Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

martes, 26 de agosto de 2014

JUAN FERNÁNDEZ RIVERO [2.038]



Juan Fernández Rivero 

(Seudónimo de Juan Fernández Fernández)
SEVILLA (España), 1991. Desde muy joven se interesó vivamente por el mundo de la literatura y, a los dieciocho años, comenzó a estudiar Filología Hispánica en la universidad de su ciudad natal. Publicó sus primeros poemas a principios del 2013 en la revista Aurora Boreal y desde entonces obras suyas han ido apareciendo en diferentes medios electrónicos y físicos, como la revista Cuaderno de Creación o el blog bilingüe Palpitatio Lauri. A principios del año 2013 se trasladó a U.S.A., donde estuvo trabajando para el Instituto Cervantes. Actualmente reside en Sevilla y compagina la creación poética con la escritura de relatos y la traducción literaria. Todas las publicaciones que ha realizado hasta el momento pueden encontrarse compiladas en su blog personal: Quien quiera ser Nerón – Literatura.  



Observa

      Observa.
La madre está pidiéndonos asilo.
La madre que ha esperado en su lugar
      comiendo la comida de los pájaros,
la madre atravesada por la garra
      sin tacto para el mármol de la historia.

Mira a la madre como un puño abierto
       bajo el largo cabello de las nubes.

Decide tú si abrir o condenarla.





Nos vamos de viaje (Alzhéimer) 

    Nos vamos de viaje
y quiero que tú cuides de mis flores
y mis gatos.
Nos vamos de viaje...
Espero que mis llaves
les sirvan a tus puertas; las palabras
resultan a menudo algo indigestas,
pero acostumbrarás
tu cuerpo a lo que llegue.
       ¿Querrás regar mis plantas?
Hay una cajetilla
oculta bajo un mueble,
contiene algunos versos de recambio
por si se va el fusible
y buscas medio ciega una respuesta.
        Yo quiero que te encargues de mis manos
y mis ojos.
Nos vamos de viaje...
¿Los cuidarás tú sola?
No olvides cada día
el acto de regar, regar mi cuerpo
(adonde yo me voy no hay agua,
adonde yo me voy no puedo).
       Te dejo mis sentidos y mis nervios,
por si los necesitas.
Hay una cajetilla
bajo un mueble:
contiene algunos versos de recambio.






Se nota que no estás

      Se nota que no estás:
las cosas se descuelgan del columpio
estructural que las sostiene
y encaran como luces occidentes
o ecuatoriales flores

                                   el vacío.






Como un coral de hierro, Nueva York
abre las puntas de sus edificios.
En pleno corazón de Times Square
un hombre lee el Corán. Casi no hay noche.

(Nueva York, 2013




POEMAS DEL JARDÍN 3317

Tres fragmentos

Así se han numerado los solares de las casas, pintando en los bordillos, con espray, un código que ni siquiera terminamos de entender. En el 3317 de la calle Linda Vista viven seis personas, cada una con su nombre y con su extraña ficcionalidad, con su sonrisa propia y su creciente colección de objetos personales. Mientras la noche extiende su ramaje como un árbol ebrio, como una manta oscura en el tejado impermeable, las seis personas duermen en su habitación y tienen sueños no relacionados.


*



En el jardín, la ira se ha igualado a la tristeza. Alguien escribe un mail y en ese mail me dice intenta no centrarte en el dolor, intenta no pensar en nada en absoluto; pero yo sigo estando en el minuto en que los niños muerden las adelfas, y levanto al azar las palmas de las manos. Alguien escribe un mail y en ese mail me dice que me quiere, me dice que la noche está quemando el poco combustible que le queda y que se está expandiendo a nuestro alrededor como una amarga estrella de color crepúsculo. Dejo el ordenador sobre la mesa y doy pasos a ciegas en la oscuridad. Alguien escribe un mail y en ese mail me dice vuelve a casa.



*


El olvido, sin duda, es una forma extraña de pureza; se cuela por debajo de las puertas y araña la moqueta del salón, comienza a acumularse en las esquinas y a comprender el juego de los ácaros. Cuando la luz alcanza la ciudad, después de haber dormido en el desierto, cuando llega furiosa y alargada como la mano de una adolescente, viene a tocar sus crestas de jabón, siempre invisibles, tibio lagarto que se extiende al sol sobre la espalda de las escombreras.





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