Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

sábado, 19 de febrero de 2011

266.- JOSÉ ANTONIO GÓMEZ-CORONADO


José Antonio Gómez-Coronado Vinuesa (Sevilla, 19 de marzo de 1978). Poeta español, ganador del Premio Adonais en 2001.
Se le considera representante de la nueva poesía andaluza. Es médico de profesión y actualmente realiza la especialidad de ginecología. En paralelo con sus estudios se aficiona a la poesía y frecuenta tertulias de jóvenes mientras empieza a componer sus primeros versos.
2001 sería su gran año. Recibe un accésit del VII premio Universidad de Sevilla en la categoría de poesía con su libro Números. Poco después, es galardonado con el prestigioso premio Adonais de poesía por El triunfo de los días. Participó en la antología Veinticinco poetas jóvenes españoles. En el 2005 se publica su tercer libro, La derrota del sol.
Obra
Números, Universidad de Sevilla, 2001.
El triunfo de los días, Editorial Rialp, 2001.
La derrota del sol, Fundación José Manuel Lara, 2005.





X

“huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.”
QUEVEDO


Como los ríos, huyes y te escapas.
Como los ríos, siempre permaneces
porque en tu nombre están todos los nombres
y en tu llanto las lágrimas
de todos los que lloran,
porque en tus ojos miran mil miradas
y en tu sueño se apagan mil pupilas.
Tú te transformas incansablemente.
Tú te transformas para ser el mismo:
de la ciudad en ruinas
sólo el río es igual a su principio
pues sólo lo que cambia permanece.
De la transformación
lo eterno es ella misma.
Lo que no fluye y cambia y se convierte
muere en su propio cuerpo, que es su tumba.
Lo que está quieto pierde siempre el nombre
porque el tiempo lo asume en su silencio.
Pero tú ganas vida y te renuevas
cada vez que otras vidas te conforman
y te usurpan la voz y te construyen
y te abandonan luego en otras manos.
Como los ríos hablas y te escuchan
y tus palabras no las sabe nadie,
tan largas en tu boca porque nunca
son las mismas que antes pronunciabas.
Como los ríos son tus largas manos
que dan forma a la tierra donde pisan
para labrarse así su propia forma.
Como los ríos naces y renaces
porque el agua es la misma entre tus dedos:
siempre huyendo de ti, siempre llegando,
siempre mirada sólo en un instante
de ese instante continuo que te observa.
Siempre buscada dentro de ti mismo
asumiendo los nombres que te asignan.
Como los ríos buscas y no encuentras
más que tu propio fin, que es tu principio.
Después de andar los meses y los años
y de correr tan lejos como el viento
ves que tu luz es siempre la primera
y que la edad no ataca tus dominios
porque el tiempo no sabe
destruir lo que fluye.
Como los ríos nadie te conoce,
nadie sabe quien eres, todos dudan
de ese instante continuo que te mira.
Escapado del tiempo, transformado,
nunca hallado en tus aguas ni en tu cambio,
huido hasta de ti mismo, dí, ¿quién eres
sino una multitud de un sólo cuerpo
sino un nombre habitado por la nada?








( Números )

III

Me asomo y oigo al viento, y es el aire
lo que mis ojos ven hacia lo lejos,
como si en estos campos, todavía,
hubiera nombres nunca pronunciados,
como si fuera nueva para mí
la vida en cada rama, en cada hierba
y el tiempo en los caminos. Desde el alto
todo es volar al fin, todo es silencio,
cada lugar es todos los lugares
donde fui derramando con mis huellas
el recuerdo feliz de un paraíso
que se perdió callado en el olvido.
Me asomo y, a lo lejos, en su calma,
las encinas parecen mil soldados
aguardando tal vez nuevas batallas
y una voz que las lleve a la victoria.
Me asomo y veo el mar, y son los trigos
susurrando el secreto de la vida
que de lejano, suena ya perdido,
como el sueño tal vez, como el silencio
de las piedras. Y mientras, contemplado,
todo es quietud y todo se transforma
todo nace al instante, todo muere,
todo sabe su oficio y sólo el viento
lentamente se escapa y lo repite
para que todo sepa cada día
su principio y su fin, para que todo
sepa llegar viviendo a su infinito:
desde un ocaso a otro, desde un alba
hasta la eternidad de cada vida.

