Los poetas Fernando Sabido Sánchez, Mariano Rivera Cross, Carlos Guerrero, Domingo Faílde y Dolors Alberola en Jerez de La Frontera (Cádiz), Primavera 2013

viernes, 15 de julio de 2011

536.- VICENTE TORTAJADA


El escritor Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003) fue una de esas personas irrepetibles que dejan una huella profunda. Inteligente, culto, irónico y generoso, Tortajada supo hacer frente como un elegante señor a los malos tragos que le hizo apurar una vida demasiado corta.
Tortajada publicó libros de poesía como La respuesta inelegante, Sílaba moral, Pabellones y Esplendor. En 1999 probó suerte con la novela con Flor de cananas. Posteriormente, sacó a la calle Azahar y vitriolo, una selección de textos publicados en periódicos y en revistas entre 1996 y 2001.

Un poema del escritor Eduardo Jordá resume lo que fue Tortajada, un hombre corpulento que escondía entre sus maneras tajantes un laberinto de ternura. "Si llego alguna vez a hacerme viejo, / y el frío me reclama, y necesito / regresar junto al mar y las tortugas / de la isla del tesoro, donde un niño / supo que era feliz, porque ignoraba / que la muerte acechaba en algún sitio, / recordaré una noche, casi incrédulo, / que un día Long John Silver fue mi amigo", dice el poema del escritor balear.



EL RARO CONSUELO QUE DA LA PROFESIÓN

Puedo leer en Roma, junto a Piazza de Spagna:
«Il poeta inglese Giovanni Keats
mente maravigliosa
cuanto precoce mori
in questa casa il 24
febraio de 1821
nel’anno ventiscesimo della sua etá».
Puedo oír a Gogol y sentir sus palabras,
en su extrema –«pero ¿qué les he hecho?
¿por qué me han torturado?»– y última delgadez.
En la casa de Poe, recortes de diarios:
«muchedumbres que rinden el tributo a sus obras»
–y fuera, en la pared, el cuidado graffiti
«El sucio el asqueroso degenerado Bob
estuvo aquí de Boston, de North End, Mass.
Podrido hijo de puta»–, en la casa de Poe.
Puedo ver a Lelian llorando por un vaso.
O a mi querido Bécquer…
Puedo evitar los ojos de Mishima,
su sangre ante millones de latas de cerveza…
Perdida para siempre la gracia de su mar.
Puedo pensar en Lowry viviendo en Eridanus,
rezando a Dios para encontrar su rostro
en la tierra profunda o en las cumbres del aire,
en el nocturno viento o en las barrancas donde
telarañas de otoño flotan en el crepúsculo?
Bebiendo su after shave.
Pero todo se aclara: Tal vez esos recortes
de prensa, o las selected letters,
y gritos, sobre todo, restos de hambre, vicios
recogidos en las casas-museos
o el dinero oficial para las biografías,
sean un raro consuelo…
(Y fuera, en la fachada,
«el sucio el asqueroso degenerado Bob
estuvo aquí de Boston, de North End, Mass.
podrido hijo de puta.)
Quizá el raro consuelo que da la profesión.

Pabellones, 1990.

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