Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

lunes, 21 de mayo de 2012

1286.- VICENTA MATURANA


Vicenta Maturana
Vicenta Maturana y Vázquez, de casada, Vicenta Maturana de Gutiérrez (Cádiz, 6 de julio de 1793 - 1859), escritora y poetisa española.
Su padre, Vicente Maturana y Altemir, caballero calatravo, mariscal de campo y director general de Artillería, sufrió numerosos cambios de destino por lo que la futura escritora tuvo que vivir numerosos traslados en su infancia: a los cuatro años fue a Madrid, recibiendo una sólida instrucción en baile, dibujo y francés; en 1807 vivía en Sevilla, donde fue llamada "la Terpsícore del Betis" por su destreza como bailarina; sus padres se opusieron a su manía infantil de escribir poesía; en 1809 murió su padre en la batalla de Bailén y ella y su familia huyeron a Lisboa, donde falleció su madre; Vicenta permaneció con una tía sexagenaria allí hasta 1811 en que volvió a España a recibir la pensión vitalicia a que tenía derecho por su padre y en 1816 fue nombrada camarista de la reina María Josefa Amalia de Sajonia, hasta 1820 en que se une en matrimonio con el Coronel José María Gutiérrez Pérez Gálvez, oficial de la Secretaría de Guerra, que trece años después luchó en el bando carlista. En 1814 y hasta 1819 colabora en el Diario Mercantil de Cádiz con sonetos y letrillas bajo el seudónimo de Celmira. Publica la novela anónima Teodoro o el huérfano agradecido. Se divulga el rumor de que las poesías que se atribuían a la reina María Josefa Amalia son suyas y que es ella quien dice que son de la reina, así que decide hacerlo público para deshacer esa intriga cortesana, cuyo fin era hacerla destituir de su cargo. En sus Ensayos Poéticos hay ochenta poemas entre odas, letrillas, sonetos y romances de tema sentimental y algunas poesías "de circunstancias". Se incluye un romance de Fileno, seudónimo del poeta sevillano Félix José Reinoso, dedicado a Celmira tras su retorno de Lisboa. Desde 1828 hasta 1830 colabora esporádicamente en el Correo Literario y Mercantil y publica otra novela Sofía y Enrique, dedicada a la infanta María Francisca de Asís, que despertó cierto interés. En 1830 comienza a trabajar en el Himno a la Luna, obra en prosa poética inspirada por la lectura del Himno al Sol del Abate de Reyrac, inconclusa hasta 1836. Es secretaria de la Junta de Señoras encargadas en el Hospital de pobres impedidas e incurables de Madrid. Desatada la I Guerra Carlista en 1833, su marido y su hijo de trece años se unen al bando de don Carlos y la escritora y sus hijas marchan al exilio en Francia hasta 1836, en que pudo trasladarse a Berastegui en donde concluye el cuarto canto del Himno a la luna. En 1838 fallece su marido en Perigueux y vuelve a Francia hasta 1847, en que se establece en Alcalá de Henares, donde residió hasta su muerte en 1859.
Sus poemas destacan por el frecuente uso de la ironía, a veces mordaz, para atacar usos y costumbres, vicios y debilidades, corrupción social y religiosa. Hay rasgos de factura neoclásica y de corte romántico o incluso «realista», que se repelen o asocian en función del contenido y la finalidad del poema. Han escrito sobre Maturana Eugenio de Ochoa, Adolfo de Castro, R. de la Huerta Posada, Manuel Serrano y Sanz, Julio Cejador y Gloria Rokiski.

Obras

Narrativa
Teodoro o El Huérfano agradecido, Madrid: Imprenta de Verges, 1825.
Sofía y Enrique (1829)
Amar después de la muerte
Las fiestas de Tolosa en 1837

Lírica

Ensayos Poéticos (537) (Madrid, 1828).
Himno a la luna (538) (Bayona, 1838).
Poesías (París, 1841).
Poesías (Madrid, 1859).
Poesías (París, 1859).