( El alba, El triunfo de los días )






XXIII

Nuestros ojos, que rompan el sol de medidodía,
nuestras manos al viento del invierno
para oírlo decir nuestras palabras,
y nuestros cuerpos,
vivos aun más allá de sus prisiones,
que hagan suya la luz,
que sean luz y norte
para amar tus caminos.

Por nuestros labios todo será eterno,
por tus calles la voz de nuestras almas
seguirá otra vez más por lo que fuimos,
mundo,
desde tu fondo al cielo
por el sol infinito de unos ojos cerrados
que aun quieren florecer.

Nuestra voz, que retumbe, nuestros días
que lleguen,
y en su pozo más hondo
que despierte la tierra,
y en su altura más honda
seremos lo que fuimos
para amarte, sí, para amarte.

Tus palabras son sólo
tu eternidad, tu noche, tus contornos,
la inmensidad de cuerpos que te habitan,
pero yo soy tu voz por donde el viento,
por donde el ser convoca nuestros pasos.

(Alma que vuelve y huye
y va lamiendo
con su lengua los párpados que se abren
al mundo antiguo
donde siempre tus labios fueron tuyos
y tus palabras tuyas
y tu condena tuya
y nuestro sueño tuyo,
de ser libres y libres, sí,
pero en tu mismo cuerpo y con tu alma.)

Nuestro cuerpo, que sea
larga orilla en tus playas solitarias,
mío ya de tan tuyo, nuestro,
y a la luz sólo uno
y en el nombre ya uno, siempre,
desde su mundo al mundo y para siempre.

Y a los ojos del mundo y a la tierra
y a la luz de tu noche, grita
que regresen a mí, como en el tiempo
en que seremos uno, como fuimos
ya tantas veces, dioses
por otro afán más alto,
para amarte, sí, para amarte
como dos labios que susurran
una misma palabra.








XXIX

El sol de los derrotados
brilla sobre nuestras almas.
La luna de los vencidos
sobre nuestros cuerpos. ¡Alas
por donde nace la luz
para otra luz más lejana!
¡Labios, para gritar en silencio
siempre las mismas palabras,
los mismos sueños al viento,
al fuego, a la tierra, al agua
que repiten nuestras bocas
sin descanso. Cuando el alba
sea nueva aún y eterna,
naceremos; cuando el alba
rota de voces secretas
nos junte eternos, nos abra
su luz para nuestros ojos,
naceremos.

Y otras voces y otros siglos
-al sol de los derrotados
y a la luna-, ya sin almas,
serán cuerpos que recuerden
en ti, todas tus palabras
y tus nombres,
y que traigan por el viento,
sobre sus cuerpos, el alba.










XXXII


A Paula Copado


No moriremos nunca tú y yo:
seremos luz.

Nos salvará el dolor, la vida
tantas veces negada.

Cruzaremos los campos
eternos del otoño,
la fatiga del sol por el invierno.

Seremos luz. Los años
no rendirán nuestros cansados cuerpos.

Tú y yo por los caminos,
escapados, huidos de nosotros,
no moriremos nunca;
no podemos morir
después de tanta sombra en nuestros ojos,
después de tanto abismo en nuestros pasos.

Seremos luz para otros ojos ciegos,
orillas para el mar de los perdidos,
como fuimos nosotros tantas veces.
No moriremos nunca,
ni tú ni yo: luz ya, sin cuerpo.






1

Ver esta luz es ver que te has marchado,
es otra luz distinta,
otro cuerpo cayendo a su silencio.

Miro y veo la noche
incendiarse al recuerdo de tus ojos:
lejos de mí, muy lejos
estará tu mirada
sosteniendo crepúsculos
desde su ocaso triste,
escrito entre tus dedos, hasta el fondo
callado de la noche.
Allí te busco, allí,
río de viento verde,
allí donde has nacido
solamente naciendo de ti misma,
parecida a ti misma, en otra luz
acaso más lejana,
silenciosa, distinta.
Allí te busco, allí
juntos todos tus nombres
estarán inventando
ríos nuevos, colores,
alegrías, estrellas, universos,
solamente naciendo de ti misma.





