Sanai, la flor solitaria de los desiertos,
escribiste doce mil versos
en tu jardín amurallado
de la verdad secreta,
pero éste me atribuló, mientras camino
sobre la piedra brillante
acariciado por el eco
de los pregones, y en la ceguera
de un resto de luz que no se extingue
me afano por encontrar
lo que pude saber un día
y el paso torrencial del tiempo,
que nunca tiene retorno,
lo fue ocultando.







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