A LA ORILLA DEL MAR 
UNA NOCHE DE LUNA 

Ya entre las saladas ondas 
el sol oculta su disco 
y su ardor se va templando 
por los céfiros marinos. 
Sobre esta tajada peña, 
a cuyo pie combatido 
vienen las movibles olas 
a romperse con bramidos, 
quiero, pulsando la lira, 
cantar el secreto hechizo 
que el mar, el campo y la noche 
derraman en mis sentidos. 
Vésper se muestra en los cielos 
y es de las horas seguido 
que extienden sobre la tierra 
ocultos velos sombríos. 
Ya da el ave de Minerva 
su monótono quejido 
y el ruiseñor suspirando 
Empieza sus dulces trinos. 
entre el oscuro celaje 
sobre el ancho mar diviso 
las blancas velas que impelen 
los bajeles fugitivos. 
Todo es calma, el mar reposa, 
y el céfiro humedecido 
apenas sobre mis sienes 
mueve el cabello esparcido. 
Un noble impulso me inflama, 
luna, muéstrame tu brillo, 
y a su resplandor suave 
cantaré en tu honro un himno: 
¡cuántas sublimes ideas, 
qué encantador colorido 
prestar sabes a los cuadros 
del pensamiento atrevido! 
Yo cedo a tu influjo y canto. 
Gloria, ternura, heroísmo 
vuelan de mi labio ardiente 
con raudal desconocido. 
Astro hermoso, los acentos 
con que yo te solemnizo 
tal vez honrarán mi nombre 
y triunfarán del olvido; 
y cuando tu luz refleje 
sobre mi sepulcro frío, 
 quizás le verás de flores 
y noble laurel ceñido.



Vicenta Maturana, Poesía entre sables

Por Helio Ceballos Merino

El dominical EL MUNDO PINTORESCO de 29 de mayo de 1859 publicaba en su Suplemento la siguiente noticia: "Acaba de fallecer en Alcalá de Henares la señora doña Vicenta Maturana, camarista que fue de la reina doña María Isabel Luisa de Borbón, decana de las poetisas españolas, que poco antes de morir ha tenido el placer de ver reunidas en una linda edición sus obras poéticas, elogiadas por toda la prensa".
El gaditano Adolfo de Castro, en la entusiasta y laudatoria nota publicada en el mismo semanario el 9 de octubre, daba así noticia de este hecho: "La muerte, pirata en el mar, salteadora en los caminos, foragida en las montañas, ciudadana en las poblaciones, acaba de herir en Alcalá de Henares a una señora de nobilísimas prendas, de gran talento, de fecunda fantasía"



 El 16 de mayo había sido enterrada en la galería nº 3, nicho 25 del Cementerio de San Roque de Alcalá de Henares. Al extender hoy la vista por este viejo cementerio no podemos sino lamentar que el paso del tiempo y el olvido hayan desbaratado los deseos que expresó en su emotiva oda "A la orilla del mar una noche de luna" con estos versos:

                                     Y cuando tu luz refleje
                                     sobre mi sepulcro frío,
                                     quizás le verás de flores
                                     y noble laurel ceñido

Llevaba viviendo en Alcalá desde 1847. Hasta instalarse en esta ciudad su vida transcurrió por diversos lugares, siguiendo los numerosos cambios de destino, primero de su padre, luego de su marido y después de su hijo, todos ellos militares y todos con un amplio y glorioso historial.