2

Nada guía mis pasos,
sólo tu ausencia mueve
alrededor de mí las estaciones.
Junio llegó con hambre de nostalgias,
ebrio de luz, cansado,
recorrido mil veces,
acabado sin luz para mis ojos,
sin tu boca besada entre mis labios.
Marzo fueron palabras:
ecos, cartas, poemas,
melodías,
una a una y a miles
esperando tu voz que me dijera:
"Sólo mi voz para tus tristes pasos";
tan lejana, tan alta, tan ansiada,
repetida mil veces como un sueño
al que llego cansado cada noche.
Nada más que tu ausencia mueve al tiempo.
En enero, las sombras; puñalada
nacida en mis entrañas,
sangre que busca sangre y agonía,
una sangre sin nombres ni contornos,
sangre en mi pecho, en todos mis costados,
metal largo de labios que se afilan
al entrar en mi cuerpo como tristes
naufragios.
Y noviembre,
oscuridad sin nombre, laberinto
sin salida ni rumbo,
madrugada de ciegos
incendiados de voz en el recuerdo,
llanto, grito, desgarro silencioso.
Eras tú nada más y era noviembre,
sueño ajeno, perdido,
faro de luz lejana
en medio de la noche,
río de viento al fin
al filo de unos labios
siempre en fuego: los míos.
Y yo viéndote arder en cada grito
tendida vertical entre la lluvia.





3

Ya no estarás. Te habrás ido.
Y al salir del laberinto
oiré tu ausencia. Y el viento
navegará nuestras noches
a través de sus distancias.
Una voz irá a lo lejos,
fuera ya de nuestros labios,
recorriendo lentamente
a mi través, otras playas
gastadas por otros mares
olvidados.
Entre mis huellas, un río
navegará nuestras albas;
entre mis huellas, que aún pisan
las sendas tristes,
los labios tristes que buscan
otra voz y otra morada.
Sobre los rostros del viento,
a través de tus palabras
lentamente pronunciadas,
madurarán
incendios, nacerán noches,
renaceremos. Y el viento
a través de nuestros nombres,
repetirá lentamente
tus palabras y las mías
en su voz. Y moriremos.


265.- ERIKA MARTÍNEZ




Erika Martínez (Jaén, 1979) es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Teoría de la Literatura. Su primer libro de poemas, Color carne (Pre-Textos, 2009), fue galardonado con el Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España. Junto con Álvaro Salvador, ha realizado la edición y el prólogo de Me incitó el espejo (DVD Ediciones, 2010), antología del poeta chileno David Rosenmann-Taub. Es responsable también de la edición de los libros Quiroga íntimo (Páginas de Espuma, 2010) y La voz en bandolera (Visor, 2007), antología de la poeta argentina Diana Bellessi. Forma parte del Consejo de Redacción de la revista Letral y tiene una columna en el diario Granada Hoy. Actualmente desarrolla su labor investigadora en La Sorbona (CRIMIC, París IV). Su página web es www.erikamartinez.es



LA CASA ENCIMA

Tantos siglos removiendo esta tierra
que ha pisado el ganado
y alimentado al ganado y a los hombres
que regaron esta tierra
con el cauce negro de su sangre
–la sangre cambia de color fuera del cuerpo–.
Tantos siglos alineando ladrillos,
aquí hubo un establo
sobre el que se construyó una iglesia
sobre la que se construyó una fábrica
sobre la que se construyó un cementerio
sobre el que se construyó un edificio
de protección oficial.
Tantas mujeres fregando sus baldosas,
pariendo en sus baldosas,
escondiendo la mierda debajo de las baldosas
que pisaron sus hijos ebrios
y sus santos maridos
que trabajaron y fornicaron
por el bien de un país en el que no creían.
Tantos siglos para que yo,
miembro de una generación prescindible,
pierda la fe en la emancipación,
mire el techo de mi dormitorio
y se me venga la casa
encima.




CARAMELOS

¿A quién le importa si fue sincero?
Jugaba a las canicas en mi espalda
y se tragaba mis pulseras
como un faquir.
Yo le soplaba la pelusa del ombligo.
Lo llamaba su alteza por las noches,
al levantarnos malandrín.

La última vez, lamí su piel de chuchería
hasta que no quedó ni rastro.
Su pene se escoraba hacia la izquierda,
igual que su nariz.

(Color carne, Pre-Textos, 2009)





LO SUBLIME

Observo con desconfianza la máquina de productos lácteos
enriquecidos con fibra. Me hipnotiza su armazón
inaccesible, sus entrañas de frío multicolor.
Nunca me ha hecho falta palparme los bolsillos para saber
que estaban vacíos. Me palpo los bolsillos.
Vigilo la máquina, su realidad totémica y expendedora, a la
espera de que suceda algo. Ni un solo parpadeo. Pero
mi sed.
Toco su cristal como se toca la ventanilla de un coche con el
motor encendido, a punto de marcharse con nuestras
huellas dactilares sobre el rostro del conductor.
No me bastaría con poseer una de sus dosis de belleza
esterilizada. Quisiera ser ella, forma reciclada,
materia inerte expendedora de materia.






DE LENGUARAZ (AFORISMOS)

Sólo la juventud es suficientemente osada como para escribir aforismos, sólo la vejez suficientemente sabia. Los aforismos son un género imposible.

*

Somos capaces de sentir con cada parte de nuestro cuerpo. Quisiéramos poder pensar de esa manera.

*

El mar es un monólogo interior.

*

Rencorosa y nostálgica, la civilización construye una pequeña ciudad dentro de cada bosque y un pequeño bosque dentro de cada ciudad. Se multiplica este ejercicio hasta el infinito en el interior de cada persona.

*

Una autobiografía es un escondite muy sofisticado.

*

En el aire hay tres tipos de pasajeros: los que desconfían de las máquinas, los que desconfían de los seres humanos y los que desconfían de la metafísica.

*

El lector codicia esa ráfaga.



[http://www.dvdediciones.com/firmas_erikamartinez.html]





ALBADA VERTICAL

Escalador de mi fachada,
artesano del aire,
el hombre que contemplo
ensaya técnicas de altura,
conoce con sus manos la ciudad.

Cada mañana posa sus zapatillas de ave
sobre mi alféizar:
desciende sistemático, puntual
como las pesas de un reloj de cuco
y remueve con su cabeza
la paz de mis cortinas.

A veces imagino que su arnés,
celoso de mis besos, le retira el abrazo.
Mi amante vertical me mira entonces,
suspendido un instante entre las nubes,
y se esfuma
dejándome un rumor de cuerdas.

De Color carne





GENEALOGÍA

El día que me atropellaron
mi madre, en la consulta,
sintió que le crujía
de pronto la cadera,
mi hermana la clavícula,
mi sobrina la tibia,
mi pobre prima la muñeca.
Les siguieron mis cuatro tías
y mis firmes abuelas,
con sus costillas y sus muelas,
con sus sorpresas respectivas.

Entre todas, aquel extraño día,
se repartieron
hueso por hueso
el esqueleto
que yo no me rompía.

Les quedo para siempre agradecida.

De Color carne



HUNDIMIENTO DEL ERIKA

12 de diciembre de 1999
Golfo de Vizcaya

Las grietas estremecen su coraza
y el petrolero muge desbocado
antes de convertirse en submarino.
Alguien llevó hasta el golfo
la negra carga que se extiende
sobre la piel del mar
como un cáncer líquido,
pero hasta hoy no hay juez ni compañía
que sepa cuánto valen
peces, aves, kilómetros de costa.

Observo cómo el buque
zozobra en mi pantalla
dejando ver durante unos segundos
el nombre que hay grabado
sobre su proa.

No existen túneles secretos
que comuniquen ser y nombre.
Me retracto de lo que me impulsó
a comenzar este poema.

De Color carne







RAFAEL SUÁREZ PLÁCIDO [264]



Rafael Suárez Plácido 

Sevilla. Nació en 1965 y falleció en 2015. 
ha compartido su vida entre el verano grancanario y la primavera sevillana; entre la playa de San Lorenzo, en Gijón, y la sierra de Huelva. Licenciado en Filología Hispánica.