Nació en la luminosa Cádiz el 6 de julio de 1793; ya a los cuatro años sus padres se trasladan a Madrid. Empieza aquí su educación,  la escasa educación que se daba en esas fechas a las mujeres que entonces tenían ese privilegio. En su caso se limitó al aprendizaje del francés, la danza y el dibujo. Pero ella desde muy joven se dejo llevar por una gran afición por la literatura y en especial por la poesía. En el prólogo de su primer libro de poesías proclamaba esta su "afición que no ha sido de ningún modo cultivada, me he dejado dominar de ella para pintar  mis propios sentimientos".
Trasladado su padre a Sevilla en 1807 entra en contacto con el circulo poético de la Academia de las Letras de dicha ciudad; esta relación, sobre todo con Félix José Reinoso, fue fundamental en su formación literaria y su huella se observa en sus creaciones poéticas posteriores y en gran medida en la primera colección que editaría en 1825, en la que las odas intercambiadas entre Fileno (F. J. Reinoso) y Celmira (Vicenta Maturana) ocupan varias páginas.
Su padre, el Mariscal de Campo Vicente Maturana y Altemir muere en Sevilla el 12 de noviembre de 1809 despues de un enfrentamiento con las tropas francesas . Nuestra poetisa se tiene que trasladar a Lisboa con su madre. Al poco tiempo muere ésta y  Vicenta regresa a España en 1811.

 Instalado en el trono Fernando VII obtiene una pensión vitalicia por el fallecimiento heroico de su padre y en 1816 es designada camarista de la Reina, primero con Isabel Luisa de Braganza  y Borbón,  y después con la tercera esposa de Fernando VII María Josefa Amalia de Sajonia. De su buena relación con Isabel dePortugal dejó constancia en los versos compuestos con motivo del nacimiento y posterior muerte de su hija la Infanta María Isabel Luisa,  y en especial en el soneto escrito al fallecimiento de esta reina:


                                  Mi corazón de suspirar cansado
                                  a los pies de Isabel dulce latía;
                                  mi existencia a su sombra bendecía,
                                  juzgándome en el puesto deseado.

María Josefa Amalia, joven piadosa y recatada hasta el histerismo (parece que la noche de bodas con el fogoso Fernando fue sonada y que tuvo que intervenir el mismo Papa Pío VIII para convencerla de que yacer con el marido no era pecaminoso), coincidía con su azafata  en el gusto por la poesía, por lo que la relación entre ambas fue muy intensa, siendo habitual el mutuo intercambio de opiniones y comentarios  sobre las composiciones poéticas de cada una de ellas.  Con objeto de privarla del particular afecto de la Reina, se había esparcido en la Corte el rumor de que era Vicenta la autora de las poesías que hacía la Reina y que era la propia Vicenta quien  lo iba diciendo. Para dejar constancia escrita de cuán diferente era su estilo respecto al de la Reina, nuestra poetisa se vio obligada a dar a la luz su primera colección de poesías que editó  en 1825 bajo el título de Ensayos Poéticos.
Hasta entonces había publicado algunos poemas en Diario de Mallorca (5-10-1814) , en el Diario Mercantil de Cádiz ( entre 1814 y 1819) y en el Correo Literario y Mercantil de Madrid, bien  con el seudónimo de Celmira, bien con sólo sus iniciales. En el mismo año de 1825 publicó también bajo otro nombre la novela "Teodoro o el Huérfano Agradecido". Su segunda novela conocida "Sofía y Enrique" la publico en 1829.

Entretanto había tenido los dos hijos, José y Vicenta, que nacieron de su matrimonio con el coronel Joaquín Gutierrez Pérez Gálvez, con quien se había casado en 1820.
Iniciada la primera guerra carlista su marido, el coronel Gutierrez,  se incorpora  a las tropas partidarias de Don Carlos, por lo que Doña Vicenta debe exiliarse a Francia con sus hijos. Allí vive con las dificultades de todo expatriado y  la preocupación constante por la vida de su marido y de su hijo José,  pues éste se había incorporado también al ejercito carlista pese a su corta edad.

En 1836 regresa a España y reside en  Beriguistain, localidad cercana  a Tolosa situada en zona carlista. Allí compone el cuarto canto del Himno a la Luna, dando por fin término a este poema en prosa que había iniciado en 1830, al estilo del Himno al Sol del abate Reyrac cuya lectura le había impresionado, Este Himno lo publicó en Bayona en 1838 , pero con gran dolor de su corazón tuvo que retirarlo de la circulación por mandato del Gobierno carlista; Pío Baroja irónicamente dijo sobre este asunto "no saber si el Gobierno carlista lo prohibió por resentimiento hacia Doña Vicenta o hacia la luna"
Su marido muere el 1 de octubre de 1838 en la ciudad francesa de Perigueux y a Francia se marcha ella de nuevo. De allí  ya no regresará a España hasta el año 1847, que es cuando viene a vivir a Alcalá de Henares. Para ayudar al sustento de su familia en Francia, en 1841  publicó una segunda edición de sus Poesías aunque dirigida exclusivamente al mercado americano.