Fue un escritor tardío porque siempre prefirió dedicar la mayor parte de su tiempo a la lectura. Un auténtico devorador de libros, se especializó en poesía, pero también, especialmente en los últimos años, en filosofía. Rafael Suárez Plácido, sevillano, ha muerto tras una complicada intervención quirúrgica.

Su tardía vocación por escribir, aunque más correcto sería por publicar, se tradujo en dos libros: El descubrimiento del Bósforo (2008) y Simulacro (2013). Antes había ejercido activamente la crítica literaria en revistas como Clarín (Oviedo), Turia (Teruel), El Cuaderno (Oviedo), Cuadernos del Matemático (Madrid) y Beta (Córdoba), y en las revistas digitales Clarín Digital, Estado Crítico, Tinta China, Papel-literario y Literarias. Fue codirector de la revista cultural Hwebra y durante un tiempo publicó reseñas en El Correo de Andalucía. Licenciado en Filología Hispánica, era profesor en un instituto sevillano de secundaria.

Viajero impenitente, invirtió su tiempo en frecuentes desplazamientos a Canarias, donde pasaba habitualmente el verano, aunque siempre estaba en Sevilla en primavera. La playa gijonesa de San Lorenzo y la sierra onubense de Aracena fueron otros de sus escenarios favoritos.

Era de ese tipo de personas dedicadas a la lectura, el estudio y la meditación que un día dejan caer un manuscrito que es como un trallazo, que hace renacer la luz entre los lectores. Simulacro contiene 54 poemas donde verdea el paso de la infancia a la madurez: "Todo era tan distinto de lo que ya conocíamos / que parecíamos adolescentes reconociendo el mundo / y yo ya tenía cuarenta años / y tú tan sólo veinticuatro / ¿Quién era el desfasado? (...)"

Pasó gran parte de su vida hablando con otros y, sobre todo, consigo mismo. Un escritor tardío capaz de aprehender un instante y elevarlo a la sublimación de poema: "Hasta los treinta años, ya pasados, /ni supe de la muerte, / ni supe de personas que había muerto/ y, de golpe, llegó la enfermedad..."



NOCHE CERRADA

En la noche cerrada
ella, con pelo negro y recién limpio,
oliendo como una mujer
que conocí de niño,
se dispone a cruzar
el estrecho sendero que limitan
aquellas caracolas encendidas.

Conoce bien el juego.
Se mueve con soltura entre las mesas
y sillas sonriendo.
Me acerco a ella y le digo: Qué bien hueles.
Acabo de ducharme, me responde.

Quedan restos de aceite
dejando huir su aroma a tierra y fuego.
También algún enigma que parece
condenado a quedarse sin respuesta.



EL ROJO Y EL VERDE Y EL NEGRO

Ella está sentada en el sofá rojo.
La cabeza de lado
sobre la manta verde
que tanto le gustaba.
Yo alargando la espera
y empeñado en negar lo que ya es cierto,
entré en su habitación
para pedirle el libro
que ayer leímos juntos y escapar.
Pero estoy a su lado
y le acaricio el cuello, víctima
de una contradicción
que no sé si quiero resolver
ni cuánto va a costarnos. Me pregunta:
Dime cuándo has sido feliz.
Le respondo que ahora.
Y cuándo más infeliz.
También ahora.
Se aparta el pelo negro de la cara
-entonces lo tenía algo más largo-
y me dice:
Pensaba que venías a salvarme.



À BOUT DE SOUFFLÉ

Yo también nací en los Campos Elíseos,
en París, en 1969.
Y las primeras palabras que escuché fueron:
“New York, Herald Tribune”.

Jean Seberg con esos pantalones
tan negros y demasiado ajustados,
vendiendo el Herald Tribune en las calles
de aquel otro París
en blanco y negro.

La recuerdo contando
el final de Las palmeras salvajes,
aquella historia en la que una mujer
luchaba para cambiar su destino
y para ser más libre,
y cómo se le fue torciendo todo;
o cuando decidió
delatar a un cansado Belmondo
que ya no escapó más.

Secuencias de Al final de la escapada,
esa historia que vimos con subtítulos
en un antiguo cine de verano
que ya tampoco existe,

como nosotros
tampoco existíamos entonces.



EL RITUAL DE LA MENTIRA

No entiendo cómo puede haber quien piense
que este sea el mejor de los mundos posibles,
o que aquí somos todos
iguales,
libres y felices.

Si todo esto es mentira.



EL PLACER DE ENGAÑAR

Recuerdo que leía historias de otros
que buscaban mejorar una vida
ni fácil ni brillante,
algo gris quizás.

Descubrí el placer de engañar
para que me quisieran.

Sería escritor.



NUNCA TE HABLÉ DE MÓNICA

Nunca te hablé de Mónica.
Es asturiana.
Nos conocimos
tomando una cerveza en Jovellanos.
Vino desde Gijón
a quedarse unos días.
Recuerdo que era abril
y le gustó el sur.
Crecían lilas junto a mi ventana.
Me contaba que como se veía
la luna desde casa
nunca la había visto.
Si acaso algunos años antes,
cuando aun era niña,
en los atardeceres más oscuros
de la cuenca minera.

Vino desde Gijón
pero sentía tanto miedo
las noches de tormenta
que aprendió a no dormir
sin escuchar de cerca mis latidos.
Yo le contaba historias
que iba improvisando
y ella me miraba como una niña
que temiera perderse algo importante.

A veces le caían lágrimas.
Para que no las viera
me abrazaba aun más fuerte.
A veces se dormía
y al día siguiente me preguntaba
el final de la historia.
Yo le mentía.
Le decía que el final de la historia
nunca iba a llegar,
aunque todos sabemos
que el universo tiende a expandirse.
Pero nunca he sentido
el sonido de mi respiración
o mis latidos
como en aquellos años.
Recuerdo que fue entonces
cuando aprendí a amarte
aunque sólo te conocía de vista.
Dime, ¿es de verdad o estoy soñando?

Siempre había buscado su cuerpo
en mujeres que nunca me ofrecieron
su forma de mirar tan inquietante,
en mujeres que no temían
las noches de tormenta.
A veces ella me engañaba y me decía
que oía truenos. Yo sabía
que no era cierto, pero le dejaba hacer
y le contaba historias de otras chicas
que también aprendieron a mentir
para que la quisieran.

Supe también que hubo hombres
que se apartaron de ella
cuando sintieron
que nunca iban a ser capaces de entenderla.
Y es que eso, que a otros produce tanto miedo,
para mí, en cambio, lo es todo.

Tal vez sea que necesito
sentir que pueden sorprenderme.

Siempre estuvo a mi lado
hasta que lo llenaste tú
con tu mirada.
Ahora sólo escucho tus latidos,
y tu respiración en casa
o en cualquier otro sitio
es la respuesta a todas mis preguntas.
Ahora soy yo quien teme
las solitarias noches de tormenta.



ESCUCHANDO LAS CAMPANAS DE 
AÑO NUEVO EN KYOTO

A veces ella grita, porque le gusta
poner la música muy alta,
tan alta
que, si no gritase, no podría escuchar
lo que me dice.
Un día nos llamaron la atención los vecinos.

Japón es un país ruidoso
que también ofrece momentos
de paz.
Creedme.
Yo he vivido algunos.

Paseo junto al lago.
Sonido de unos ojos
que me abrazan.

O el año pasado, cuando la conocí,

escuchando campanas de año nuevo
en un templo de Kyoto.

No sabía que llorar fuera tan fácil.

Lágrimas de hielo
abandonan sus ojos
esta noche.

Ella iba con un grupo de amigos.
Le debió parecer que Ana y yo
no hacíamos una buena pareja.
Creo que tenía razón
porque ahora soy feliz pero antes no lo era,
o no lo era tanto. Se nos acercó.
A Ana le resultó una chica divertida,
muy guapa y divertida.
Desde su mesa parecía
que aquel monje hacía sonar las campanas
sólo para nosotros.

Me dijo que se llamaba Ori. Me gusta
cómo cierra los ojos,
y levanta la cabeza y aspira hondo.
Siempre escuchando música
y haciendo fotos.
Yo también he vuelto a escribir.