En marzo de 1859, sólo dos meses antes de su muerte, publica una nueva y actualizada edición de sus Poesías, sin titularlas ya como Ensayos Poéticos. En el prólogo explica: "Me he decidido a hacer esta tercera edición, aumentada con algunas composiciones inéditas y con los tres primeros cantos del Himno a la Luna, pues, a los deseos de mis amigos, se han unido los de mis hijos que quieren les deje esta memoria".
Es un extenso libro de casi trescientas páginas que comprende una gran variedad de tipos de poemas ( odas, letrillas, canciones, romances, décimas, liras, ovillejos y sonetos). Esta definitiva y última edición permite ver la evolución de la poetisa, que, instalada desde sus orígenes en el neoclasicismo, acaba apuntando rasgos ya característicos del romanticismo  y que sabe dejar a un lado la sencilla ingenuidad, y  a veces ser irónica e incluso llegar a la sátira mordaz.



 Las opiniones de los comentaristas de su época fueron dispares. Frente a la posición benévola de Eugenio de Ochoa y la excesivamente favorable de su paisano Adolfo de Castro, hubo críticas en otros tonos como la exigente de David Canalejas en La Ilustracion Española y Americana; no obstante éste tuvo que reconocer que "la producción poética de Dª Vicenta Maturana peca de desaliño y de exagerada inocencia de forma, pero son composiciones de una ternura, de una ingenuidad y de una sencillez encantadoras".

 En los tiempos actuales hay que aplaudir el trabajo presentado, en el I Coloquio de la Sociedad de Literatura Española de´siglo XIX (Barcelona 1996), por Sara Pujol Russell; es un interesante estudio hecho con profundidad y con cariño, que termina con el deseo de la autora de que "ojalá mi intervención haya contribuido a reparar en una mínima parte el nombre, los versos y el olvido de Dª Vicenta Maturana".

Por mi parte terminaré expresando la satisfacción que me ha producido el hallazgo y conocimiento de esta antigua poetisa, que durante los últimos doce años de su vida callejeó por esta ciudad de Alcalá de Henares. Aquí dejó de vivir. Para revivirla nada mejor que algunos de sus versos.


                                          Mi temor único
             
                             No me hace estremecer el silbo fiero
                             del terrible huracán, cuando agitado
                             forma montañas en el mar salado,
                             llenando de pavor al marinero;

                             ni el trueno que retumba, ni el ligero
                             rayo, de oscura nube disparado,
                             ni el torrente que arrastra mi ganado,
                             ni ver entre humo y llamas el granero:

                             Con pecho firme, con serena frente
                             miraré el universo conmovido,
                             sin que el corazón mio se amedrente;

                             mas este corazón tan atrevido
                             tiembla, palpita, mil temores siente
                             si sueña de tu amor helado olvido

del blog de  Helio Ceballos Merino:
http://www.porlascallesdealcala.blogspot.com.es/2010/11/vicenta-maturana-poesia-entre-sables.html




2 comentarios:

  1. Me alegra ver que has publicado lo que escribí, en diciembre de 2010, sobre esta poetisa, que vivió en la ciudad en que ambos residimos. Te lo agradezco,aunque me hubiera gustado que hubieras hecho referencia a a mi blog y a la página en que está el texto que es http://www.porlascallesdealcala.blogspot.com.es/2010/11/vicenta-maturana-poesia-entre-sables.html

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  2. Helio, solucionada la omisión del enlace, gracias por todo y un fuerte abrazo

    Fernando

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