Soy feliz, pero nunca lo fui tanto
como escuchando las campanas de año nuevo
aquella noche en Kyoto.



BOLAS DE ARROZ

Hacía unas horas que había muerto.
Allí mismo se lo comunicaron.
Agachó la cabeza
aunque era algo que ya se imaginaba.
Tras un momento de silencio,
que ella supo llevar con dignidad,
le preguntaron:
¿Cuál ha sido el momento de su vida?
¿Qué momento desea que perdure
toda la eternidad?

Hubo un corte en la cinta.
Pasaron unos segundos.
Ori me acarició la mano
con las yemas de algunos de sus dedos.
Un leve escalofrío.
Volvió la imagen.

Aquella señora hablaba de un terremoto.
Tenía sólo nueve años
y vivía cerca de Tokio.
Su madre y otras madres con sus hijos,
a los que nunca había visto
ni nunca más vería,
se encaminaron hacia un bosque.
Casi una hora caminando
Cuando llegaron, los niños se pusieron a jugar
con cuerdas y bambúes.
Estaban muy cansados.
Al anochecer comieron bolas de arroz hervido
y durmieron al raso.

Ese fue el momento que quería evocar siempre.
Nadie preguntó más.



Las palmeras salvajes

Todo empezó con William Faulkner,
aquel gran mentiroso que fue Nobel,
también americano,
el cronista amargo de las hordas del Sur.
Mi padre, orgulloso, sonreía
mientras yo iba haciéndome mayor, o quizá
mejor, leyendo las historias
de aquellos personajes derrotados
antes de conocerse.
Aún era pronto para saber más,
pero tanto empeño puse
que terminé con convertirme
en un Harry cualquiera,
un personaje oscuro, el que más,
que encontré en Las palmeras salvajes,
incapaz de renunciar a su destino
por muy triste que fuera bosquejándose.

Allí aprendí que por muy mal
que estuvieran las cosas
siempre podían ponerse peor.

¡Oh, pobretón, maldito pobretón,
candoroso imbécil!



Aklan

Hay una isla

—está lejos,
más allá de donde suenan
los cuernos de Avalon—

donde nos reunimos,
para danzar,
los que sabemos de Aklan.

Y así pasamos
las noches y los días,
sin notar del paso del tiempo
más que las distintas formas
que va tomando la Luna.




Un soplo de viento

Yo también nací en los Campos Elíseos,
en París, en 1969.
Y las primeras palabras que escuché fueron:
“New York, Herald Tribune”.
(De Soñadores, de Bernardo Bertolucci)


Jean Seberg, con esos pantalones
tan negros y demasiado ajustados,
vendiendo el Herald Tribune en las calles
de aquel otro París
en blanco y negro.

La recuerdo contando
el final de Las palmeras salvajes,
aquella historia en la que una mujer
luchaba para cambiar su destino
y para ser más libre
y cómo se le fue torciendo todo,

o cuando decidió,
nunca entendí por qué,
delatar a un cansado Belmondo
que ya no escapó más.

Secuencias de Al final de la escapada,
esa historia que vimos con subtítulos
en un antiguo cine de verano
que ya tampoco existe,

como nosotros
tampoco existíamos entonces.




El descubrimiento del Bósforo

Pasan juntos la noche.
Es la primera vez.
Juntos, libres y solos.
Se miran. No sonríen.

Sus ojos son espejos en la noche
que reflejan el mundo.

Él explora aquel cuerpo
que nunca va a dejar de sorprenderle.

Imagina otros nombres.
Debajo de su cuello encuentra el Bósforo.
Descubre nuevos sitios.
Lo mismo que antes hizo con el mundo




Incertidumbre

Fueron tantas visitas a las islas,
tantas las despedidas,
los adioses inciertos y olvidados
que ya nunca sabía dónde estaba.

Desde entonces me queda
la sensación de andar siempre de paso,
de estar siempre llegando o alejándome,
dejando en manos de un supuesto azar
la dulce incertidumbre del reencuentro.




Tiempo de silencio

A partir de entonces tan sólo algunos bares
de los que todavía no me echan,
algunos poetas en los que reconozco
cadencias parecidas a las mías
y algún culo bonito
que pruebo torpemente casi siempre.

El tiempo ya no existe.
Es sólo un error imperdonable
del tiempo que vivimos.
Sólo queda el silencio.



Interior

A estas notas he dado
las íntimas maneras de un diario
o eso procuré,
imitar un cuaderno
de fragmentos,
palabras
y silencios
que acompañen mi vida.




A nuestro lado

Y sólo reconozco lealtad
a la escritura prolongada,
a la luna,
a la belleza muda de tus ojos,
a los recuerdos que aún nos salvan,
al rumor imperceptible del viento
a nuestro lado.




Raquel

Cómo explico el hechizo que ahora siento
cuando recuerdo tu cuerpo rotundo
que aprendí de memoria,
por el que anduve a ciegas tantas veces.

Qué puedo decir
de fragmentos enteros de tu cuerpo
robados a la luna,
shamra en la lengua de los árabes.

Y cómo alivio el dolor,
el secreto dolor
que va suturando lentamente
mis heridas de hombre.

Hubiera preferido disponer de tiempo,
de más tiempo, para imitar sonidos
que quedaron atrapados por el viento
y nunca más oiré,
o para hablarte de unas islas, de tus islas,
que ya no sé si existen
o sin son producto de mi imaginación,
o para escribir el relato de una mujer
que marchó bruscamente de mi lado
buscando algo más de quietud.

Los días van pasando
y no hay más cambios a mi alrededor.

Pronto iré a La Palma.
Sólo tú no estás.
Sólo yo soy otro.



El sentido de la vida

Es cierto, me dijiste,
pasamos la vida entera
buscando a quien mostrar entusiasmados
el mundo.
Y si alguna vez —por azar
o por tantas otras razones—
lo encontramos,
descubrimos que ya sólo por eso
merece la pena seguir vivos.
Incluso hay quien piensa
que ese es el sentido de la vida.

¿Cómo es posible que me conozcas tanto?




Islas

He buscado el idioma
preciso
para explicar el mundo
y la enorme dificultad que tengo
para encajar mi biografía en él.
No sé si lo he encontrado,
pero si aún fuera posible
rescatar este libro del olvido,
se lo dedicaría
a esa parte insular que llevo dentro,
a la que asisto cada día
ensimismado,
cada vez más perplejo, más confuso.




La realidad y el deseo

Tomando una cerveza en aquel bar
se me acercó un viejo.
Venía tambaleándose –era cojo–,
sosteniéndose en pie a duras penas.
Parecía cansado y había bebido,
aunque vestía bien.
Sus manos como palas de molino
eran grandes y fuertes,
trataban de ocultar un ligero temblor,
Un resquicio de debilidad.

Se me acercó y me dijo que las cosas
no son como pensamos.

Las cosas son como tú las escribes.




Felicidad

Un perro ladra
y salta cuando llego.
El café sube.
Aún puedo recordar
que tengo un padre y una madre
que esperan impacientes cada viernes
la hora del regreso.




Brisa

La brisa se reparte entre nosotros.
Los que estamos a bordo
y aquellos que han tenido que quedarse
en casa una vez más.

Reconozco en el muelle
la figura de un hombre
que sonríe sin ganas, despidiéndose,
tratando de dar ánimos
a los que se están yendo.
Es rubio, tiene los ojos claros y nublados
y una rebeca verde,
mira impaciente su reloj
en un gesto que se va a repetir
muchas veces en los próximos días.



La isla de los jacintos cortados

Las notas que acompañan
este libro.

Yo era muy ingenuo
y Ariadna parecía
un ángel a mi alcance.

Su nombre escrito al margen
con esta vieja pluma que aún uso.

Los días tan extraños que pasamos
alimentando el fuego.

La voz de aquella amiga
en La Moneda, una tarde de lluvia:

Ten cuidado, Rafa, si la conoces
ya nunca más podrás querer a nadie.

Y yo que he sido fiel.
No he dejado de recitarle cada noche
un capítulo del libro que fue nuestro.

Las noches que pasamos junto al lago
reinventando la Historia,
reescribiendo la vida.






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